Un año antes de su muerte, Frida Kahlo hizo llegar a sus amigos una invitación: “Con amistad y cariño, / nacidos del corazón, / tengo el gusto de invitarte / a mi humilde exposición. / A las 8 de la noche / --pues relox tiene al cabo-- / te espero en la Galería / d’esta Lola Álvarez Bravo”.
Aquella muestra, formada por 31 obras, y organizada en la Galería de Arte Contemporáneo por su amiga, la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, iba a quedar en la historia como la primera y única exposición individual que Frida Kahlo tuvo en México en vida.
Más que una exposición, aquello se volvió un dramático performance. Habían colocado en una de las salas una cama de hospital con cuatro postes: Frida estaba tan deteriorada que tuvieron que llevarla a la galería a bordo de una ambulancia. Así llegó al número 12 de la calle de Amberes.
Recostada en la cama que le habían instalado, al igual que los santos lujosamente ataviados que se veneran en las iglesias mexicanas, según escribe Serge Gruzinski, Frida se confundió con sus obras.
Los diarios no le hicieron mucho caso. El registro de aquella noche —15 de abril de 1953— apareció en una página interior, entre la foto de una comida que un grupo de periodistas ofreció “al gobernador de Oaxaca y su respetable esposa”, entre la nota de la fiesta de Quince Años de la señorita Yolanda Franco Arenas, y la de las Bodas de Oro de los esposos Cleofas Haro y María de Jesús Bocanegra, cuya misa se celebró en el templo del Pronto Socorro, allá por el rumbo de Popotla.
EL UNIVERSAL refirió que la muestra era solo el preámbulo de la presentación en Bellas Artes de la obra total de la pintora, informó que las piezas procedían de colecciones particulares que las habían prestado “galantemente” (¡en qué enredo iban a terminar las de los esposos Gelman!) y ofreció una lista de asistentes cargada de nombres deslumbrantes:
“Entre las personas que asistieron a esta reunión vimos al doctor Atl (Gerardo Murillo), Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Francisco Dosamantes, Miguel Covarrubias y Jesús Reyes Ferreira, todos ellos artistas del pincel”.
Estaban presentes también Juan Soriano, Concha Michel, Pita Amor, Rosa Rolanda, Lupe Marín, María Asúnsolo, Antonio Peláez (mejor conocido por su nombre de pluma: Francisco Tario) y Renato Leduc (cuyo nombre fue transformado por el reportero, no se sabe si por ignorancia, o por una broma del propio Renato, en “Renato Le Duc”).
“Frida Kahlo recibía emocionada las felicitaciones de todos sus amigos que en esta ocasión le rendían homenaje a su obra pictórica y escuchaba con gran satisfacción las canciones mayas que Concha Michel y un grupo de personas entonaban al compás del rasgueo de la guitarra”, reseñó el periodista.
La biógrafa Hayden Herrera anota que “uno de los cuadros de la pintora adornaba el pie de la cama, la cual permaneció en la galería aun después de la inauguración”. Las almohadas de aquella cama de hospital habían sido perfumadas con unas gotas de “Shocking”, la fragancia de Schiaparelli, que en aquellos años era epítome de la distinción.
Fue de ese modo como Frida recibió a su corte. Escribió Lola Álvarez Bravo:
“Les pedimos a las personas que circularan, que la saludaran y luego pasaran a la exposición misma, pues temíamos que la muchedumbre asfixiara a Frida. Formaba una verdadera turba. Esa noche no acudieron únicamente los círculos artísticos, los críticos y sus amigos, sino un gran número de personas inesperadas. Hubo un momento en el que nos vimos obligados a sacar la cama de Frida a la estrecha terraza al aire libre, porque apenas podía respirar”.
Qué dramática es la foto de Frida tendida y rodeada por Concha Michel, Carmen Farrell, Antonio Peláez y Dr. Atl. El poeta Carlos Pellicer intentaba contener a la multitud, rogándole que hiciera una sola fila.
Fue la despedida pública de Frida Kahlo. Al año siguiente moriría en Coyoacán, dibujando ángeles negros en su Diario, y estampando en alguna de las últimas páginas: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.
Lola Álvarez Bravo dejó la dirección de la galería poco después. No volvió a suceder algo así.
¿Cómo encontrar la sombra de aquel día, de aquella ciudad?
Salí de la hemeroteca en la que tomé estas notas. Quise detenerme en Amberes 12, imaginar el ruido, las luces de esa noche. Buscar la sombra de esa ciudad. Tengo ese maldito vicio, y la ciudad tiene la maldita costumbre de hacer que sus lugares se vayan sin dejar ninguna huella.
Bajo el sol redondo y colorado, como diría Concha Michel, en Amberes 12 no existe nada. Solo una barda, repleta de publicidad, que cubre un baldío. En esta ciudad sin memoria, ese baldío es un manifiesto de lo que hemos hecho.

