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Rodolfo vive en un país imbuido en una fantasía socioeconómica, “cada vez más desconchado, agrietado y sucio, (…) cada día más vacío”. Habita esa isla que no permite las disidencias y las castiga, y cuyos ciudadanos se sienten indefensos ante el poder de un Estado propietario de todo, incluso de las decisiones, los sueños y la vida. En Morir en la arena (Tusquets) Leonardo Padura despliega una impecable y afligida narrativa para contarnos de ese hombre recién jubilado que se indigna cada día frente al cuento “de que nos toca resistir otra vez, sacrificarnos un poco más, ser creativos (…) porque al final final final venceremos”.
Su hermano Geni asesinó a su padre a martillazos y saldrá pronto de la cárcel, después de pasar muchos años preso y ahora aquejado por el cáncer. Una vida familiar trastocada, su tiempo como soldado en Angola, las tardes pasadas por ron con su cuñada Nora y las noches atravesadas por recuerdos amargos con su amigo Raymundo son el escenario en el que transcurre la vida de Rodolfo, pero también la del país de las promesas, uno paralizado, en demolición, donde “todas las consignas se fueron al carajo”.
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Usted trabajó la novela con la primera persona (Raymundo Fumero) y la tercera persona alternadas. ¿Con qué criterio decide cuál le sirve más a cada parte de la historia?
Es un proceso bastante misterioso pero, en esencia, técnico. Me doy cuenta de que determinadas perspectivas no me permiten entrar en la interioridad que quiero sobre determinados acontecimientos, procesos, sensaciones, y entonces acudo a una u otra persona narrativa. En mis novelas, por ejemplo, con el personaje de Mario Conde siempre hay una tercera persona que está narrando desde la perspectiva de él, nos deja saber lo que piensa Conde y él además nos muestra lo que él ve de los otros personajes. Hay alternativas de una tercera persona omnisciente que lo ve todo y en este caso me muevo entre una tercera persona omnisciente con Nora y con Rodolfo, en capítulos que se van alternando el protagonismo de uno y otro hasta un momento en que se funden los dos protagonismos. Por otra parte está Fumero, que hace una especie de crónica de lo que va viendo y a la vez va contando su propia historia. Creo que todo eso arma mucho mejor la capacidad de complementar la visión que se puede tener de los procesos de los personajes. Técnicamente, la novela es un género muy complejo, pero te da una gran libertad. Es algo que tienes que aprovechar y utilizarlo en la medida en que tus necesidades expresivas te reclamen una opción o la otra.
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La muerte es un asunto siempre presente en su literatura. ¿Cómo la trabajó narrativamente en todas sus complejidades?
Bueno, no es un tema complejo, es EL tema. Es lo que dice Milan Kundera en El telón: La vida es una derrota porque vamos inevitablemente hacia ahí. Yo creo que el gran tema de la literatura es la muerte y todos los otros grandes temas, el amor, la felicidad, el odio, la guerra, pasan por o terminan con la muerte. En casi todas mis novelas, no solamente en las policiacas, hay una muerte. Algunas están requeteanunciadas, como la de Trotsky. Creo que es algo tan natural pero tan traumático, que tiene una enorme fuerza dramática. Cuando empecé a escribir esta novela yo quería hablar del destino triste de mi generación, ese de la gente que ha trabajado tantos años y después se encuentra pobre, desprotegida, dependiendo de los hijos que salieron de Cuba y que le envíen algo y tal. Aquella historia que yo quería escribir, que tenía ese para qué, ese propósito, no avanzaba, no levantaba vuelo.
Y entonces apareció el parricidio.
Cuando decidí que podía incluir la historia de ese parricidio —que es real, aunque muy transfigurado en la novela—, pues enseguida el libro empezó a andar, porque es lo más dramático que puede ocurrir. Si ese dramatismo no es que te mueras porque te dio un infarto —hay muchas maneras de morir de infarto: de un disgusto o por placer— sino que es un parricidio, pues es altamente dramático. A partir de esa muerte establecí unas relaciones entre los personajes que generó toda una serie de conflictos. Además, en esta novela hay otra muerte violenta que determina la vida de un personaje y también es un elemento dramático muy fuerte porque además —y esto es importante—, si bien la muerte es un proceso natural, la muerte violenta es un proceso antinatural y por lo tanto es mucho más dramático.
Usted habla permanentemente de esa especie de balance (¿o de contradicción?) entre una vida de sentencias, predestinaciones e inevitabilidades (“la condena de las oscuras predestinaciones”, “las conjunciones cósmicas” o “los designios divinos”) y la vida producto de la realidad social, política e histórica de la isla.
Es una manera de ver la realidad en la que le resto bastante importancia a una solución que es muy atractiva en la literatura: el papel del azar como el que te lleva por los caminos más inesperados. Yo creo que aquí todos los azares están condicionados por las condiciones en las que viven los personajes y por un cierto fatalismo que los acompaña a que sus destinos se cumplan de una determinada forma. Todo esto es también un juego literario; en la literatura occidental el fenómeno de las predestinaciones ha estado muy presente, y en una novela donde hay un parricidio hay un referente literario histórico capital, Edipo rey, donde hay un personaje que cumple un destino marcado por los dioses. Juego con todas estas referencias literarias para quitarles responsabilidad a los personajes y limitar su capacidad de libertad, porque eso es precisamente lo que ocurre en la sociedad cubana, donde la gente ha tenido que vivir de la manera en que le han dicho que tiene que vivir. Ha habido un dios supremo que es el Estado socialista cubano, que ha determinado dónde tienes que vivir, cuánto dinero puedes ganar, qué carrera tienes que estudiar.
Algo que también le pasó a usted.
Sí, me pasó esto de que “aquello estaba deseando ocurrir”. Cuando yo estaba en el preuniversitario, era un estudiante normal que se pasaba todo el tiempo jugando béisbol. Luego me di cuenta de que no iba a ser un buen jugador de béisbol y pretendí ser cronista deportivo. En los países socialistas todo está planificado y un planificador socialista decidió que ese año no habría matrícula a la escuela de Periodismo porque en Cuba había suficientes periodistas. Esa decisión de esa persona equis me llevó a estudiar Letras. Ahí empecé a tener la intención de empezar a escribir literatura. Como esa decisión son tantas, ¡tantas! Yo estuve un año trabajando en Angola —que es un tema del que se habla en la novela, la guerra de Angola—, afortunadamente como periodista civil, porque alguien decidió que yo debía ir allá. Haberme negado a ir en aquellos momentos hubiera sido caer en el ostracismo total, la marginación absoluta. Creo que entre una realidad que te predestina y que te marca tu destino, y un juego literario en el que la predestinación y el destino funcionan como resortes dramáticos, está la fusión de las dos posibilidades.
Justamente sobre ese lugar de la literatura, Nora hace una especie de reclamos al respecto: los escritores no se atreven a decir, si se atreven no los publican o no los editan porque no hay papel, o las editoriales de afuera se olvidan de lo que se está haciendo en Cuba. Y en otro momento usted habla de los autores castigados, cazados, encarcelados. ¿Cómo ve la literatura cubana hoy, la que se hace dentro y fuera de la isla?
Cuba tiene una enorme capacidad de creación artística. Es un país pequeño, pero la cultura cubana es más grande que el territorio de la isla porque ha sido capaz de aportar a la cultura universal una creación tan visible, trascendente y permanente como la música cubana. Ha tenido grandes pintores, directores de cine, escritores, desde José María Heredia, José Martí… Imagínate que en el modernismo poético, que cambia la estética de la poesía de la lengua española, de sus tres grandes representantes, Rubén Darío, José Martí y Julián del Casal, los dos son últimos son cubanos. Cuba ha tenido siempre esa posibilidad. Las condiciones actuales son bastante poco favorables a la difusión de la creación cultural. La música ha encontrado sus caminos a través de las redes sociales; de la plástica, sobre todo, se está materializando su visibilidad fuera de la isla, porque al no haber un mercado del arte en el país, eso limita y hay muchos artistas plásticos que han salido. También hay muchos escritores que han salido, algunos con más fortuna en su desarrollo literario, otros con menos fortuna. Entre los que nos quedamos en Cuba, muchos están viviendo una situación en la que la materialización de la obra es muy complicada porque apenas se están publicando libros. Leí hace un par de días sobre los lanzamientos en la Feria del Libro de La Habana, y la mayoría de los libros que se van a presentar son en formato digital. Ya se sabe que están conviviendo lo impreso y lo digital, pero te lo digo por mi experiencia de cuarenta y dos años: no hay sensación que sustituya el hecho de ver tu libro físico. Se les está vedando por una situación económica que a veces puede tener condicionamientos políticos, que es lo que creo que ocurre en mi caso.
Sus libros recientes no se han publicado en Cuba.
Los últimos cuatro, no. Ir a La Habana, Agua por todas partes, no han salido. Yo tengo la fortuna de que desde el año 96 me respalda un editorial que publica y ha promovido todos mis libros. Gracias a eso he publicado en treinta y dos idiomas, porque mi editorial además hace el trabajo de agencia para vender los derechos a otras lenguas. Me he salvado de esa situación, pero lamento que mis compatriotas tengan que buscar estrategias para poder leerme en digital, en copias piratas digitales, o esperar a que yo les regale un libro de los que voy trayendo de México, Colombia o España, y que esa persona lo lea y se lo preste a su mujer, a su vecino, a sus amigos, porque no hay otra alternativa. Creo que a la larga eso va a afectar el desarrollo de la literatura cubana. Yo creo que tiene que haber un encadenamiento entre creación, publicación, distribución, y el rebote que produce esa obra desde el lector hacia el escritor, porque ninguna obra de arte se completa hasta que no es consumida por otra persona. Les doy un ejemplo muy elemental: si ponemos Las meninas de Velázquez, Guernica de Picasso y La ronda nocturna de Rembrandt, ustedes van a ver cosas en ese cuadro, en este y en aquel que no veo yo, y yo voy a ver cosas que no ven ustedes y el otro que viene ve otras cosas, porque se completa con la vista, con el consumo de esa obra; lo mismo pasa con la literatura.
Nora también habla de las ideas imposibles de concretar en “una isla que era más isla que nunca”. ¿Cómo se puede entender la vida desde la insularidad, que es diferente a la mirada continental?
Para responderles esto necesitaríamos mucho tiempo. El tema de la insularidad es fundamental en todo el imaginario cubano, no solamente en la literatura. Mi libro de ensayos Agua por todas partes es tomado de un verso de José Martí que es, posiblemente, el más famoso de la literatura cubana: “Yo soy un hombre sincero / De donde crece la palma” y posiblemente el segundo más famoso es el de Virgilio Piñera: “Y la maldita circunstancia del agua por todas partes”. La insularidad es algo que nos persigue, y si esa insularidad física, en un país que además ha intentado tener una visión cosmopolita y universal, se complica con restricciones y encierros de carácter político o social, pues imagínense. Hasta hace diez años los cubanos tenían que pedir un permiso especial al Gobierno para poder salir. Esa sensación de encierro que vivió la gente fue mucho más dramática y todo eso afecta la vida de las personas, hasta la creación artística. Uno siempre tiene que intentar pasar por encima de esos encierros, de esos aislamientos, pero en estos momentos la situación en Cuba se ha complicado mucho más, porque forma parte de un disparate geopolítico universal que estamos viviendo, con muchas consecuencias que no quiero pensar ni imaginarme. Hasta hace dos, tres años, los mapas del futuro tenían cinco, seis, siete coordenadas; ahora las perdieron todas; no se sabe para dónde vamos, cómo vamos a funcionar, cómo nos vamos a mover. Eso genera una gran incertidumbre, mucha más en una isla.
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