Cuando se habla de “ desarme ” inmediatamente vienen a la mente frases y datos relacionados con las armas nucleares y el terrorismo . El papel que Estados Unidos ha desempeñado a nivel global en esta materia se ha ido incrementando año con año, particularmente desde la caída de las torres gemelas en el 2001.

Estados Unidos, la autodenominada democracia más consolidada del mundo

, y la que se ha arrogado el papel de defensora de la misma en todo el orbe es también la que más peligro representa para la estabilidad y la gobernanza en el mundo. Su papel como el mayor proveedor de armas hacen dudar de sus buenas intenciones sobre la paz y la justicia.

De acuerdo con las estadísticas del recién publicado reporte del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), nuestro vecino del norte aumentó el porcentaje de sus exportaciones en casi un 30% entre 2014 y 2018 en comparación con el periodo 2009-2013, pasando de tener el 30 al 36% del total mundial en la exportación de armas . Más de la mitad de esas armas tuvieron como destino final Medio Oriente, particularmente en los últimos cinco años coincidiendo con los peores años de la crisis en Siria.

Destaca el comercio de armas ligeras y pequeñas , armas que típicamente son utilizadas por la delincuencia organizada y a la que tienen un acceso más sencillo. Las comparaciones muchas veces resultan chocantes, pero a veces perdemos de vista la dimensión del problema. Cuando se habla de desarme nuclear o de terrorismo, las miradas de todos están puestas en las propuestas, tratados y soluciones, cuando por menos de lo que cuesta un avión o un helicóptero de combate pueden comprarse cientos de miles de fusiles que pondrán en riesgo la vida de miles de civiles.

Entre los principales exportadores de armas ligeras y pequeñas aparecen cotidianamente en los primeros lugares, Austria, Bélgica, Alemania, Corea de Sur, Suiza y por supuesto Estados Unidos.

Los países a los que van a parar esas millones de armas, compradas con esos miles de millones de dólares , son, lamentablemente países en desarrollo. Los principales compradores siguen siendo Asia y Medio Oriente , pero en los últimos años a esos destinos se suman también muchos países africanos, cuyos dirigentes muchas veces acusados de los crímenes más atroces, terminan recibiendo cientos de armas para continuar con sus regímenes de terror a cambio de prebendas comerciales y concesiones petroleras o mineras.

América Latina y México

son hoy también grandes receptores de armamento que al final va a parar a las manos de delincuentes comunes y en los peores casos de bandas del crimen organizado que al final del día resultan estar mejor armadas que la policía o el ejército. En octubre pasado, el Secretario General de las Naciones Unidas señalaba que “cada año, más de medio millón de personas mueren violentamente en todo el mundo, principalmente a través de fuego de armas pequeñas”.

Lograr una disminución en un negocio que tan sólo en 2014 se calculaba en 6 mil millones de dólares (frente a los 1,464 mil millones de 2008) se antoja difícil, sobre todo cuando los precios de muchas armas son tan bajos que prácticamente cualquiera puede adquirir en Sudán un “similar” de un AK47 hecho en China por el precio de un par de gallinas o la munición para ésta que seguramente acabará con una vida humana por menos de 20 centavos de dólar.

Al parecer las armas , sean éstas convencionales o nucleares, están de moda de nuevo y aún algunas “democracias occidentales” buscan utilizarlas para demostrar poder y asegurar una mejor posición en la escena internacional.

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