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No es la primera vez que cuento que, de los libros que recibo o me encuentro en las librerías o en los portales de internet, casi nunca dejo pasar las recopilaciones de artículos y ensayos, conozca o no a sus autores, porque esos ejemplares son los menos apreciados por los lectores –quienes no los compran- y hasta por los colegas, que se deshacen de ellos, en primer término, cuando se deciden a aliviar el peso de su biblioteca. Yo mismo he publicado varios libros de esa naturaleza y es probable, inclusive, que estas páginas, de ganar mi indulgencia con el tiempo, vayan a dar a esas misceláneas que sólo apreciamos y necesitamos los críticos, sabedores, eso sí, que varias de las obras maestras del género yacen, a menudo olvidadas, en esas recopilaciones.
También he dicho, aquí y allá, que la verdadera prueba para un crítico no es unirse a la exaltación universal de Fedor Dostoievski o de Juan Rulfo, difuminada por el universo, sino apreciar, valorar o condenar el libro primerizo de un nuevo autor, sea poeta o prosista y del cual nada sabemos para tentar el prejuicio o normar nuestro criterio. De tarde en tarde, para mis columnas literarias, abro al azar esas novedades llegadas, según se vea, misteriosa o rutinariamente, a mis manos, en busca de la sorpresa o la decepción.
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Y cuando me decido a reseñarlo me siento como Teodoro en El mandarín (1880), de José Maria Eça de Queirós, quien se entera en un libro polvoriento que en China hay un mandarín fabulosamente rico y que, para matarlo y hacerse de su fortuna, basta con tocar una campanilla. Aconsejado por el diablo –¿por quién sino él?– la hace sonar y se enriquece milagrosamente. Pero aturdido por los remordimientos viaja a China para resarcir el daño, lo cual resulta imposible.
Esa trama, ya conocida por el vizconde de Chateaubriand, trasladada a mi asunto, quiere decir que, al escribir sobre un desconocido, uno puede enriquecerse de buena literatura o borrar de su memoria, al menos por una temporada, a un escritor desconocido. Pero un verdadero crítico ha de ser implacable, al grado que, hasta no hace mucho, los ingleses aducían conflicto de intereses incluso si el autor de la novela que su editor les invitaba a reseñar era obra de un remoto compañero de la escuela primaria o de un primo en tercer grado.
Hasta 1975, extremando esa ascesis, las reseñas en el Times Litterary Supplement eran anónimas pero la promiscuidad del mundo universitario, que se hizo de la crítica casi por completo, volvió absurda esa aprensión, tiempo atrás imposible de sufrirse en los países latinos, cuya gente literaria vive en extrema endogamia política, teorética, religiosa, sexual o vecinal, enfrentada en pandillas, las cuales, para Jorge Luis Borges, tornaban insoportable a la literatura francesa.
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Dicho todo esto, anuncio que leí Huir de la noche (UPN, 2025), de Alfonso Vázquez Salazar, del cual sólo sé que nació en la Ciudad de México en 1978 y ya es autor de varios libros de crítica política, más bien. Este libro, en cambio, tiene por dominio a la literatura, aunque es notoria y hasta contraproducente, la intoxicación política sufrida por el autor a temprana edad, como fue también mi caso.
Me sedujo la primera parte del libro donde cultiva la admiración por Juan Carlos Onetti, Salvador Elizondo y Joseph Roth, a quienes trata de relacionar entre sí sin convencerme demasiado, como escritores de la noche fugados hacia el amanecer de la literatura, lo cual podría decirse igualmente de Louis–Ferdinand Céline, Martín Adán y Peter Weiss. Y de tantos otros anhelantes de luz. A Vázquez Salazar le atrae el malditismo o el nihilismo de su trío. En el caso de Onetti, el horizontal y su desesperanza (cuya relación con la revista Marcha y la izquierda uruguaya, el autor de Huir de la noche, menciona sin hallar contradicción entre el horror pánico que aquejaba al narrador y la progresía de su ambiente). Y tratándose de Roth, que lo fue todo –católico y judío, monárquico y comunista– uno tiende a creer que ese maravilloso escritor sólo fue él mismo, tan prolífico como alcohólico, habiéndose dejado morir antes de que los nazis fueran a por él, como dirían los madrileños.
Si la admiración de Vázquez Salazar por ese par es, digamos, convincente, su dibujo crítico de Salvador Elizondo es de lo más interesantes que he leído. Partiendo del célebre “Escribo que escribo” en El grafógrafo (1972), este crítico cercano a sus cuarenta años, le da la vuelta a la grafomanía elizondiana, a menudo considerada una deriva más de Stéphane Mallarmé, o aun más atrás del libro vacío –o sin tema– soñado por Gustave Flaubert, que le dio parque a la artillería postestructuralista y le da a la “écriture” de Elizondo, otra naturaleza, propiamente “salvífica”.
Vázquez Salazar rechaza a Elizondo como uno más de los desertificadores de la literatura, obsesionados por un lenguaje tan enigmático que es un valor en sí mismo, aquel solipsismo que ya ha sido suficientemente denunciado, habiendo sido la esencia del Giro Lingüistico. Ante ello, en Huir de la noche, se nos propone a un inédito Elizondo spinozista o panteísta: “si todo lo que hago remite de alguna manera a la escritura, y esa escritura alude a todas las cosas, entonces tanto las cosas como yo sujeto contingente y finito que las que las contempla y se apropia de ellas para transfigurarlas y comprenderlas, o quizá para recrearlas nuevamente– todos somos escritura”.
En Huir de la noche, el autor regresa virtuosamente a Elizondo, a su origen, a Georges Bataille, para empezar. Empero, a medida que seguí leyendo el libro no pude sino decepcionarme. Aplaudo el asumido riesgo de comentar a clásicos contemporáneos como Albert Camus o André Malraux (es notorio que Vázquez Salazar ignora que ese gran escritor fue también un consumado mitómano) con jóvenes mexicanos que no he leído como R.M. Tizano, Miguel Tonatiuh o Frida López Rodríguez, pero lamento encontrarme con la vulgata antiliberal al uso al tratar a Octavio Paz y a Mario Vargas Llosa de “opinólogos” o comentócratas. Sus ideas –opiniones las del autor de Huir de la noche cuando no medita en lo que escribe– son debatibles; no lo es que provienen de la variada fronda liberal, nacida el siglo pasado, tras el abandono del marxismo–leninismo y sus obediencias. También desagrada que Vázquez Salazar quiera refutar la ausencia de Ilustración hispánica aducida por Paz (y no sólo por él, sino antes por José Ortega y Gasset) acusándolo de ignorar –contra Immanuel Kant, Voltaire, David Hume– ¡al padre Benito Jerónimo Feijoo! como estandarte de esas Luces que, según Alfonso Vázquez Salazar, sí tuvimos. Desde luego que Paz sabía quién fue Feijoo, un meritorio ocurrente pueblerino comparado con la gente de la Ilustración en París o en Edimburgo.
Si el ensayo sobre Elizondo es una pieza maestra, la falta de rigor originada en acumular reseñas y artículos sin ton ni son, riesgo latente en toda recopilación, hace de Huir de la noche –donde el conservador Leo Strauss y el antiedípico Gilles Deleuze van de la mano como si fueran iguales– un libro malogrado que, más allá de sus yerros y exabruptos, ya dio en el blanco sobre El grafógrafo. No es poca cosa.
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