Populismo y democracia

Solange Márquez

El populismo es un movimiento con presencia constante en América Latina. Luego del reestablecimiento de la democracia liberal en un país, su fantasma sigue flotando hasta llegar a otro. El enojo e insatisfacción ciudadanas suelen encontrar en los discursos populistas una salida segura. 

Sin embargo se trata de un espejismo. Los ciudadanos suponen que están frente a un mayor nivel de democracia porque creen ver mayor cercanía con el nuevo líder político, porque éste les habla en su idioma y les dice lo que siempre han querido escuchar. 

El populismo no tiene ideología, puede ser de izquierda o de derecha. El engaño está en creer que un líder populista tiene una agenda definida por un credo. No la tiene. Lo único que hay para el populista es la afirmación en el poder por la vía del pueblo, la justificación de sus acciones en la legitimidad popular obtenida en las urnas o en las calles. 

El populismo en nuestro continente ha sabido montarse en la retórica democrática para ganar el poder y después conservarlo aún a costa de sacrificar una buena parte de los valores sostenidos por la misma, siempre amparado en “la soberanía popular”, “la voz del pueblo”, etcétera, de modo tal que a simple vista pareciera que el líder populista es más democrático que quienes le hayan precedido.

Por décadas la democracia ha encontrado en el liberalismo la mancuerna ideal frente a los intentos autocráticos. Originalmente frente a los sistemas absolutistas y luego ante el corporativismo estatal representado por el socialismo/comunismo. En un principio el recurso fue convincente, especialmente en la época de la posguerra. 

La promesa de igualdad del siglo XIX logró hacerse efectiva únicamente en su sentido político gracias al voto y la representación parlamentaria. Sin embargo, la democracia liberal le ha quedado a deber a las masas cuyas necesidades económicas siguen insatisfechas

Una de las causas más arraigadas para que el populismo alcance el poder es la necesidad de un cambio en la economía y modificar el sistema económico de forma determinante implica, sin dudarlo, cambiar el sistema político en todas sus estructuras. Migrar hacia una nueva forma de hacer política, con todo el cambio estructura e institucional que ello implica transitar del liberalismo a una forma distinta del poder usualmente centralizada, controlada y autoritaria. 

La imperiosa transformación del sistema político en América Latina ha pasado, como en libro de texto, por la reconstrucción del país a través del cambio Constitucional. Un nuevo texto constitucional que supuestamente refleje el cambio ideológico que se ha gestado pero cuyo objetivo último es la transformación del Estado en su totalidad, cambiando instituciones, modificando el sistema económico, centralizando el poder. Hugo Chávez en 1999, Rafael Correa en 2008 y Evo Morales en 2009, todos convocaron Asambleas Constituyentes que modifcaron sus textos constitucionales y les permitieron concentrar el poder. 

El populismo latinoamericano se sustenta sobre un presidencialismo fuerte, popular, plebiscitario. Ni Evo Morales, ni Rafael Correa, ni Daniel Ortega ni Chávez o Maduro, ni actualmente Bolsonaro o López Obrador pueden señalarse como adalides de la democracia, la transparencia o del respeto a los límites constitucionales de su propio poder. Por el contrario, la principal característica que tienen en común es su invocación al pueblo para echar por tierra cualquier tipo de control existente. Controles indispensables para sostener y fortalecer la democracia.

Internacionalista, Doctora en Derecho y catedrática de la UNAM.

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