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Desde hace muchos años, Broadway le ha disputado al West End londinense el ser considerado masivamente como el equivalente de la Meca para los amantes del teatro. En particular, del teatro musical. Es el lugar al que hay que peregrinar para estar “al corriente” de las novedades del mundo escénico… comercial. Los más exquisitos (los “iniciados”) valoran más cuanto surge fuera de dicho circuito: las producciones off-Broadway, refiriéndose no tanto al perímetro geográfico, sino a recintos más pequeños –“íntimos y experimentales”, suelen llamarles-, espacios cuyo aforo ronda entre los cien y los 499 espectadores y en los que las producciones son, también, de un costo menor.
Esta disquisición introductoria viene a colación porque hoy voy a comentarles un par de producciones operísticas que, podría decir, cumplen con esta adjetivación “off…”, por haberse realizado fuera del cobijo oficial que brinda nuestro tan querido Blanquito; además, fueron las primeras del año y aunque dicen que “quien pega primero, pega dos veces”, todo parece indicar que, quienes están siendo golpeados, son quienes apostaron por ellas.
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La primera fue Pagliacci, el clásico verista de Ruggero Leoncavallo, que el Grupo de las Artes que diestramente capitanea Abraham Vélez Godoy presentó en el Centro Universitario Cultural. Asistí a la segunda de ocho funciones, todas con localidades agotadas y, tan exitosas, que contemplan reponer mínimo cuatro en octubre. Algo digno de ser destacado, pues conforme más conozco a esta agrupación, más me admira y respeto su trabajo. Empezó siendo una orquesta “versátil”, en el sentido peyorativo que suele darse a los grupos que tocan en bodas y eventos sociales, y han evolucionado hasta convertirse en una agrupación que tiene su propio coro y sus compañías de teatro y danza, sus propias producciones (desde escenografías y vestuarios, hasta cables y micrófonos) y, lo más valioso: crearon su propio público.
¿Cómo lo hicieron, que hasta redignificaron el término versátil? La receta no puede ser más sencilla, ni más ardua: con trabajo incansable y bien hecho. Independiente. Sin sindicatos. A lo largo del año ofrecen un amplio abanico de propuestas que incluye conciertos sinfónicos, ópera, ballet (a partir de mayo harán los tres ballets de Tchaikowsky), galas navideñas y otras más que van de lo guapachoso –como la que recién ofrecieron en La Maraka- a lo francamente popular, como los cuatro programas titulados Despecho sinfónico que anuncian para cerrar el mes. ¿Así, o más taquilleros? No hay de otra cuando no se recibe un centavo de dinero público y hay que ser autosustentables para sobrevivir. Pero, por atractivas que sean las propuestas, eso sólo se logra manteniendo un digno nivel artístico y eso, justamente, fue lo que disfrutamos con su puesta de Pagliacci:
Concertada por el propio Vélez, la orquesta sonó afinada, precisa, y él arropó cuidadosamente a sus cantantes, respirando con ellos, sin taparlos. Bueno, sólo hubo uno que no se escuchaba, el que encarnó a Silvio; de resto, no serán nombres muy famosos, pero estuvieron muy bien elegidos, al grado de ponerme a más de uno en el radar: Gerardo Reynoso se lució como Cannio, su Vesti la giubba fue un emotivo cierre del primer acto; Jéssika Arévalo hizo una espléndida Nedda y Gerson Milán me sorprendió con su bien construido Tonio. Como Beppe, Eduardo Díaz refrendó que no hay roles menores, algo que, en mucho, le deben al trazo sólido y bien resuelto que distingue el trabajo de Omar Olvera, regista oficial del Grupo de las Artes.
Una vez más, me sorprendió la inteligencia con que adaptaron el movimiento escénico a un espacio tan pequeño, debidamente ambientado con una escenografía y un vestuario que jamás pretenden descubrir el hilo negro y eso, se agradece. Y aunque mi añorada Elena Marsans solía repetirme que “de la buena luz no se habla”, no puedo dejar de reconocer el trabajo firmado por Luis Jiménez. Lamentablemente, y a pesar del buen sabor con que salimos de la función, me enteré que el ambicioso título proyectado para el verano, Turandot, “se pone en pausa” pues los están matando los impuestos. “Ahora nos retienen el dinero a lo chino; entonces, es más difícil”, así que acabarán haciendo La flauta mágica.
Y es que, fuera de la administración de Felipe Calderón, que ejerció el mayor presupuesto de la historia de México para la Cultura, pareciera que la consigna no es apoyarla, sino entorpecer su desarrollo. Y más con esta administración que no distingue la diferencia entre Cultura y Entretenimiento, y cuya mayor logro ha sido traer a Salma para la foto… pero no crean que esto es privativo de Morena. En Nuevo León, Samuelito y sus secuaces también se han esmerado en restarle méritos a Movimiento Ciudadano. El fin de semana pasado viajé a Monterrey para presenciar el cierre de temporada de El niño y los sortilegios, de Ravel, que fue la primera encomienda realizada por la nueva generación de becarios del México Ópera Studio (MOS). Fueron once funciones realizadas en su sede del Parque Fundidora, destinadas, en su mayoría, a crear nuevos públicos.
Plásticamente, la puesta fue muy atractiva. Con agilidad, ingenio y colorido compensaron que, a falta de orquesta, los cantantes estuvieron acompañados por una impecable reducción a dos pianos confiada a Aarón Abinadi y Sergio Garzón. Es imposible que mencione a todos, pero debo consignar el gozo que me causaron la voz de Frida García como el Niño, el desparpajo y la soltura con que Teresita Mena Mora transitó de la Madre y La taza China a La Libélula, la amplia sonoridad con que Christopher González personificó a La Tetera, o la sorpresa del público al ver surgir a Miguel Ramírez surgir entre los asientos, haciéndola de Rana, y lo mejor, todos estaban espléndidamente caracterizados, faceta que fue en donde más falló la propuesta presentada el año pasado en el Cenart por el Estudio de la Ópera de Bellas Artes, cuando presentó este mismo título. Sí, ya sé que las comparaciones son odiosas, pero, contrastado en retrospectiva con éste, me parece todavía más feo aquel vestuario, que si pecó de algo, fue de gris y anodino.
Todo pintaba para ser una espléndida velada, como tantas que ahí he atestiguado y de las que he dado cuenta puntualmente, hasta que me enteré que –a menos que prosperen las negociaciones con la administración del Parque Fundidora-, esta función, trazada por Rennier Piñero y concertada por Guillermo Villarreal, era la última que veríamos en este espacio rehabilitado por el MOS y que hoy nadie se imagina las condiciones en que lo recibieron. Era un muladar abandonado e infestado de alimañas… como parecen ser quienes ahora “nos corrieron”, según declaró Gustavo de la Garza, presidente del Patronato del Consejo Directivo del MOS.
Al MOS, pretenden cobrarle una renta desmesurada, y ya dijo Samuel García que no va a haber ni un centavo para apoyar al Ballet de Monterrey, reconocido como el mejor de América Latina. Si hay dos iniciativas que le dan lustre a Nuevo León, son estas. Qué vergüenza que, quienes detentan el poder, carezcan de la menor sensibilidad para respaldar a quienes han invertido tanto tiempo, trabajo y dinero en pro de la mejor cara y mayor riqueza de México: nuestra Cultura.
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