“Si hubiera sabido que la playa estaba así, habría cancelado este viaje”. Me lo dijo ayer una turista estadounidense en Quintana Roo. Y sí, es desolador recorrer la que es considerada una de las costas más hermosas del mundo entre montañas de sargazo. El azul turquesa ahora es café y la brisa del mar está impregnada de un olor muy desagradable. Preocupa pensar que, como ella, millones de personas estén considerando otros destinos para su próximo viaje.

Las autoridades no pueden decirse sorprendidas. Ya sabían que esta temporada volverían a enfrentarse al problema. Ya saben también que lo que hicieron el año pasado no funcionó. Las barreras que colocaron en el mar para evitar la llegada del sargazo a la playa lo frenaron solo temporalmente. El ciclo tendría que haberse completado con barcos que retiraran el alga acumulada en las vallas, la compactaran y trasladaran a depósitos adecuados, que por cierto no existen. En 2018 se destinaron, entre recursos federales, estatales y municipales, más de 300 millones de pesos para atender el fenómeno. Considerando los resultados, su aplicación fue poco eficiente y tan turbia como el agua que se ve hoy en toda la franja costera.

¿Cuánto cuesta proteger a la playa del sargazo? Depende de quién ejerza los recursos. Un ejemplo concreto: un hotel gastó dos millones de pesos en un año para 600 metros de litoral. Un municipio pagó 30 millones en ese mismo lapso para 1.8 kilómetros. Por eso es tan importante que exista una supervisión cuidadosa del uso del dinero. Semarnat y el gobierno de Quintana Roo han estimado que se requieren poco más de 720 millones de pesos para atender la problemática del sargazo. Si no se aplican eficientemente o se desvían para enriquecer a unos cuantos, estaremos ante una tragedia ecológica. Con lo que el turismo representa para Quintana Roo, estaremos también ante una tragedia económica y social.

No solo se requiere de mucho dinero, es también indispensable que exista una buena coordinación. La sociedad civil ha demostrado lo que puede lograrse cuando esta existe. Entre vecinos, hoteleros, académicos y prestadores de servicios turísticos conformaron el Protocolo Puerto Morelos para enfrentar este reto. Han probado diferentes tipos de barreras para contener la llegada de sargazo a la costa hasta encontrar la más eficiente. Han experimentado con barcos de distintas dimensiones para encontrar el mejor para retirarlo. Comparten un objetivo y trabajan juntos para alcanzarlo. En las zonas en las que no puede entrar maquinaria, voluntarios se suman a los trabajadores municipales para retirar el alga húmeda y pesada. Con palas, carretillas y mucha fuerza pasan horas bajo el rayo del sol. Parecen rebasados, pero no se detienen. Saben que rendirse ante el sargazo es olvidarse del paraíso en el que han vivido y perder su fuente de sustento.

Huerfanito. “Las acciones que tomemos en los próximos cinco años, van a definir cómo se verá el Caribe en los siguientes 150.” Brigitta Van Tussenbroek, investigadora del Instituto de Ciencias Del Mar y Limnología de la UNAM.

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