¿Adiós a la ropa sucia de la PGR?

Roberto Rock L.

La Procuraduría General de la República entró en un virtual proceso de liquidación con la renuncia ayer de Raúl Cervantes, que este espacio le anticipó en la víspera. Quizá nadie vierta una lágrima por esa institución desmantelada, agotada y corrompida. Pero las semanas o meses que tarde en ser designado el nuevo fiscal, la atribulada justicia mexicana encarará nuevos peligros.

Las asechanzas provendrán tanto de una rebatinga en la PGR por inexperiencia de sus nuevos mandos interinos, como de una confección apresurada de la nueva fiscalía, en la que sean “clonados” los viejos vicios, como pretende una propuesta que avanza ya en el Congreso.

Le comparto apenas dos estampas de lo que esa “herencia” significa:

La primera. En los meses finales del gobierno de Felipe Calderón (2006-2012), hasta su escritorio llegó un demoledor expediente sobre las ligas de Tomás Yarrington, ex gobernador de Tamaulipas, con el narcotráfico. La información fue confeccionada por la DEA y entregada a la entonces procuradora, Marisela Morales.

De acuerdo con fuentes del gobierno norteamericano, el reporte demostraba que durante su administración (1994-2005), Yarrington no fue beneficiario de la mafia de Los Zetas, sino que se puso al frente de la misma. “Para nosotros, el señor Yarrington era el auténtico ‘Zeta Uno’”, dijo la fuente consultada. La DEA pedía con ese reporte que México indagara las finanzas del ex mandatario tamaulipeco.