El 27 de febrero de 2014, cuando el filólogo Aurelio González Pérez ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua, lo hizo con el discurso “El Romancero en América: cómo las palabras de la tradición se hicieron nuestras”, que le respondió Margit Frenk, otra gran estudiosa de la literatura española. El especialista en tradición oral mexicana e hispánica, ya llevaba muy avanzado el que sería su gran proyecto de vida, el Romancero en América, una magna obra de mil 213 páginas, que a casi cuatro años de su fallecimiento (17 de noviembre de 2022), acaba de publicar la Academia Mexicana de la Lengua, en el marco del 150 aniversario de su fundación, dentro de la colección Clásicos de la Lengua Española.
El volumen, que reúne un corpus de más de 500 romances procedentes de 21 países de América, se publica de manera póstuma para celebrar la vida y la obra de Aurelio González, autor de la edición, estudio y notas de esta edición crítica de romances que incluye un amplio y erudito estudio en el que analiza las características literarias, estilísticas, sociales, políticas e históricas del romance.
El romance es una forma poética en verso —por lo general octosílabos con rima asonante en los pares—, que nació en España y llegó a América en los barcos españoles. Con el tiempo esa poesía popular tradicional de transmisión oral que viene desde la Edad Media ha llegado a nuestros días con adaptaciones que lo han convertido en un vehículo de expresión cultural diverso y vigente. En México, su derivación más célebre y popular es el corrido.
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“Básicamente el romance es una ‘historia’ que se expresa con un discurso particular que se articula en diversos niveles”, asegura Aurelio González en la introducción al amplio estudio que sigue al corpus de romances reunidos. También apunta que son “poemas narrativos épico-líricos más bien breves, equivalentes en el mundo hispánico, tanto europeo como americano, de las baladas de otros países europeos y de otras tradiciones como la asiática”. Textos transmitidos a lo largo de siete siglos de forma oral que se les encuentra dispersos, agrega, por todos los puntos de la geografía mundial, donde las lenguas de la península ibérica han tenido alguna vitalidad.
En la portada de la notable edición con forros de un rojo brillante está el grabado en color negro de un gato enmarcado por una ventada cubierta de flores, y en la contraportada uno de los romances que permiten al lector tener una pequeña muestra del romance: “Estaba el señor don Gato/ sentadito en su tejado/ calzado de media blanca/ y su zapato bajo. / Iba subiendo la gata/ con sus ojos relumbrando/ y al tiempo de darle un beso/ el gato se vino abajo. / Se rompió media cabeza/ y se desconcertó un brazo; / tuvieron junta de Médicos/ y también de cirujanos.”
Para la integración del Romancero en América, señalan en la edición, se seleccionaron las versiones más representativas de cada país, es decir 562 versiones de 110 temas, en 21 países, o de un tema romancístico concreto. Cada versión se acompaña, en el Aparato crítico, de la identificación del transmisor, el lugar y fecha de recolección y sus variantes. Además se agrega que en las Notas complementarias se da una síntesis de la recolección nacional de textos y la información adicional que facilite el trabajo de investigación o la curiosidad por una mayor información.
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Alejandro Higashi, académico de número de la Academia Mexicana de la Lengua y coordinador de la edición, dice en entrevista que este género popular en verso se transformó, al compás de la geografía y la historia, en un género que adoptó en cada país americano matices propios en su estructura, tono, contenido y función social, como deja constancia en el estudio don Aurelio González.
“Como toda manifestación folclórica, el romancero acompañaba la vida comunitaria de las personas que venían de España durante la Colonia, durante el virreinato y al llegar acá se acultura y se incorpora y se toma como una tradición propia, dado que la vida comunitaria va a continuar de este lado del mar. Y justamente va a tener muchas adaptaciones”, afirma Higashi, quien señala que el Romancero en América es un libro muy importante.
“Es muy importante no solamente por haberlo hecho Aurelio González, a quien todavía seguimos extrañando mucho y claro que era el máximo especialista en el romancero en América, sino porque aunque había investigaciones, casi todas eran muy locales, y fue Aurelio quien se encargó de hacer una investigación que abarcaba toda América Latina, la de habla hispana, y también de Brasil e incluso manifestaciones del romancero en español que se daban en Estados Unidos con las personas que vivían allá y que tenían una tradición en español y que la siguen manteniendo dentro de Estados Unidos”, apunta Alejandro Higashi.
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Sobre la obra de Aurelio González —nacido en México el 18 de enero de 1947, quien estudió la licenciatura en la UNAM, donde dio clases, y el doctorado en El Colegio de México, donde fue profesor-investigador desde 1985 y director del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios entre 2003 y 2009— Higashi dice que es la culminación de los trabajos de Aurelio. “Él siempre fue un gran impulsor del romancero y se dio cuenta de la laguna que había en cuanto al romancero en América. Esta magnífica obra hace dos cosas: es una antología muy nutrida, y es la primera de su tipo y completa el horizonte de lo que es el romancero en los siglos XVI y XVII en España y del romancero cuando pasa a América Latina”.
Para Higashi, el romance está a caballo entre una canción y una historia completa, con principio, nudo y desenlace, lo que ayuda, afirma, a que se guarde con mucho interés en la memoria de las personas. “Son parte de la vida comunitaria, eso es muy interesante y también por eso ahora se están perdiendo estas manifestaciones. El romance era como la historia que se contaba, alguien se la sabía y la cantaba, y algunas son canciones de Semana Santa, otras tienen que ver con cultos religiosos y otras simplemente son noticias de mucho interés. Hay muchas razones para que se conserven y se canten, y varias de ellas pues son muy escandalosas, dentro del folclore, estaban muy cerca de lo que hoy sería para nosotros la nota roja”.
El Romancero en América incluye estudios críticos de Ana Valenciano, Mercedes Díaz Roig, Beatriz Mariscal, Ana Pelegrín, María Teresa Ruiz, Gloria B. Chicote, Ramón Menéndez Pidal, Andrés Manuel Martín Durán, John Kenneth Leslie, Mercedes Zavala Gómez del Campo, María Águeda Méndez, Vicente T. Mendoza, así como dos textos de Aurelio González, uno sobre “El Romancero y América en el Siglo de Oro” y “El tesoro del Romancero: la variación. Dos ejemplos de la tradición americana”. Además tiene presentación de Gonzalo Celorio y el texto introductorio de Gloria Chicote. Materiales que complementan el ambicioso proyecto académico del promotor del hispanismo, cuya rama de estudio iba de la literatura medieval y del Siglo de Oro a la Novohispanidad y la oralidad en el castellano, por ello el estudio de los corridos fue una de sus grandes intereses.
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