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En El último azul (Brasil-México-Países Bajos-Chile, 2025), hipnótico film ficcional 4 del exdocumentalista brasileño recifense de 42 años Gabriel Mascaro (Vientos de agosto 14, Buey neón 15, Divino Amor 19), con guion suyo y de Tibério Azul y Murilo Hauser, Premio Especial en la Berlinale 25, la obrera en un matadero de caimanes de 77 años Tereza (Denise Weinberg etérea) ve su casa marcada con una corona de supuesto homenaje al ser jubilada de forma contenciosa por el Estado (que bajó la edad de cese a los 75) para no estorbar el desarrollo productivo de los jóvenes y ahora debe ser enviada a la Colonia, un difuso y temido lugar de retiro obligatorio, si bien ella toma en serio las palabras huecas de su jefe y, merced a su postrer sueldo, decide hacer realidad al fin su más caro sueño incumplido: volar por los cielos en avión, pero no basta con escabullirse de la vigilancia policial, pues en la ciudad no hay agencia aérea que le venda un boleto sin la imposible autorización de su roñosa hija Joana (Clarissa Pinheiro) ya recompensada gracias a la jubilación materna, por lo que la templada Tereza se embarca en una extraña travesía por las afluentes del río Amazonas hacia un puerto donde exista una mínima línea aérea independiente, poniéndose en manos del pícaro bogavante marginal Cadu (Rodrigo Santoro), con quien aprenderá a conducir lanchas de motor y las propiedades mágicas de un caracol azul, mientras deben aguardar por desesperante tiempo indefinido una señal segura para seguir su navegación, cayendo después la indómita Tereza en los dominios de estafador presunto dueño de un avión extraligero Ludemir (Adanilo) y, por último, al lado de la mulata seudomonja y atea vendedora de e-Biblias Roberta (Miriam Socarrás) que con su lancha por suerte heredada ha comprado la libertad, algo que se propone conseguir también la decidida Tereza, y a cualquier precio, aunque sea apostando en un casino hasta la barca de esa amiga con quien ha iniciado una sorpresiva relación amorosa, cual desafiante metamorfosis inesperada de su vejez insurrecta.
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La vejez insurrecta consuma el prodigio de crear con mínimos elementos, imaginación derrochadora e ironía insatisfecha, un clima distópico de insólita crueldad apenas insinuada, entre la ciencia-ficción más dura (persecución policial-concentracionaria a los viejos como de costumbre condenados a la inutilidad, mundo hipercontrolado, vigilancia sin opciones) y el divagante costumbrismo rural, a base de una dulcísima voz aérea gubernamental tan omnipresente autoritaria cuan adormecedora al estilo 1984 de Orwell, la profusión de letreros exultantes (“El futuro es de todos”) tipo Blade Runner (Scott 82) por aquí o por allá contrarrestada con alguna pinta subversiva (“Devuélvannos a nuestros ancianos”), el absoluto control totalitario de los desplazamientos de las personas, las jaulas transportistas que anuncian ya la prisión, los ínfimos aeroplanos ultraligeros, los truenos y señales cromáticas que anuncian el tránsito permitido por el ancho río, una trayectoria geográfica amazónica de quest espiritual invertida en torno a una anciana que directamente remite a la protagonista del fundacional clásico moderno brasileño Estación Central (Salles Jr. 98), las apuestas públicas a dibujos de bestias elegidas por afinidad conductual o a uno de dos feéricos peces beta en combate enconado dentro de un acuario de populachera picaresca envenenada (a lo Buey neón o Divino Amor) sin necesidad de recurrir a ninguna gratuita ferocidad amorperruna, y por encima de todo la invención de un molusco digno de la zoología fantástica de Borges: una utopía dentro de una distopía (según cierto multicitado señalamiento del realizador), un caracol cuya licuada baba azul al aplicarse voluntariamente a los ojos (primero a Cadu, después a Tereza) no les producirá ceguera sino visiones psicodélicas, Estados alterados (Russell 80) y percepciones anticipatorias del futuro.
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La vejez insurrecta secreta así una cerebralísima aunque emotiva y sencillísima vivencial fábula política a lo Brecht, sin duda relacionada con los devaneos encanallados de La vieja dama indigna (Allio 64), una fábula moral que execra el ominoso pañal que aunque no lo necesiten deben usar los viejos hacinados en una estación de Metro cual judíos o comunistas en espera del tren que acaso los llevará a la solución final de un campo de exterminio, una fábula moderna pero muy antigua que bordea el onirismo como el desfiladero de atroces estatuas delirantes en el parque donde se refugia nocturnalmente la heroína, una fábula doliente si bien fincada en el permanente virtuosismo estético de una fotografía fluctuante del mexicano Guillermo Garza que contrasta bellamente la neblinosa rigidez industrial con la fascinación de los inefables paisajes ribereños amazónicos y los artificiales cambios de monocromía con los deslumbrantes estallidos de colorines absorbentes, una música eriza de Memo Guerrero siempre encarnizada o detonante, y una edición conjunta del mexicano Omar González Castro (Tótem de Avilés 23) y del chileno Sebastián Sepúlveda (Spencer de Larraín 21) que tiende a deslizase en subjetivas fluviales más que en objetivos golpes visuales.
La vejez insurrecta convierte entonces una baudelairiana Invitación al viaje en un glorioso Viaje a la Libertad que revela a la anciana sensaciones que jamás había soñado experimentar; la despiertan, la sostienen, la expanden, manteniendo sin embargo una lírica ambigüedad que es también trágica: la de un viaje iniciático que intuitivamente es asimismo terminal, como el lastimero ascenso al monte en la tremenda parábola japonesa La balada del Narayama (Imamura 83) y su nada azul abandono último en soledad.
Y la vejez insurrecta contempla el rostro canoso de la anciana dejándose acariciar, ya no por su novia inopinada, sino por un viento feraz que la conduce hacia la no-desembocadura del río, de su turbulento río ahora apaciblemente interiorizado.
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