El suicidio de Winston Herzovich había sacudido y conmocionado a toda la comunidad del colegio Austrohúngaro. Su mujer, se hallaba en ese pasmo emocional que suele manifestarse como prólogo a la desolación que seguiría, sin saber con qué fuerza, ni con qué herramientas emocionales ni por cuánto tiempo podría ocultar a la pequeña Emma la repentina inexistencia de su padre. Pero, desde una mirad objetiva, en esta ecuación trágica, quien más sufrió las consecuencias de su acto fue el propio Winston Herzovich. En primer lugar por el hecho de que en efecto y muy a su pesar constató que existía la vida después de la muerte, lo que implicaba una desolación eterna. Además, contradecía cada una de sus descreencias como ateo inamovible para así desmoronar cada uno de los cimientos que sostenían a su persona en su vida anterior. Esa desolación insondable que él experimentaba como un vendaval ártico que le perforaba el pecho, muy pronto fue sustituida por el terror en cuanto apareció el Dios abrahámico frente a él. Era el Mismísimo que Herzovich había imaginado en las clases de Biblia, cabellos y barba blancas, piel trigueña y la mirada severa de un virgen cuyo lenguaje corporal lento y autoritario simbolizaba toda la solemnidad del mundo concentrada en un solo ente. Winston se sentía defraudado y derrotado por la contundencia de los lugares comunes. Por si sus tormentos no fueran lo suficientemente crueles, el parecido de Aquél con Jodorowsky era francamente ofensivo.

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Como era de esperarse bajo este escenario de personajes y utilerías trilladas, el espacio era de un blanco pulcro que se extendía hasta el infinito, donde sólo se veían dos sillones (blancos) colocados el uno frente al otro para insinuar, implícitamente, un futuro debate, muy similar al de dos candidatos presidenciales.

-Toma asiento, Herzovich -ordenó la voz grave y autoritaria de Aquél que hizo recordar a Winston a su propio padre.

Herzovich acató la orden con la misma obediencia de un niño norcoreano y se acomodó en el sillón enseguida. A pesar del miedo que experimentaba en el momento, Winston no pudo dejar de admirar la suavidad celestial que envolvía el sillón, en toda la expresión de la palabra, pasando sus dedos por la textura del asiento, boquiabierto.

-¿Sabes por qué estás aquí? -cuestionó el Alfa y el Omega con la gravedad protocolaria para luego pegar un bostezo que pronto evolucionó en un tornado que arrasó con toda la costa de Florida.

-Esto debe ser un error, alguna secuela de un coma, la reminiscencia de una actividad cerebral que sobrevivió a mis objetivos autodestructivos. Supongo que no he muerto del todo y que todo esto es un melange de esos clichés que nos han inculcado desde siempre -trastabilló Winston con más incertidumbres que certezas en sus palabras.

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-Desarrolla.

-Sucede que yo siempre he negado tu existencia y toda la lógica, por más ofuscada que ésta pueda estar en mi estado actual, me sigue indicando que tú no tienes razón de ser fuera del ámbito mitológico. Que no eres más que un fruto de los temores embrionarios del ser humano, una figura paterna de una raza de infelices que no saben autogobernarse ni asumir responsabilidad por sus acciones; de una especie primitiva que no logra asumirse como huérfanos de la vastedad universal.

-¿Sigues en duda? ¿Acaso no ves a quién tienes frente a ti?, bastardo. ¿Acaso pensabas que tu negación iba a librarte del castigo que merece tu pecado? Dejaste viuda a una mujer y huérfana a una hija -replicó con un tono inexorablemente juicioso.

En ese preciso momento cuando Aquél pronunció el nombre de su cría, la furia reemplazó el temor inicial de Winston en un chasquido de dedos. Apretó sus puños con fuerza y se inclinó para acercarse a las narices de Aquél.

-No te atrevas a mascullar siquiera el nombre de mi Emma, ¡malparido irredento!

-Tiene agallas, chico, no lo voy a negar.

-¡Agallas las tuyas, canalla! ¿Quién carajo eres tú para juzgar a nadie?

-Tu Creador.

-Creador de la miseria terrenal, en todo caso. ¿Acaso deseas ser juzgado por mí, animal? Dudo que lo toleres, pequeño. La letanía de tus crímenes puede llenar un libro. De hecho alcanzó para editar tres tomos completos.

Dios acarició sus largas barbas blancas. No tanto como una muestra de seria introspección sino más bien como una manifestación de un interés franci. El reto de salirse del libreto convencional parecía interesarle.

-Creo que no te vendría mal un poco de crítica constructiva, porque se ve que nadie se ha atrevido a cantarte tus verdades en la cara.

-Adelante, muchacho. Apuñálame de frente con tu mejor daga.

-¿Por dónde quisieras comenzar? ¿Por el Viejo Testamento? ¿Por las más de dos millones de muertes que incentivaste y quedaron plasmadas en sus pasajes? ¿Por tu misoginia patológica? ¿Por las mutilaciones aleatorias a quienes creaste a tu imagen y semejanza? ¿Por el abuso y maltrato infantil que sobran en sus párrafos? ¿Por la trata de blancas y el terrorismo psicológico que aparecen en ese largo expediente criminal? Pero empecemos a hablar de una franja histórica más cercana a la actual en honor a la relevancia inmediata. ¿A qué dios se le ocurre permitir que existan niños con cáncer?, menuda bestia.

Aquél se limitó a tragar saliva para luego posar su mirada en sus sandalias de cuero italiano.

-¿Cómo justificas el hecho de que exista la clase política de rufianes que nos gobiernan a su antojo, los genocidios y las matanzas, ya sean en tu nombre o en nombre de la supremacía étnica de los changos que malvivimos en ese cuadrilátero puesto por un trolero de tu tamaño, ese coliseo romano mal denominado "reino"? ¿Qué bien le hacen a la existencia los especuladores inmobiliarios y los abogados corporativos? ¿Qué tipo de Dios crea de su propia mano a pederastas y violadores y luego se jacta de su infinita bondad? No me vengas a joder, chico, que lo tuyo no tiene perdón ni por parte del hippie ese que cuelga de los retrovisores de los taxistas. Aunque dicho sea a favor de tu vástago que al menos él tenía buenas intenciones. De toda tu miserable inexistencia no hay una sola cosa rescatable, excepto por Marisa Tomei y Naomi Watts, si nos ponemos generosos.

Winston estaba embriagado de sí mismo, por el propio hervor de su sangre que inyectaba gasolina a su diatriba y a sus ojos encandilados. Por su lado, el Alfa y el Omega ya no encontraba la manera de evitar el contacto visual con su contraparte, sobre todo por la falta de puntos de referencia en esa vastedad blanca. Permanecía callado, ausente, como todo dios. Silencio que Herzovich aprovechó para continuar con su juicio.

-¿El silencio otorga, papito? ¿Qué me dices del penal a Robben en 2014?

-Momento, lacayo, ése no fui yo.

-¿Ah, no? ¿Qué hay de tu supuesta omnipresencia? Dices estar en todos lados en todo momento menos en el minuto 91 en la Arena Castelão?

Los ojos de Él volvieron a perderse en sus sandalias.

-Claro que ésa es tan solo una peccata minuta, truhan. ¿Cómo justificas la esclavitud infantil, las migraciones forzadas y la tortura? Vamos, que si ponemos en tela de juicio tus acciones cualquier ser con dos dedos de frente llegaría a la correcta conclusión de que con un Dios como tú, el antagonismo de Satanás sale sobrando. En todo caso sería un vil pleonasmo. Al menos ese pobre diablo tiene un sentido del humor refinado y goza de una vida sexual activa, cosa que lo salva de tu infumable solemnidad y frustración. ¿Qué sentido tiene tu existencia?, dime, si no es para oprimir y someter a tus creaciones a tus caprichos anímicos y crueldad sin fin, ésa que nace de la honda amargura que te aqueja desde que eres.

Dios se llevó las manos al corazón para intentar contener inútilmente una taquicardia que galopaba exponencialmente en su interior.

-Haz un profundo ejercicio introspectivo y dime, con toda franqueza y honestidad si no crees que estaríamos mejor sin ti.

-Mmm... supongo que sí -confesó con una voz quebrantada y los ojos puestos en la nada.

-Así pudiéramos ejercer el verdadero libre albedrío que, dicho sea de paso, ahora comprendo que agregaste a ese discurso que nace de tu analfabetismo emocional como una broma macabra, para que vivamos con la ilusión de que nuestros destinos nos pertenecen y que tenemos un propósito en esta existencia perfectamente absurda, cuando en realidad somos seres condenados a complacer a un psicópata, a un narcisista maligno que no hace más que atormentarnos con sus castigos colectivos propios de alguien que nunca conoció el amor ni tiene la más mínima noción de la decencia. Eres más obsoleto que el pan de ayer, ¡malnacido!

El Todoterreno estrujó su pecho con las manos mientras su espalda se encorvaba e inclinaba hasta que cayó del sillón para desplomarse sobre la blancura inmaculada envuelto en su túnica (blanca) fúnebre. Winston, lejos de experimentar algún sentimiento de culpa, se sentía victorioso. Se había erguido sobre la humanidad desde su palco etéreo para sostener de la cabeza inánime del Alfa y el Omega de su cabellera blanca, decretándose así para toda la eternidad como el ateo que mató a dios; un deicida justiciero; el máximo vigilante, ombudsman del hombre y el protector de todas las criaturas que habitaban el reino de Herzovich.

No obstante, el fulgor de sus ojos se fue apagando en cuanto la adrenalina abandonaba su torrente sanguíneo para ser reemplazada por la honda desolación que sentía a raíz de la pérdida de su hija y de su esposa. Una desolación que Winston pensaba moriría con él. Pero no, su condena suponía vivirla hasta toda la eternidad, hecho que naturalmente le resultaba insoportable.

Sin dedicarle un solo segundo a sus acciones, como todo aquel quien tiene la claridad de un objetivo claro, comprendió que el suicidio era la única vía posible para poder soterrar su infinita tristeza. Pero ¿acaso no sería volver al mismo plano?, se cuestionó Herzovich. Dado que ya nada obedecía a la lógica ni a la razón, su dilema obedecía más a lo práctico que a lo moral. "No está de más intentarlo", se dijo, convencido, y enseguida se dispuso a desamarrar las agujetas de sus Adidas roídos para formar dos lazos unidos al cordón de la túnica de Aquél. Ajustó el extremo de uno al cuello del tirano derrocado y colocó el otro al suyo, afianzándolo del mismo modo meticuloso en el que cualquier CEO que se respete hace con su corbata cada mañana frente al espejo. Apiló un sillón encima del otro justo por encima del cadáver celestial para ganar la altura suficiente y así lograr suspender su cuerpo y, sin más preámbulos, se soltó hasta consumar la inexistencia, al menos eso esperaba.

Pero para cuando Winston Herzovich volvió en sí, se hallaba frente al patio del colegio de su hija. Su cuerpo no respondía y sólo se movía al capricho del viento. No fue sino hasta que se vio reflejado en los ventanales de la cafetería que entendió que ahora era un ahuehuete. La impotencia se apoderó de su ser al grado de producirle ataques de pánico incontrolables. No obstante, éstos cesaron de inmediato en cuanto avistó a su Emma entrar en la explanada, mochila al hombro y con la cabeza gacha acompañada de dos amigas que la consolaban arropándola con abrazos. Las lágrimas que brotaban en su interior ofuscaban la vista de Winston. Eran una mezcla perfecta de la alegría más plena y la melancolía más profunda. Su único consuelo frente al arrepentimiento de sus actos era saber que a pesar de las limitaciones de su actual expresión existencial, ahora podía ser testigo del crecimiento de su hija.

Pero Herzovich sentía que el tiempo se escurría debajo de sus raíces como el agua, que con cada año las estaciones transcurrían con mayor velocidad. Tenía la sensación de que la navidad llegaba cada tercer día. Necesitaba ver a su hija más allá de esos destellos fugaces en los que ella surcaba el patio. A pesar de esto, Winston pudo contemplar con sus propios ojos cómo su hija, con cada año, evolucionaba hasta convertirse en un adulto feliz, a pesar de la melancolía que comunicaban sus hermosos ojos melados. Inevitablemente, llegó el día que Herzovich más temía: la graduación de Emma, donde por última vez pudo verla desaparecer para siempre de su existencia.

Winston se engañaba a sí mismo para aminorar su insoportable sentimiento de culpa pensando que había dejado un legado a Emma y, de paso, a la humanidad entera. Después de todo, fue el mismo Herzovich quien los había librado de la tiranía de dios, dejándolos a merced de los propios demonios que habitan el corazón humano, ahí donde Aquél seguía oculto, latente, como una larva inmortal.

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