Se encuentra usted aquí

Treinta y dos años después

30/09/2017
01:54
-A +A

El 19 de septiembre, como todos los años, hago una pausa a las 7:19 am. Esta vez lo escribí en Twitter: “Hoy hace 32 años tembló. Llevo la cicatriz del sismo del 85 y sus muertos son mi duelo.” Entonces vivía en la colonia Juárez y fui testigo de la destrucción, el miedo, la vulnerabilidad. Mi hija Emilia nació nueve días después. Lo he contado cada año, y le he dedicado una crónica larga y personal aún inédita. El temblor de este año abre la cicatriz, muestra sus escombros arrumbados, la fragilidad y el asombro por los que con valor y compromiso actuaron para hacer del dolor un refugio de esperanza. Ayer como hoy creemos en nosotros, en nuestra capacidad de pensar en el otro y ayudarle. Eso nos devuelve la dignidad perdida, eso nos revela que los jóvenes no son una comunidad apática, sino sedienta de participar en un país que les dé cabida y respeto.

Mi hija, nacida en el temblor, resultó la más afectada en la zona de la colonia del Valle donde vive. Su deseo primero fue ayudar físicamente como si pasar las cubetas cargadas de losa abriera un camino de luz a quienes estaban atrapados, como si el dolor en los brazos aminorara el peso de la desgracia. Quizás reconociendo que todos, ella y yo, estamos atrapadas en ese sismo del 85 que nos marcó, aún ella sin nacer porque, como me cuenta, cada año escuchó el recuento dos veces: el propio 19 y el 28. Y si conjugo en pasado es porque este año cambia además la dimensión de ese recuento escuchado que hoy le pertenece en carne propia (como a todos los que no vivieron el 85 en la zona de desastre). La narrativa ahora será otra y mi crónica requerirá de una nueva conversación que tenemos pendiente.

Mi otra hija insiste en que tengamos preparado el maletín con lo que aconsejan los medios. Ella ya lo tiene junto a la puerta, le falta comprar el radio y las pilas, y lo usó en la alerta sísmica del pasado 23 de septiembre. No lo he hecho, me siento irresponsable pero recuerdo, y le cuento, que lo preparamos poco después del que nos expulsó de nuestro departamento en la calle de Versalles. Treinta y dos años después lo habíamos olvidado. En cambio, le digo y le aconsejo, lo que siempre he hecho es dejar las llaves metidas en la cerradura, no arriesgarme como en el 85 a no poder introducirlas mientras el edificio se bambolea.

Las alertas, los simulacros, nuestras reacciones y los no desastres (particularmente en la capital) nos bajaron la guardia. La lección (una de tantas que nos faltan por aprender) es que no importan los avances tecnológicos, en un sismo donde se va la luz y se caen las redes o son intermitentes, es necesario el radio de pilas, a la antigüita, para estar enterados. Entre lo mucho que escribió el investigador Cinna Lomnitz, aseguraba que lo único preventivo en los impredecibles sismos es la forma en que se construye. Treinta y dos años después hay evidencias de nuestro peor mal: la corrupción. Y ante ello, condenamos la desvergüenza y el abuso que llevan a la muerte.

El día después del temblor me hicieron llorar las legiones de jóvenes en bicicleta y caminando hacia lugares de acopio, zonas de desastre, un punto de reunión real y vivificador de su pertenencia. Luis David Palomino acababa de presentar su estupendo documental en homenaje a Ana y José Benítez, su madre y tío, en el Claustro de Sor Juana una semana antes. Me escribe en estos días: “Yo reviví el inconsciente, tenía un año cuando el 85. Ahora me tocó ser un hombre adulto; ayudar, cargar, sentir compasión. No dejo de sentirme afectado, intento vivirlo con pasos, acciones y dejar el corazón sentir el tumulto colectivo cuando las ranas se sincronizan al croar.”

Le pedí sus palabras para usarlas como adhesivo, para juntar las partes, la herida abierta del terror anterior con el reciente: un ungüento necesario para la cicatriz que será de todos, los de antes, los de ahora y que año con año volverá a llorar sus pérdidas y mostrará ese coro de voluntades croando desde el corazón y con sus actos por un México mejor.

Mónica Lavín (DF, 1955) es autora de novelas, cuentos y crónicas. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, Narrativa de Colima por Café cortado y Premio Iberoamericano de Novela Elena...

TEMAS

Más sobre el autor

Comentarios

MÁS EN OPINIÓN

NOTICIAS DEL DÍA