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Pero la belleza del verbo tiene a veces un poder de venganza.
Le Clézio
Trois Mexique (Tres México): este título descoyuntado que evoca la lengua de los códices sirve de pórtico a un libro-altar dedicado a tres presencias tutelares, Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Rulfo y Luis González y González –tanto como decir tres ancestros de una familia mexicana a la que pertenece J.M.G. Le Clézio (Niza, 1940). El libro apareció en Francia en enero de 2026 en Gallimard y en México se publica en la traducción de Adolfo Castañón en la editorial Bonilla como Tres entradas a México.
Se trata de reflexiones largamente maduradas sobre el arte, el saber y el drama de estos tres autores, es decir, sobre lo que podríamos llamar también el valor último de su apuesta vital. No carece de interés, por lo demás, notar la pertinencia de esta publicación. En un momento en que vacilan los quicios del mundo, México proyecta de nuevo, a través del ejemplo de sus artistas y pensadores, un extraño resplandor tamizado de verdad y esperanza, que los espíritus agudos se apresuran a interpretar. De igual manera, en los años treinta y cuarenta, Antonin Artaud, André Breton y Benjamin Péret –además de Eisenstein o Trotsky– fueron a buscar allí lo que le faltaba tan cruelmente a la “modernidad” (eufemismo para referirse a las potencias europeas y a Estados Unidos), responsable, a fin de cuentas, de las dos guerras mundiales y del aplanamiento que padecieron posteriormente las sociedades “mundializadas”.
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Después de la aventura surrealista en México el mundo conoció –como lo habrían pensado los aztecas– el fin y el nacimiento de una época, de un “sol”, él mismo en trance de ocultarse de nuevo. Así, un siglo después de aquella generación de entreguerras y en la nueva encrucijada histórica que conocemos, corresponde a Le Clézio “hablar delante de los otros” como lo hicieran aquellos aventureros del espíritu o “los profetas en la antigua civilización de los Purépechas de Michoacán”.
Pero si Antonin Artaud, por ejemplo, clamaba su descubrimiento en un lenguaje metafórico –sublime sin duda, pero hermético para los profanos– (“Hay en México la realidad mágica de una cultura que podría volver a encender materialmente los fuegos”), Le Clézio, por su parte, se concentra en este libro en tres vidas concretas con su estilo claro y un razonamiento meridiano.
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Primero, Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) seduce tanto como inspira el respeto más profundo, pues al mismo tiempo es indomable y tierna, religiosa y cortesana, noble y algo plebeya como indican “sus cabellos de negro azabache”. En una palabra, encarna “esta ambigüedad seductora” que será su éxito. Pero de esta personalidad asombrosa, Le Clézio extrae lo que él llama “sus luchas”, mostrando cómo, en cada etapa de su vida, ella debió superar todo tipo de barreras para llegar a la cima. ¿Pero qué barreras, qué forma de franquearlas y qué cima? “La lucidez, la inteligencia, la amargura serán los exactos substitutos a las carencias de su nacimiento, a las debilidades de su sexo”. Lo que equivale a decir que la muchacha mestiza, nacida en el mundo rural de los alrededores de la capital, se entrega amorosamente a las letras para cultivarse y cambiar de horizontes: la vemos en la corte de México a los 16 años admirada por los notables, y hela aquí un año más tarde en el convento, protegiéndose del matrimonio (“liberada de la tutela de los hombres”) y consagrada a su arte y sus estudios; muy pronto vendrán las solicitaciones y honores, la publicación de su obra en Europa, la correspondencia con luminarias.
Hay que pensar que no era obvio para ella salir de Amecameca, ni ser aceptada en la corte en el séquito de la virreina, donde conoció “el aprendizaje de los sentimientos, sus derivas peligrosas y su vanidad”, así como la vida “según el modo de los aristócratas, con prudencia, desarrollando el arte de protegerse y a la vez de seducir”; en fin, tampoco estaba escrito que entrara en religión, pues entonces “la pureza de sangre” era obligatoria. Todo esto, y mucho más, lo conquistó por sus méritos, incluso las envidias y el recelo de la jerarquía de la Iglesia que terminaron por torturarla moralmente.
Para ella la aventura es todavía más temeraria porque no pertenece a la clase reinante, donde las mujeres pueden ilustrarse por su belleza, su matrimonio o la libertad de costumbres, protegidas como están por el corsé de las conveniencias y el poder ilimitado de los conquistadores, los gachupines… Ella sólo tiene como armas su frescura, su valentía y su gusto por el lenguaje que utiliza como una llave para abrir su futuro.
En cuanto a la cima de trayecto, ambigua en sí misma, se trata de la composición de su poema Primero sueño, cuyo tema es el “acceso al saber”, único rival de las Soledades de Góngora y, paradójicamente, su “entrada en el silencio”, el abandono de la escritura después de sus rebeliones contra las reprimendas de su confesor. El doble mitológico de Sor Juana, naturalmente, es Prometeo. Pero este vuelo fatal hacia el sol, Sor Juana lo emprende con las alas de la poesía:
No lo hizo para ganar los laureles… lo hizo porque quiso, como Juan de la Cruz, ver brillar las palabras, las imágenes, los símbolos, el fuego de Bengala del lenguaje. Lo hizo porque descubrió muy temprano en su infancia que las palabras, las imágenes y los símbolos son los escalones para alcanzar a Dios.
La erudición de Le Clézio –esta palabra empleada tantas veces a la ligera– le da vivacidad a su retrato de Sor Juana y lo inserta en el escenario exuberante del siglo XVII en México: encontramos a los indios latinistas de la Nueva España como Antonio Valeriano, las danzas y músicas que hicieron exclamar a Sor Juana “quiero cantar un tocotín mestizo de español y mexicano”, o la influencia de Teresa de Ávila y Calderón de la Barca desde la metrópoli… Es como si viéramos levantarse ante nuestros ojos la orgullosa corte del virreinato de México tal como a veces lo hemos imaginado según el célebre cuadro de Cristóbal de Villalpando, Visión de la Plaza Mayor de 1695, el año mismo de la muerte de Sor Juana.
Algo más de dos siglos después de la aventura de Sor Juana nace Juan Rulfo (1917-1986) en medio del periodo revolucionario. Le Clézio reconoce en Rulfo el origen de la literatura latinoamericana contemporánea, pero muestra en qué es único: “La gran diferencia entre Rulfo y sus seguidores –todos aquellos que como García Márquz prosperaron bajo la invención periodística del ‘realismo mágico’– es que, después de Pedro Páramo, Juan Rulfo se calla. Dijo todo lo que tenía que decir, terminó su rendición de cuentas, y eso será todo”. Este silencio de Rulfo está emparentado con el de Sor Juana, que Le Clézio pone bajo el signo de Harpócrates, hijo de Horus en la mitología egipcia, “representado con un dedo sobre la boca, para callar toda fanfarronería”.
Será a través de la fotografía, “el arte preferido de los revolucionarios, especialmente durante la insurrección mexicana de 1910”, que Rulfo encontrará un medio de expresión alternativo a la escritura. Este hombre que rechazó siempre cualquier postura ideológica (pues el dolor no debe estar al servicio de nadie) muestra en sus tomas una realidad que no pide explicación, ni juicio. La geometría, la luz y los cuerpos de México –a la vez carne, paisaje y piedra– encuentran en Rulfo a su poeta mudo, en una época que vio florecer este arte gracias a Eisenstein, Tina Modotti, Álvarez Bravo y Nacho López. Le Clézio cita a Rulfo hablando de la fotografía: “Debemos saber que en el corazón de las imágenes se encuentra la delicada experiencia de un artista que, creyendo buscar la belleza, tropieza en el umbral de la desesperación”.
Pero una toma en particular llama la atención de Le Clézio, aquella que Juan Rulfo le tomó en 1945 a Clara Aparicio, su novia que habría de convertirse en compañera de toda la vida. “En este retrato, Juan Rulfo expresa mejor la otra vertiente de su corazón, llena de dulzura y de imaginación, y también en las cartas que le escribe casi todos los días a la mujer que ama”. En efecto, en este retrato “un paréntesis existe en la incertidumbre de su vida, cuando el amor y el arte se hacen uno”. Este momento crítico de una vida nos aparece en todo su misterio y fugacidad, fijado sin embargo gracias a la cámara.
El poeta que es Le Clézio se muestra sobre todo en el último capítulo dedicado al historiador Luis González y González (1925-2003). Las descripciones de los paisajes entre Michoacán y Jalisco abrevan en un fondo de memoria, recreadas por la nostalgia de los años que allí pasó nuestro autor y por el cariño que tiene por Luis González y González, el maestro que desarrolló un nuevo saber histórico fundado en una atención extrema a su pueblo, San José de Gracia, donde “vio superponerse las mezclas secretas y sutiles de todos los pueblos de la tierra… la alianza de los agricultores del Neolítico de Europa y los inventores del maíz y de las especies del Neolítico americano”.
La reflexión histórica de Luis González y González según la cual la Historia es indisociable del arte de narrar (y que en consecuencia debe servirse de las fuentes orales en el mismo rango que de las escritas) lo separa del modernismo cientificista y del hegelianismo todavía dominante en los años setenta, haciendo de él el precursor de una forma mucho más actual de producir, compartir y concebir la Historia. “Luis González y González coincide con Alfonso Reyes, que funda su noción de la Historia en la intersección de los hechos comprobados, de su interpretación y de su buena forma artística”. En efecto, el historiador mexicano recuerda la ejemplaridad de pasajes como la peste de Atenas y la oración fúnebre de Pericles por Tucídides.
En este denso debate historiográfico, Le Clézio toma posición respecto a las ideas de Claude Lévi-Strauss, Bertrand Russell, Raymond Aron, Lucien Febvre, Jean Meyer, Miguel León-Portilla y Carlos Monsiváis. Así, Le Clézio nos entrega en este homenaje a Luis González y González lo que podríamos considerar su propia noción de la Historia, a la vez lapidaria y aérea: “De la belleza del verbo nace la verdad”. Esta convicción anima las nobles páginas de Tres entradas a México, que anuncian sin equívoco, a través de la Poesía de Sor Juana, la Narración de Rulfo y la Historia de don Luis, un nuevo sol para nuestra época.
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