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En Moscas (México-España, 2026), agudo film 5 del estilista excuequero capitalino con antecedentes videocliperos de 55 años Fernando Eimbcke (Temporada de patos 04, Lake Tahoe 08, Club sándwich 13, y el inédito Olmo 23 en EU), con guion suyo y de Vanesa Garnica, el niño de 9 años Christian Chris (Bastián Escobar vivaz excepcional) come en fonduchas y descansa en la calle al lado de su cariñoso papá empleado federal provinciano Tulio (Hugo Ramírez sutil) porque su mamá Estela se encuentra internada en el Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE al sur de la CdMx, hasta que el buen señor logra mudarse a un cuarto que le renta en un viejo inmueble multifamiliar la solitaria y huraña anciana matamoscas obsesiva en apuro económico por una cirugía dental Olga (Teresita Sánchez conmovedora si adusta o si sonriente), pero en donde, estando prohibidos los niños, Chris debe colarse como clandestino (o sea de vil mosca) para pasar las noches con su papá, en tanto que durante el día vaga sin rumbo y mea en mi arbolito, pues también le está impedido el ingreso al sanatorio, sólo sabiendo que su mamá está en la habitación 603 (que curiosamente coincide con su fecha de nacimiento: el 6 de marzo) y pensando en jugar en las maquinitas tragamonedas para lo que es muy diestro porque le enseñó mamá, en especial el juego de Cosmic Defenders Pro, eliminando invasores espaciales mediante un botón oprimido con inigualable rapidez, y quedándose solo a merced de la hosca mujer que lo cacha pero acaba conectando con él, aceptándolo como sustituto de un hijo muerto, ganando gracias a él lo imposible en las adictivas maquinitas y falsificando credenciales para que Chris pueda ver a mamá intubada y en agonía, cual portentoso vínculo mosqueado.
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El vínculo mosqueado lleva dulce pero retadoramente hasta sus últimas consecuencias e inconsecuencias la apuesta minimalista por esa comedia seca y traviesa a la vez que desde su atronador debut humorístico millennial en Temporada de patos campea en el cine de Eimbcke, hoy ostentando una artística fotografía digital en radioso y abstracto blanco/negro más blanco que negro de María Secco que sublima los espacios con incandescencias a contraluz, entre frontalidades brutales de carotas y un espejo convexo para el aspirante a raperito Chris, una música lúdica con inquietantes resonancias juveniles reprimidas de Camilo Lara y una calculadora edición superelíptica de Salvador Reyes Zúñiga y el realizador, creando ahora en su conjunto, narrativamente o por montaje, audaces y bienvenidos paralelismos poéticos entre la lucha de los omnipresentes combates contra los invasores de las maquinitas y la inmostrable lucha de la recluida madre ausente contra las células malas que han invadido su cuerpo como los Invaders del futuro, y sólo una vez se alude en forma explícita a la quimioterapia y, púdicamente, jamás se mencionan las palabras cáncer o muerte, pues el realizador omite lo que por sabido se calla y prefiere recurrir a la inteligencia emocional del espectador, ofreciendo únicamente respuestas sin preguntas, acaso porque “Las únicas respuestas válidas son las que anulan las preguntas” (Susan Sontag).
El vínculo mosqueado se encrespa y se aquieta entonces sobre el pionero Multifamiliar Miguel Alemán con sus barrocas cuadrículas y sus elevadores descompuestos y sus fatigosas escaleras fotogénicas y sus minúsculos deptos claustrofóbicos y sus insondables oquedades interpretando vetustamente el mismo rol popular infraclasemediero de la Unidad Tlatelolco en el encierro inefable de Temporada de patos o el hotel baldío de Club sándwich, la inhabitual mostración del alto precio de las cosas y la escasez de los billetes tanto en un puesto callejero donde no alcanza para comprar los juguetes deseados (conformándose con una bocinita) como en la farmacia donde papá debe renunciar a ciertos medicamentos en beneficio de otros, la deambulatoria relación del padre/hijo con fondo del más neorrealista e inerme desamparo en gran medida procedente de Ladrones de bicicletas (De Sica 50), el aventurero episodio afectuoso con el entrañable viejo enfermero ignorantazo (Enrique Arreola en homenaje público probado a su papel de repartidor de pizzas vuelto solovino de la multicitada Temporada de patos) que corrige a Chris al regalarle unas pantuflas (“No se dice pantunflas”) y pierde su chamba porque debe meterlo a escondidas al hospital tras ser derrotado miserablemente en una competencia de maquinitas, o sobre la dramaturgia del presentimiento, con ese chavito en fuga para no ser informado del deceso materno.
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El vínculo mosqueado recurre sabiamente a las estrategias de una sensorialidad háptica donde los roces del tacto apenas insinuados llegan a constituir los momentos fuertes del relato, puntuado y culminado por ellos, las manos del niño aferrado a papá, o el espontáneo masaje de hombros prodigado a una adolorida vigilante de ingresos de visitantes hospitalarios que se apiada del niño sin mayor éxito en informes, o la frente de Chris tomándole la temperatura a la exarisca Olga en vista de que el sofisticado termómetro no sirve, una sensorialidad próxima y cálida canalizadora del afecto y reventando en el añorante baile desatado de un chachachá retro de Chris con la mujer mayor, marcando la trayectoria de la ternura fincada como el más vigoroso e indestructible e ineluctable e intempestivo de los sentimientos enérgicos, casi a lo Capra fantasioso (¡Qué bello es vivir! 46), para provocar la unión onírica con mamá (Morena Rahez) o la abducción del niño tragado por el videojuego de cuerpo completo.
Y el vínculo mosqueado funde finalmente el doble significado del título Moscas, el zoológico y el figurado, en un solo sentido espiritual cual inmensa conquista interior, con los inquilinos providentes abandonando el edificio en cenital plano subjetivo y la trastocada Olga escuchando el viejo chachachá (“Minervaaa”) al navegar en una inefable placidez por fin comunicada.
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