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En Magallanes (Maghalhaes, Filipinas-Portugal-Francia-España-Taiwán, 2025), hipnótico film 27 del eternometrajista autor completo filipino de 66 años Lav Díaz (Batang lado oeste 01, Norte, el fin de la historia 13), el militar navegante portugués Fernando de Magalhaes (primero Domingos Countinho, luego Gael García Bernal) es atisbado y registrado durante sus dos últimas décadas (1480-1521) realizando acciones fundamentales para su vida y su mito como el primer circunnavegador de la Historia, participando en las matanzas y la colonización de las islas Molucas también llamadas de las Especias (hoy Indonesia) bajo las órdenes del cruel conquistador Afonso de Albuquerque (Roger Koza el exprogramador argentino del Ficunam), permaneciendo en el lugar entre abusos y desahogos alcohólicos, siendo nombrado Capitán General por sus servicios prestados a la corona del rey Manuel I, tomando como esposa en Lisboa a la virginal sevillana de 16 años hermana de un correligionario doña Beatriz Barbosa (Ángela Azevedo bellísima), rompiendo con su monarca por no respaldarlo en su sueño de navegar por el Océano del Sur (hoy Pacífico) para llegar a las Especias sin necesidad de dar vuelta por África, acercándose al rey Carlos I para obtener el apoyo deseado, enfrentando penurias y motines duramente reprimidos al efectuar una triste travesía de 3 años a bordo de frágiles carabelas diezmadas para alcanzar su objetivo ansiado, muriendo y siendo sanguinariamente destrozado su cuerpo tras la batalla de Mactán en la isla de Cebu en Filipinas al intentar sofocar la insurrección aldeana comandada por el Rajá Humabon (Ronnie Lázaro) asumido como el espíritu divino pagano Lapu-Lapu, al término de una trágica, irrepetible, inconclusa e idealizada navegación desgarrada.
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La navegación desgarrada se articula como una tenaz e impertérrita colección de viñetas o estampas líricas en plano obstinadamente fijo y denodadamente largo, una summa de momentos en su mayoría elípticos y estáticos para algunos irritantes a semejanza de otras cintas del realizador, un distanciamiento de estampas todoabarcadoras que poco dejan al lucimiento de actores posando su personajes, una diseminación de instantes-cristal que mucho dejan a la imaginación y poco a la sorpresa porque en sí mismas ya son gélida sorpresa insuperable, tercas estampas de los más diversos sentidos y naturalezas: estampas brutales a veces en choque como las iniciales invocaciones de la nativa maluca agradeciendo en la playa isleña al dios del agua el hallazgo de un hombre blanco seguidas de un inabarcable reguero de cadáveres destripados en el bosque, estampas surreales como los alaridos lamentosos de los invadidos aborígenes indonesios en una celda hecha de lanzas, estampas discursivas incontenibles como el reconocimiento programático ideológico de la dominación y el poder por el invasor Albuquerque signando su conquista, estampas transfiguradas como la presentación poética de la resplandeciente núbil Beatriz (presumible protagonista de la versión de la misma película en 9 horas, muy a la primera duración de las películas de Díaz que llegaban hasta las 15 horas), estampas poéticas en sí como los campos vacío paisajistas del cielo azul metileno y lodo tormentoso con rescoldos de fogata al frente cual líquidos amargos de heridas abiertas en la tierra, estampas simbólicas antibélicas como el zarandeo de las viudas de negro vociferando ante el incólume navegante petrificado e indiferente de pie sobre la arena, estampas marítimas que en vista de la ausencia absoluta de música se acompañan de crujidos del buque y rumores de olas azotantes sin fin, estampas oníricas como las visitaciones de una sublime Beatriz de blanco dantesca a un Magalhaes doliente sobre un lecho agónico, estampas introspectivas insensatas como los dos acercamientos en leitmotiv de Magalhaes/García Bernal viendo hacia off con innata expresión alucinada, o estampas incandescentes de hermosos tótems e ídolos hacinados para su destrucción.
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La navegación desgarrada se divide y estructura con claridad y elocuente fruición en tres partes, de casi una hora cada una y correspondiendo a tres etapas de la vida del enigmático Magalhaes (juventud, madurez, deceso) y tres conversiones radicales: de bárbaro soldado súbdito a traidor de su rey, de explorador iluminado a decapitador de sodomitas y rebeldes, y de evangelizador inepto a exterminador supersticioso, porque aquí los rituales religiosos tanto paganos como los cristianos, e incluso lo sagrado en sí, son presentados como delirios por igual, a la ofensiva o defensiva territorial (esos destemplados clamores tribales, esa utilización clemente de una estatua del Santo Niño con una medicina contra el escorbuto de un chicuelo indígena), a modo de dos delirios enfrentados y mortíferos, reenfocando el viejo tema de la conquista por la espada y la cruz, y sosteniendo a todo lo largo una patética figura del esclavo Enrique (Amado Arjay Babon) adquirido por el héroe como su irreductible contrapunto humano.
La navegación desgarrada adopta así hasta sus últimas consecuencias la perspectiva de una elegíaca biopic políticamente reivindicadora anticolonialista y patriótica radical para desmitificar la figura del primer explorador que circunnavegó el planeta a través del estrecho patagónico que hoy lleva su nombre, una relectura tan vehementemente antiheroica y afirmativa nacionalista como el formidable Indio Nacional (Raya Martin 05) del gran cine filipino del que Lav Díaz es póstumo representante.
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Y la navegación desgarrada culmina con la inamovible imagen del varado barquito insignia de Magalhaes, con su negra bandera rasgada y la figura del Indio Nacional, imperando erguido e indoblegable, en pie de lucha eterna, justificando con su sola presencia adusta y romantizada e inextinguible la justificación independentista que se escucha en off (“Lapu-Lapu no existía, lo derrotó el Rajá Humabon, yo fui cómplice, lo hice por mi tierra”).
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