Más Información

VIDEO: Pedrero es acusado por violencia política de género contra Tania Larios; no vamos a aceptar que nos callen, responde diputada

UNAM condena feminicidios de estudiantes de la UAEM; refuerza medidas de seguridad en campus Morelos
La más reciente novela del escritor cubano Leonardo Padura, Morir en la arena (Tusquets, 2025), rinde homenaje, como él mismo lo ha dicho, a su generación. ¿Qué significa envejecer, con las dificultades que ello supone de sí, con una jubilación que no da de comer, pero sobre todo con la herida del desencanto después de haber abrazado la utopía castrista?
Para ello se vale de una historia basada en un hecho real: dos hermanos, uno mató a su padre a martillazos, el otro tendrá que enfrentarse su salida de la carcel treinta años después. Nora casó con Geni Bermudez, acusado del asesinato, pero el hermano de Geni, Rodolfo, fue su primer amor. Rodolfo y Nora viven en casas contiguas donde ambos han permanecido. Bajo la tensión dramática de lo que supone la salida del hermano treinta años después, ahora enfermo y moribundo, el lector se asoma a las particularidades de una familia que fue ocupando y compartiendo el mismo terreno con los abuelos, el mismo terreno donde pasaron los hechos dramáticos.
Lee también: Dos obras de teatro en Madrid

Las hijas del matrimonio de Rodolfo y de Geni, “Caballo loco”, son parte del éxodo cubano, pertenecen a la generación que reconoció la falta de propósito y de horizonte de la utopía que sus padres cobijaron hasta la desilusión. En el compás de espera de la salida de Geni, quien volverá a la casa familiar, a una Cuba donde no alcanza el poco dinero que le dan y que no reconoce, orillará a los otros a reacciones y revelaciones. Padura comparte el retrato de la isla donde la escasez marca todo: carencia de alimentos, de agua, de luz, de esperanza. Ante este panorama, la dignidad se sostiene de cuerdas endebles, de recuerdos. Fumero es el amigo escritor que narra en primera persona su percepción de los otros personajes, su amistad con Geni que surgió desde la escuela; de alguna manera como escritor es la voz de la memoria y quien podría beneficiarse del drama evidente para escribir una historia estrujante pero comprometeria la lealtad al amigo. A través de él aparece el mundo de escritores acomodados con el regimen y el propio Padura con su saga detectivesca sobre Mario Conde.
Padura revela la información alrededor del asesinato según estemos con el punto de vista de uno otro personaje. Entonces a la información que ya se conoce se le suman matices, revelaciones, detalles que no permiten la claridad total. Esa forma escritural da la impresión de una partitura con un tema central que se va desarrollando con diferentes instrumentos. Recuerda a la gran novela de Toni Morrison, Jazz, en donde sabemos los hechos desde el principio pero cada instrumento personaje nos va permitiendo ahondar en la complejidad de algo que se pudiera simplificar en una línea argumental.
La novela está dividida en tres partes: El horizonte, La orilla y Morir en la arena. Mientras el presente narrativo avanza hacia la salida de Geni de la cárcel, el telón de fondo, sesenta años de historia de Cuba, corren en los recuerdos de los personajes en sentido inverso. El horizonte prometedor de aquellos jóvenes que jugaban en la arena de la playa de Guanabo, los de la portada del libro, los que verdaderamente se comprometieron con esa ilusión del hombre nuevo son los que viven en ese horizonte de abandono y decadencia. De la casa donde vive Rodolfo, contigua a la de su cuñada, se expresa así. Aquella casa que daba congoja era como la representación sintética del estado al que habia derivado todo el país: cada vez más desconchado, agrietado y sucio, con alarmantes amenazas de derrumbe. Y cada vez más vacío.
En el ánimo lector, el efecto es devastador porque vamos de la opacidad que era el futuro luminoso a los años jóvenes y el fulgor de la promesa. El presente de Rodolfo, Nora, Geni, Pablo nos duele como lo piensa Fumero: El panorama de nuestras vidas era la crónica de un derrumbre que nos arrastraba como desechos por una pendiente que terminaba en una tumba.
De alguna manera el encierro en que ha vivido Eugenio Bermúdez -Caballo Loco- no es muy distinto del encierro insular que padecen los otros. Una isla que era más isla que nunca. Los protagonistas son demasiado viejos para intentar migrar o escapar y están demasiado atados a sus propios recuerdos. Rodolfo, un burócrata impecable recién jubilado encuentra un refugio de libertad cuando nada en el mar, incluso asocia la idea de la libertad con la muerte.
La novela destila miedo. El miedo que ha vivido Rodolfo frente a un padre alcohólico y violento, frente a un hermano de exabruptos que llevan a la tragedia, el miedo de hablar, de protestar, el miedo frente a una guerra como la de Angola en la que se alista sin encontrar una manera de decir que no, miedo frente al amor. El miedo y la libertad tienen signos opuestos y los personajes los van encarnando.
Comprender a los personajes y no juzgarlos es la tarea del novelista, la famosa simpatía de la que hablaba Faulkner. De Caballo loco, el aparente villano, el narrador comparte: Entre las muchas cosas que Eugenio Bermúdez había perdido o sin su autorización pero si poder evitarlo ya habían sido robados a lo largo de su vida estaba la capacidad de sentir emoción.
Y frente a estos personajes, añosos muertos de hambre, para quienes el café y el pan frito, el quimbombó y un plátano parecen ser el alimento cotidiano junto al alcohol barato, la anestesia nacional, está el ahijado de Nora, el hijo del escritor Fumero que frente a una crisis nerviosa descubre cierto don y se vuelve un Babalawo. Consultado por otros, consigue un modo de vida de privilegio. Un retrato carnavalesco de una Cuba contemporánea aparece en la novela donde todo cambió para no cambiar. Y entonces ese sacrificio al que los jóvenes dedicaron su vida apostándole a un futuro como sucede con Pedro el salvaje, ese negro que descollaba en la física y en la ingeniería aeronáutica, especializado en la URSS, para acabar de mozo parece no tener sentido alguno. Estamos frente al despropósito. Frente a la crónica de una derrota.
¿Será la escritura una forma de la esperanza en un país donde publicar incluso es difícil porque hay una escasez de papel más allá de cualquier tipo de censura? Con esta novela, Leonardo Padura parece afirmar que el amor es la única utopía posible y la amistad la única certeza que no se dobla. Es lo que está en nuestras manos. Lo que nos puede redimir cuando hemos alcanzado un futuro desesperanzador.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]












