La amistad, para mí, es el más grande tesoro que debe uno cultivar y conservar a toda costa. Ahora que ya soy vieja y llevo a cuestas más de 73 años de edad, mis amigos de toda la vida me mantienen viva. Verlos y charlar con ellos, ya sea recordando anécdotas o comentando nuestros últimos proyectos e intereses en ciertos temas que nos son afines, me compensa de los achaques característicos de lo que se entiende por “la tercera edad”, que en mi caso se trata ya casi de “la cuarta edad”, porque cuando no se me cae un diente, me duele la rodilla, lo que me impide caminar bien (cojeo) o bailar, que es mi deporte favorito.

En esta ocasión quiero platicarles de mi gran amiga Anamari Gomís, realmente la única escritora que ha sido verdaderamente como una hermana.

La conocí muy joven, hacia 1970. La recuerdo claramente en la puerta de entrada del Centro Mexicano de Escritores, cuando era aspirante a escritora y por méritos propios había sido acreedora a la beca del C.M.E., seguramente fue un día miércoles, día de la semana en que se efectuaban las sesiones del C.M.E., en donde Salvador Elizondo, a quién solía yo llevarlo en mi coche, era uno de los asesores literarios, junto con Juan Rulfo y el Dr. Francisco Monterde. Me la presentó Salvador y de golpe lo primero que pensé al verla fue que era una bellísima jovencita, quien parecía una madona renacentista salida de un cuadro de Leonardo, como puede observar el lector en la fotografía que publico en esta ocasión, la cual tomé precisamente el 13 de septiembre de 1970.

De inmediato su calidez y simpatía me cautivaron. En los años 70 empezó a visitarnos, a Salvador y a mí, algunos miércoles después de la sesión del C.M.E. junto con Juan Rulfo, quién seguramente se enamoró platónicamente de ella, porque Anamari, además de su gran belleza física, ha sido siempre una gran conversadora muy entusiasta, atenta y respetuosa de lo que platica su interlocutor, de manera que estar junto ella es muy placentero porque a uno se le levanta el ego por la fineza de sus elogios, en mi caso inmerecidos, ya verán por qué…

A Anamari Gomís la he visto crecer para convertirse en una excepcional escritora y mujer a lo largo de ya casi 50 años. De su obra literaria destaco sus libros: Antología de 5 poetas jóvenes, Oliverio Girondo, A pocos pasos del camino, La portada del sargento Pimienta, ¿De dónde viene el tiempo?, El artificio barroco de Los Peces de Sergio Fernández, ¿Cómo acercarse a la Literatura?, Los demonios de la depresión, Sellado por un beso y Ya sabías de mi paradero, entre otros.

Con el tiempo, nuestra amistad se solidificó y creció. Anamari ha participado en momentos claves de mi vida. Fue testigo de nuestra boda y hemos cenado con ella en numerosas ocasiones. Nos acompañó siempre, a Salvador y a mí, en nuestras múltiples participaciones públicas, ya sea en una exposición mía o en las conferencias que dictaba Salvador; además de haber presentado la mayoría de los libros de Salvador con su valiosa crítica y extraordinaria visión o punto de vista del significado de su obra.

Yo no tengo más que buenos y maravillosos recuerdos de la amistad que me ha brindado Anamari en todos estos años y hoy que tanto valoro su amistad y tanto bien me hace verla, estoy muy triste, porque sí… me porté muy mal a mediados del pasado diciembre al olvidar mi cita con ella para comer en un restaurante y dejarla plantada; acto, para mí, imperdonable, seguramente producto de mi senilidad, un olvido y descuido atroz a tan fina amiga y a quién por este medio le suplico e imploro me perdone.

***Fotografía: La escritora Anamari Gomís, en 1970. (CORTESÍA PAULINA LAVISTA)

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