Nerviosismo es la sensación que perciben los Noé Martínez (Morelia, Michoacán, 1986) y María Sosa (Morelia, Michoacán, 1985), quienes conforman el colectivo RojoNegro y representan a México en la 61° edición de la Bienal de Arte de Venecia. El nerviosismo lo ven en los habitantes de la ciudad italiana porque tendrán que lidiar con los miles de turistas que visitan esta importante exposición de arte que abre al público este sábado y dura hasta el 22 de noviembre. Pero también hay nerviosismo por las tensiones que se han generado como consecuencia de la crisis geopolítica internacional, que no sólo ha complicado la logística de algunos artistas, sino que también orilló a la renuncia del jurado de la Bienal luego de que anunciaran que no iban a considerar para el certamen del León de Oro a artistas que representaran a países con cargos criminales por parte de la Corte Penal Internacional, en este caso Rusia e Israel.

“Son muy diferentes los de cada artista, de cada país, necesitamos encontrar la forma en la que verdaderamente convivamos en paz”, dice Sosa.

Los artistas michoacanos María Sosa y Noé Martínez son los integrantes del colectivo RojoNegro, creado hace 10 años. Foto: Estudio RojoNegro
Los artistas michoacanos María Sosa y Noé Martínez son los integrantes del colectivo RojoNegro, creado hace 10 años. Foto: Estudio RojoNegro

El rol de la comunidad para sobrellevar y sobrevivir situaciones difíciles como la actual son el tema central del pabellón de México, donde los artistas presentan la instalación Actos invisibles para sostener el universo.

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La obra consiste en un camino de sal sobre el que se han colocado vasijas de cerámica con mensajes. Del techo cuelgan pantallas donde se proyecta una pieza, un performance hecho por Martínez y Sosa, a quienes les interesa estudiar al cuerpo como un “laboratorio y archivo de conocimiento y memoria”. También hay pintura y el ambiente se complementa con una pieza sonora que comisionaron a Alberto Rubí. Todos estos elementos conforman lo que los artistas describen como una ofrenda con la que honran a aquellas personas y acciones que pasan desapercibidas pero permiten que la sociedad subsista.

En entrevista, Martínez —quien ha exhibido en el Museo Universitario del Chopo y Proyectos Monclova— y Sosa —quien ha mostrado su arte en el Museo de Arte Moderno y Museo Amparo— explican que la obra surge a partir de la idea de “bailar para sostener el universo”, que proviene de la cultura rarámuri.

Elementos como las vasijas de cerámica conforman una ofrenda para quienes permiten que la sociedad subsista. Foto: Oswaldo Ruiz. INBAL
Elementos como las vasijas de cerámica conforman una ofrenda para quienes permiten que la sociedad subsista. Foto: Oswaldo Ruiz. INBAL

“Esta frase, que viene de un texto del antropólogo Carlo Bonfiglioli, lleva dando vueltas en nuestra cabeza alrededor de 10 años. Desde un punto de vista occidental, colonizado y capitalista no se entiende cómo una danza puede sostener el universo”, comenta Sosa, pero dice que hace sentido si uno observa que por siglos los pueblos originarios son quienes mejor preservaron los ecosistemas.

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“Pensamos en los actos invisibles que sostienen al universo: los rarámuris danzando, pero también los ecologistas queriendo salvar mariposas, bosques y mares, las madres queriendo encontrar a sus hijos, quienes tienden la mano a los enfermos. Todas esas personas son las que están sosteniendo lo poquito que tenemos para que no nos vayamos a la locura y al caos”, afirma Sosa.

“La instalación es una ofrenda para la gente que hace estos actos invisibles que sostienen al mundo. Vivimos en un país donde se sobrevive muchas veces más que vivir solamente, y se sobrevive muchas veces por la generosidad de la colectividad y el esfuerzo mutuo. En México y Latinoamérica tenemos un historial de luchas invisibles por la tierra, la paz, los derechos de las mujeres, por derechos a las minorías segregadas y racializadas”, añade Martínez.

Para el colectivo —que se creó hace 10 años y cuyo nombre es una referencia a la división de los puntos cardinales mesoamericanos, siendo el rojo el oriente y el negro, occidente— este es un primer esfuerzo de consenso, algo que esperan se vaya dispersando entre los visitantes.

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El consenso es el gran ausente dentro de la Bienal y su comunidad. Al respecto, los artistas consideran que el jurado, al renunciar, hizo un acto histórico que respetan y esperan que la paz se pueda encontrar de forma “pacífica”.

“Necesitamos que, a pesar de todos los contextos e historias, entendamos que somos humanos y que tenemos que hermanarnos en esa humanidad”, dice Sosa.

“Creo que el mundo y el arte tomaron un ritmo que no ayuda a entender ideas ni ha desarrollar empatía y escucha, hay un nivel de exigencia por una rapidez de reacción y sí hay situaciones urgentes. Pero no hemos podido procesar un genocidio que pasó hace 500 años, de generaciones en generaciones, ¿cuántas generaciones nos va a tocar procesar lo que ahorita vemos?”, concluye Martínez.

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