Introducción

El Imperio de Maximiliano y, sobre todo, el trágico destino de sus más destacados protagonistas han inspirado no solo a historiadores, sino a novelistas, poetas, dramaturgos y guionistas que han contado y vuelto a contar la fugaz y malhadada aventura de la pareja imperial. Un Maximiliano ingenuo intentó salvar a México de sí mismo y murió fusilado en las afueras de Querétaro. Por ambiciosa, Carlota perdió, de un golpe, al marido, su proyecto de vida y la razón. Vivió los sesenta años que duró su viudez encerrada en un castillo en Bélgica. Sin embargo, el melodrama de los desgraciados príncipes no solo oscurece el actuar de otros personajes que también desempeñaron un papel importante dentro de la aventura imperial, sino que además simplifica la compleja realidad que Maximiliano y Carlota intentaron gobernar y los enredados procesos históricos que transformaron al país, al continente y al mundo durante las décadas centrales del siglo XIX. Por eso vale la pena volver sobre estos años cruciales y hacerlo desde una perspectiva particularmente fértil, la de la historia de las mujeres.

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Durante mucho tiempo, se pensó que la historia era cosa de hombres. Los historiadores —ellos— describían las acciones de otros hombres en la guerra, la política y la diplomacia. Las mujeres estaban prácticamente ausentes, pues se quedaban en casa, como correspondía. Podría decirse incluso que vivían al margen de la historia: como aseguró un filósofo ilustrado en el siglo XVIII, las tareas femeninas eran, “en todos los tiempos”, siempre las mismas. A ellas tocaba gustar, atender, criar y cuidar a los hombres. En México, hasta hace relativamente poco, las crónicas del pasado estaban pobladas casi exclusivamente por varones: conquistadores, guerreros y misioneros; generales, políticos, periodistas, poetas y un par de obispos; revolucionarios, hombres de Estado y de negocios, trabajadores y estudiantes, artistas y charros cantores.

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Se conocieron en el Colegio Militar, pero Concepción estaba comprometida y lo rechazó. “De fijarme en ti, solo cuando seas general, antes no”, le dijo ella. La tenacidad de Miguel Miramón lo llevó a ser general y también ganar su amor. Años más tarde, el cargo le costó la vida y murió al lado de Maximiliano de Habsburgo en el cerro de Las Campanas. Foto: Mediateca INAH.
Se conocieron en el Colegio Militar, pero Concepción estaba comprometida y lo rechazó. “De fijarme en ti, solo cuando seas general, antes no”, le dijo ella. La tenacidad de Miguel Miramón lo llevó a ser general y también ganar su amor. Años más tarde, el cargo le costó la vida y murió al lado de Maximiliano de Habsburgo en el cerro de Las Campanas. Foto: Mediateca INAH.

En la Ciudad de México, el Paseo de la Reforma está adornado con las estatuas de los héroes que nos dieron patria. La mayoría —77— fueron colocadas durante la última década del siglo XIX por iniciativa del gobierno federal, que pidió a cada estado enviar las estatuas de sus dos hijos más notables para adornar la avenida más importante de la capital. El Paseo de la Reforma, diseñado durante el Imperio para comunicar al centro de la ciudad con el Castillo de Chapultepec, debía relatar a los paseantes la historia de México a través del bronce y mármol de sus monumentos. Todas estas estatuas representan a hombres. A partir de 2023, se han sumado las efigies de 14 mujeres, que incluyen a la enorme poeta novohispana (sor Juana Inés de la Cruz); a las heroínas de la Independencia (Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra) y de la Revolución (Carmen Serdán, Juana Belén Gutiérrez, Dolores Jiménez y Muro); a Agustina Ramírez, madre patriótica que se opuso a la intervención francesa; a la primera médica mexicana (Matilde Montoya), a las esposas de Francisco I. Madero y Benito Juárez (Sara Pérez y Margarita Maza) y a una mujer que encarna a las “mexicanas anónimas forjadoras de la República”.

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Es notable el esfuerzo para incluir a las heroínas nacionales; difícilmente podría ser más vasto: son muy pocas las mujeres que figuran en la “historia patria” que nos cuentan en la escuela y que se conmemora en la plaza pública. Se revelan de vez en cuando, al parecer, sobre todo, para añadir algo de color e intriga o, quizá, un toque romántico: la Malinche, pérfida y seductora; las heroínas de la lucha por la independencia, de perfil sobrio y adusto, todas sospechosamente semejantes a La Corregidora, con excepción de la también seductora, pero nada pérfida, Güera Rodríguez. Margarita Maza, tan estoica e impasible como Benito Juárez, su marido, también nos es familiar. No conocemos el verdadero nombre de las adelitas revolucionarias, pero nos sabemos su canción y tenemos en mente su imagen, colgadas del tren. Recordamos a Frida, sentada en un rincón del gran mural de Diego en Palacio Nacional, haciendo de maestra socialista y no de lo que era: una pintora, tan original y talentosa como su marido.

Pero la historia no se limita a la de la patria. Las sociedades reconstruyen su pasado por muchas razones: sin duda para exaltar héroes y legitimar gobiernos, crear identidades y fomentar sentimientos patrióticos, pero también para preservar lo que sucedió en la memoria, explicar lo que pasó y dotarlo de sentido. Si nos quedamos con la historia “oficial”, la del poder, la que hace la biografía del Estado nación, difícilmente comprenderemos cómo hombres y mujeres llegamos hasta donde estamos, pues estas crónicas excluyen a la mitad de la población. Por eso, a partir de la década de 1960, algunos historiadores —y sobre todo historiadoras— han recuperado las experiencias de las mujeres que nos precedieron.

Esta no ha sido una tarea fácil: las historias de los hombres, de las luchas por el poder, la guerra y las negociaciones entre países, incluso las del comercio y de la actividad empresarial, dejan tras de sí un copioso rastro documental: discursos de campaña y libros de memorias, constituciones y leyes, tratados internacionales, artículos de periódico, facturas y libros de cuentas. En cambio, como sucede también con los miembros de las clases populares en general, los papeles del pasado rara vez dan voz a las mujeres: hasta hace relativamente poco figuraban poco en asuntos de gobierno; su correspondencia, diarios y apuntes terminaban a menudo en la basura. De vez en cuando las leemos en las peticiones que enviaban para reclamar derechos ante las autoridades, si hacían un testamento y cuando declaraban en procesos judiciales, como procesadas o testigos. En los libros parroquiales, las actas notariales y los censos de población aparecen sus nombres y, si tenemos suerte, un esbozo mínimo de sus circunstancias.

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Dado que la presencia femenina deja un rastro más bien huidizo, aquellas historias que, como ha escrito Gabriela Cano, colocan a las mujeres “en el centro de los escenarios” visibilizan y dan voz a quienes habían permanecido en la sombra. Con ello pintan un retrato más cabal del pasado. Abren una ventana sobre los espacios considerados femeninos: el hogar doméstico, el entorno familiar e incluso la esfera de lo íntimo. La historia que nos obsesionó durante siglos, la de las grandes fechas, los grandes hombres y las grandes empresas, presta muy poca atención al trajín cotidiano, a las costumbres, a las formas de convivencia y a las relaciones que conforman lo que Pilar Gonzalbo describió como “el núcleo mismo del acontecer humano”, es decir, “la historia de todos”. Quienes quieren escribir historias de mujeres estudian lo que sucedía, como escribiera un novelista inglés, “lejos del mundanal ruido”: siguen su trayectoria de vida y exploran cómo, en distintos momentos y lugares, se fundan familias, producen y se mantienen, educan a los hijos y cómo adoptan, reproducen o transforman creencias, valores y saberes. Estas historias analizan cómo prácticas y valores que se constituyen dentro del hogar moldean las formas en que se piensan los individuos y se organizan las sociedades. Nos muestran, además, que los principios y las costumbres tienen una historia, que cambian, se adaptan o resisten al paso del tiempo y en coyunturas distintas.

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La historia de las mujeres revela, dentro de un pasado que creíamos conocer, las vivencias de personajes fascinantes que no habíamos tomado en cuenta. También indaga en las convicciones y el imaginario que constituyen lo que se supone que hombres y mujeres deben ser y hacer. Las y los historiadores que estudian las muy diversas experiencias femeninas desmenuzan cómo, a partir de un dato biológico —la diferencia sexual—, las sociedades han construido características que distinguen a hombres y mujeres. Se asegura que los atributos femeninos —la bondad, la fragilidad, el instinto maternal, la coquetería— son esenciales, naturales y perennes: se afirma que las mujeres son así y así deben ser. Estos supuestos se traducen en códigos de comportamiento y en normas formales e informales que predican que hombres y mujeres deben vestirse y educarse de manera distinta. El sexo de cada individuo influye de manera importante en el lugar que ocupa dentro de la familia, las actividades a las que se dedica, los deberes que lo obligan y los derechos de que disfruta.

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Así, una maraña de ideales, expectativas y restricciones, que cambian con la historia, dibuja el terreno sobre el que se mueven hombres y mujeres. Esta establece reglas distintas para unos y otras. Entender las construcciones de género revela las ideas y la mecánica —artificiales, producto de contextos históricos y sociales particulares— que constituyen, sostienen y perpetúan las relaciones entre los sexos e, históricamente, la sujeción femenina. Por ser considerada distinta —débil, incapaz y dependiente—, la mujer estuvo legalmente sometida a la tutela del padre o del marido. Durante siglos se le excluyó de ciertos oficios y de la formación académica o profesional, pero ciertamente no del trabajo. Las mujeres han estado sujetas a expectativas de recato, modestia, sacrificio, instinto maternal y pureza sexual. No obstante, quienes estudian la condición y las vidas femeninas del pasado también nos han revelado cómo, en distintas circunstancias y contextos, las mujeres —y los hombres— de carne y hueso a veces acataban las prescripciones del género, por necesidad o voluntad, y en otras ocasiones, y por razones parecidas, las sufrían, evitaban o transgredían.

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La historia de las mujeres desestabiliza las narrativas convencionales. Por eso, a pesar de lo mucho que se ha dicho sobre el Segundo Imperio, no sobra un texto que arroje luz sobre rincones que habían permanecido en la sombra, como, por ejemplo, las experiencias femeninas. Los años turbulentos que van de la guerra con Estados Unidos (1846-1848) a la caída del Imperio (1867) trajeron consigo transformaciones dramáticas: el país perdió la mitad de su territorio. En 1852, por primera vez desde la década de 1820, se eligió, sin sobresaltos, al presidente de la República. Solo un año después, un amplio movimiento armado y político colocó a Antonio López de Santa Anna en la presidencia por sexta y última vez. El general, que alternativamente había aparecido como salvador o verdugo de la patria, estableció un régimen dictatorial, adoptó el título de Su Alteza Serenísima y conspiró para traer a un príncipe español a gobernar México. En 1855 su régimen fue derrocado y los liberales, fortalecidos por una nueva generación de políticos jóvenes y eficaces, redactaron una constitución con la que pretendían liberar al país del asfixiante legado del pasado colonial. La ley fundamental de 1857 proclamaba la libertad, los derechos del hombre y la igualdad ante la ley, disponía la desaparición de formas arcaicas de propiedad —los bienes llamados “de manos muertas”, que por pertenecer a instituciones eclesiásticas y comunidades campesinas se mantenían al margen de las dinámicas del mercado— y restringía la influencia política, cultural y económica de la Iglesia católica.

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En una nación que desde antes de nacer se había imaginado profundamente católica, esta constitución radical inspiró temor y desconfianza en amplios sectores de la población. Conservadores y clérigos se opusieron contundentemente a ella, desatando una confrontación política que se convirtió en guerra civil. La nación se dividió en dos cuando el gobierno militar de los conservadores ocupó la Ciudad de México y el de los liberales, encabezado por Benito Juárez, se estableció en Veracruz. Al calor del conflicto fratricida, sangriento y pertinaz, ambos contendientes buscaron apoyo en el exterior y los gobiernos enfrentados firmaron tratados leoninos, uno con Estados Unidos —el McLane-Ocampo—, el otro con España —el Mon-Almonte—. En un contexto de impasse y creciente polarización, el gobierno constitucional de Veracruz expidió las “leyes de Reforma”, que establecieron la independencia entre Estado e Iglesia. Con ello, los liberales pretendían poner fin a una historia centenaria en la que la Iglesia había desempeñado un papel central en el gobierno y en la organización de la sociedad otrora novohispana y ahora mexicana. Para los conservadores, la destrucción de los cimientos católicos de la nación no podía llevar sino al despeñadero.

En diciembre de 1861, los ejércitos liberales derrotaron definitivamente a los conservadores, regresaron a la capital de la República y restauraron el orden constitucional. No obstante, muchos conservadores se rehusaron a aceptar la nueva organización de las cosas. Varios jefes militares no depusieron las armas y se lanzaron a una guerra de guerrillas, intransigente y violenta. Otros buscaron que una potencia europea auxiliara sus esfuerzos para derrocar a los “demagogos”, enemigos de la “verdadera religión”. Cuando, en abril de 1861, estalló la guerra civil en Estados Unidos, la potencia continental quedó incapacitada. La intervención militar europea al sur de la frontera estadounidense, que poco antes hubiera sido una imprudencia, se convertía en un proyecto riesgoso pero viable. Los conservadores derrotados se aliaron con el emperador de los franceses, que quería restablecer la influencia de Francia en el Nuevo Mundo...

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