En La Odisea (The Odyssey, RU-EU, 2026), impetuoso film 13 del heteróclito imaginativo autor total londinense de 54 años Christopher Nolan (Insomnio 02, El origen 10, Dunkerque 17), con guion suyo basado en los XXIV cantos del poema homónimo de Homero, el astuto Odiseo rey de Ítaca (Matt Damon) ha ayudado a ganar con crueldad la guerra contra Troya gracias a su estratagema del falso trofeo de un caballo de madera repleto de sanguinarios soldados griegos y después lleva una década navegando sin poder regresar a casa, como castigo por violar las leyes de Zeus sobre la sagrada convivencia y como venganza del dios del mar Poseidón por cegar a su hijo el gigantesco cíclope devorahumanos Polifemo, debiendo el legendario guerrero errar y errar, afrontando peligrosas aventuras con sirenas, hechizos y persecuciones mortíferas en las que ya ha perecido toda su tripulación, y permaneciendo ahora retenido en la isla de la bella ninfa Calypso (Charlize Theron) que amorosamente lo hace comer flores de loto para borrarle la memoria, pero que, al cabo de siete años, inspirada por la protectora heroica diosa Atenea (Zendaya), se apiada de él y lo deja en libertad, para que, tras descender al infernal Hades y ser perdonado por los dioses, un canoso envejecido pero todavía vigoroso Odiseo desembarca en su isla y, aunque bajo un disfraz mágico de mendigo, sea reconocido por su longevo perro Argos que muere en paz y por su amenazado hijo indagador también errabundo Telémaco (Tom Holland), logre de nuevo tensar como sólo él puede el arco imposible con el que habrá de fulminar a la sediciosa turba dionisiaca de pretendientes de la inexpugnable esposa fiel Penélope (Anne Hathaway) que ansiaban usurpar el reino luego de ultimar aviesamente al legítimo heredero, sin sospechar los torcidos rodeos previstos por este retorno homérico.

El retorno homérico se afirma como un disipado y a veces disparatado objeto fílmico sórdido, tenebroso, hermético, iluminado con fuego, en rechazantes colores ocres, ahíto de flashbacks y racconti un tanto laberínticos, interrumpido por súbitas imágenes mentales desplazadas y con cadencias a mil por hora, sobrecargado en su dramatis personae y en sus reduccionistas referencias literarias muy cuestionables, un ambicioso blockbuster veraniego superproducido (o un postechnicolor mamut, diría el historiador fundacional Sadoul) con duración rompevegigas (172 minutos), un film-calvario que del magno poema pieza angular de la narrativa occidental haría cualquier cosa menos una cinta épica, pues suponer lo contrario equivaldría a pretender, dentro de la lógica supragenérica de Nolan, que Oppenheimer (23) era una biopic épica con bombitas atómicas, Batman, el caballero de la noche (08) una historieta épica lóbregamente crispada en el lado oscuro de la fuerza, y Amnesia/Memento (01) un thriller épico que curiosamente iba hacia atrás.

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Crédito: Especial
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El retorno homérico presenta a Odiseo fuera de registros inamovibles y perennes, más bien como un infeliz errabundo y obsesivo que sólo desea desesperadoramente volver a su hogar, a su primordial Ítaca por demasiado tiempo en la deriva acéfala y a los brazos de su mujercita que resiste con promesas incumplidas y un interminable tejido desecho por las noches a sus pretendientes saqueadores, un pobre hombre que debe pagar muy caro el haber alcanzado el heroísmo y ser maldecido por una violencia física y moral que él mismo lleva dentro, más escurridizo que el odiseico espía Damon en la trilogía Bourne, siempre contrario a la diafanidad interpretativa del héroe magnífico de la miniserie Odisea de Mijalkov-Konchalovsky (97) y en las antípodas radicales de alguna desmitificación sistemática en planos minimalistas únicos como la del circunavegador Magallanes (Lav Díaz 25), si bien inserto en una travesía marítima cual metáfora del destino humano tal como ya lo era El largo viaje a casa (O’Neill/Ford/Toland 39) pero ahora con frágiles barquitos de enormes velas escarlata y profusión de remeros (“Jalen, jalen”), en suma, un mártir de fe inquebrantable, incluso cuando no hay lugar para la cólera ni la esperanza.

El retorno homérico concede capital relevancia invocativa a personajes secundarios como el fiel sirviente descolorido Eumeo (John Leguizamo) que marca la estancada espera infructuosa, el teratológico vidente ciego Tiresias (James Romar) que en el Hades vaticina el exterminio, el falso buenaonda pretendiente traidor Antinoo (Robert Pattison), la identificación afrohelénica Helena/Clitemnestra (Lupita Nyong’o), el rey espartano Menelao (Jon Bernthal) que subjetiva y neutraliza el Epos, conformando entre todos un agobiante ámbito enrarecido de antemano, casi intrauterino y ya rememorante cual si los mitológicos hechos nunca hubieran sucedido o habrán de suceder.

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El retorno homérico consuma el prodigio de resolver fílmicamente cada uno de los episodios aventureros de un modo estilístico distinto, con el gigantismo artificial en la cueva de Polifemo, la oclusión sonora para tolerar atado al mástil el canto de las sirenas, o los cuerpos cercenados por el encuadre para que la temible Circe (Samantha Morton) fabrique cerdos, porque si algún equivalente con 2700 años de antigüedad y en formato IMAX pudiera existir del lopezvelardiano Retorno Maléfico sería este: “Mejor será no regresar al pueblo/ al edén subvertido que se calla/ en la mutilación de la metralla”, una metralla disuelta de prefiguradora forma en las flechas exterminadoras frenéticamente lanzadas por el divino arquero Odiseo angélico y diabólico a un tiempo intemporal.

Y el retorno homérico arranca, se mediatiza y culmina con la letanía rapera del bardo rapsoda y narrador invasivo (Travis Scott) que impone el ritmo sincopado del film en su conjunto (“Una guerra, un hombre, una idea, un ardid”) e incluso en los créditos finales sigue entonando su mejor delirio actualizado como una turbulenta canción irónica con letra del propio bardo Nolan (“Cuando esté en casa”).

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