Últimas instrucciones de mamá

Mónica Lavín

Para Élmer Mendoza

Disponer de las cosas de los demás es un acto insolente. Y con la muerte no hay más remedio que despellejar de su rutina lo que aún respira en los clósets. Violentar el orden de los cajones, hurgar, vaciar. Escuchar la historia de las prendas, el lugar donde fueron compradas, las ocasiones en que lucieron, lo gastado de algunos cuellos, la etiqueta reciente de la tintorería engrapada. Disponer de ellas sin instrucciones previas es una altanería. Todo ello tal vez es una forma desesperada de enfrentar esa línea tenue, aún tibia, entre la vida y la muerte. Mamá, como es propio de las madres, daba instrucciones. Dio algunas para cuando ella ya no estuviera: sobre todo coordenadas que ninguno de sus hijos tomaba muy en serio atajando la posibilidad de que un día ella, celadora del orden y la memoria familiar, ya no estuviera con nosotros. Tenía que legar la custodia de los papeles, que sin ella y sin mi padre, son un tanto inútiles. Fantasmas de una vida que fue y en la que participamos cada uno a nuestra manera. Todos juntos bajo el mismo techo cuando niños y adolescentes.

No dijo qué hacer con ella cuando muriera, por ejemplo. Incinerarla sí, pero y luego, dónde colocar eso que ya no era ella. Uno se queda con preguntas en el aire mientras arrasa con las fundas que protegían sus sacos elegantes, o el abrigo del último viaje a París, encuentra objetos en las bolsas, pocos, porque el orden de mamá hace pensar en la obligación de ordenar los cajones de uno porque alguien habrá de disponer de las cosas que los habitan. (Estoy segura que esa sería una instrucción de mamá: No hay que dejar un desorden a los demás.) Imposible hacer un reclamo así a mamá, que se esmeraba en la colocación exacta de las cosas y tiraba a menudo; le gustaba repetir que Rosario Castellanos había escrito o dicho que en enero hay que entresacar todo lo inútil de los clósets. Por ello el acto de revisión y arrase, de limpia, de ocultamiento de una presencia ha sido más duro: no hay nada inútil guardado, todo estaba siendo usado, o contaba una historia del pasado, o esperaba las vacaciones para volver a habitar la mesa y convocarnos a jugar scrabble, por ejemplo. Debe ser esa la razón por la que no dejó instrucciones o claves para desarmar lo que de vivo aún quedaba en los zapatos y la bolsa de todos los días. Y por la que hemos sentido agredirla mientras ventilamos sus prendas, y decimos que los pants están muy viejos y que los zapatos no nos quedan y vamos llenando cajas con lo que fue mamá todos los días.

Por más que me quejara de adolescente y de joven, me hacen falta sus últimas instrucciones cotidianas: que los fomentos para los ojos es mejor hacerlos con un trozo grande de algodón, que la plata hay que limpiarla de cierta manera y guardarla de esa otra, que no me ponga el pelo detrás de la oreja, que la llave del agua caliente se abre así, que las cortinas se bajan a una hora precisa. Tal vez porque sólo las madres acompañan las sencillas tareas de la vida con sus instrucciones y todo parece tan natural, no apreciamos lo que esas frases tejen en nuestro día a día.

Toparme con el legajo de los artículos que en este diario escribo y que ella leía y recortaba con puntualidad, me produjo una ternura infinita. Desprenderme de ellos, ahora que lo virtual permite conservarlos, fue decirle adiós a mi lectora más fiel, a la que me llamaba cada sábado quincenal. No importaba que la mácula le dificultara la vista y usara aquella gran lupa para descifrar las letras. Para la falta del acto generoso e incondicional de su compañía lectora (de su acompañar mi vida), no dejó instrucciones.

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