El primer debate de los candidatos presidenciales no modificará radicalmente las tendencias que hasta ahora conocemos de la carrera presidencial. Pero visto por el desempeño de cada uno de los cinco, la confrontación de anoche —que resultó entretenida y mucho más dinámica— sí puede reforzar la percepción cada vez más clara de que, a 67 días de las votaciones, en esta elección sigue habiendo un claro favorito, Andrés Manuel López Obrador, que se mantiene y sale “tablas” de este debate, pero también un segundo lugar que va a crecer, a partir de haber sido el mejor preparado y quien más aprovechó el debate, Ricardo Anaya, y que es el único que puede ya enfrentar al puntero en las encuestas.

Dicho con toda claridad: si los debates no modifican tendencias pero si moldean percepciones, este nos dejó en claro, de manera temprana, que la contienda por la Presidencia será solo entre dos; y que el tercero que anoche tuvo la que quizás era su última oportunidad de meterse a la pelea, el abanderado del PRI, José Antonio Meade, no logró convencer de que, por mucho sea el más preparado y capacitado para gobernar, nunca será el mejor candidato porque no puede y no sabe comunicar emociones políticas, y que por más “ciudadano honesto” o intachable, tampoco puede zafarse, quitarse y mucho menos deslindarse de lo que lo hunde en las encuestas y le pesa como losa: el desprestigio del partido que lo postula y el rechazo y el enojo que su presidente y ex jefe, Peña Nieto, provoca entre 80% de los mexicanos.

Los otros dos candidatos “independientes” confirmaron su papel testimonial en esta elección. Jaime Rodríguez ,El Bronco, tuvo algunos destellos y corroboró con sus cuestionamientos incómodos a López Obrador por qué los 4 magistrados del TEPJDF cumplieron la orden de Los Pinos de meterlo a la boleta y se llevó la ocurrencia de la noche con su propuesta de “mocharle las manos” a los que roben. Margarita Zavala posicionó algunos de sus mensajes, pero se contradijo al defender su “identidad propia” y al mismo tiempo tener que defender la fallida estrategia de seguridad de su marido, el ex presidente Calderón. Desaprovechó su condición de única mujer en la contienda.

Del primer debate también podemos decir que cumplió, con creces, las dos expectativas más importantes que generó: la primera, un formato más ágil, dinámico y por momentos entretenido (con fallas en la rigidez de intervenciones de 1 minuto que no alcanzan) y con moderadores que cumplieron su labor de cuestionar —más directa e incisiva Azuzena que Sarmiento y Maerker—. Y la segunda expectativa, que el encuentro sería una cacería de “todos contra López Obrador”, que se cumplió en los ataques y cuestionamientos que todos lanzaron al tabasqueño, y en el hecho, contabilizado y medido, de que el nombre de Andrés Manuel López Obrador fue de las palabras más pronunciadas en la noche, por encima de “corrupción”, “seguridad”, “violencia”, “pobreza” o “democracia”, con sus distintas variantes utilizadas por cada contrincante: desde el “Andrés Manuel”, de un obsesionado Meade; el “López Obrador” de un incisivo y documentado Anaya; el confianzudo “Andrés” del Bronco; y el puntual Andrés Manuel López Obrador de Margarita.

Cada candidato fue congruente con su personalidad. El de Morena no se salió de su guión, repitió las mismas frases, ideas y propuestas de su campaña, desde “si el presidente es honesto, el resto del gobierno lo será” hasta “el aumento de la pobreza es la causa de que se dispare la violencia”, quizás lo único nuevo es que haya culpado a Peña Nieto de haber recibido “la mitad” de los 10 mdd que les entregaron de Odebrecht a Emilio Lozoya Austin. Ricardo Anaya repitió su idea de que en esta elección habrá un cambio, pero hay “dos tipos de cambio, el de Andrés Manuel y el que cambió de régimen que yo propongo” y como novedad hizo trizas la estrategia de Calderón y Peña por que se limitó a detener “cabezas” pero no a desmantelar a los cárteles con inteligencia y le dio un duro raspón a Peña Nieto al preguntarle a Meade si el presidente “¿Es honesto?”. Y Meade, que por cierto nunca respondió la pregunta de Anaya, hizo un enorme esfuerzo por salirse de su guión tradicional, tuvo algunas propuestas aterrizadas, pero dedicó la mayor parte de su tiempo más a atacar y cuestionar a AMLO que a convencer y transmitir su valía y cuando tuvo la oportunidad de desmarcarse, aunque fuera un poco, de la pesada marca Peña-PRI, se limitó a decir que él es un “ciudadano sin compromisos con nadie”.

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