Los jóvenes de Parkland

Mónica Lavín

El agua no se puede estar quieta, y un día rebasa su nivel y se desborda. Puede tomar tiempo, de hecho, tomó mucho tiempo en que hubiera una reacción colectiva en contra de los tiroteos escolares. Fueron las diecisiete muertes gratuitas en la escuela Marjory Stoneman Douglas en Parkland, Florida, bajo la ráfaga del ex estudiante Nikolas Cruz, las que cimbraron a una comunidad escolar y con ello a la sociedad estadounidense. Masacre escolar tras masacre escolar, la discusión sobre la facilidad para obtener armas en Estados Unidos salía a colación, pero también se apagaba ante la airosa defensa al derecho de portarlas, no sólo de Asociación Nacional del Rifle (NRA) sino de un amplio sector que las apapacha como extensión de sus personas. Ni el documental de Michael Moore después del doloroso tiroteo Columbine, con la audaz manera de obtener los argumentos de quienes defienden la posesión de armas, logró trastocar las leyes para venta y posesión de armas. Los jóvenes en cambio, agredidos por la muerte de sus compañeros y maestros, vulnerables y temerosos, indignados porque su vida llevará siempre la huella del 14 de febrero como una fecha infausta, han hecho del agravio una causa. Emulando los diecisete cuerpos caídos, y con la consigna #Neveragain, se tiraron frente al parlamento de su estado. La atención del mundo pasó de la dolorosa noticia, a la admiración por la acción emprendida. Ostentando su juventud, sus miradas limpias, nos recordaron que los sueños estaban por inventarse, que la vida que querían era un proyecto en ciernes, que el futuro existe y que no hay derecho a que la irracionalidad de una ráfaga de metralla lo borre por siempre dejando un boquete que se extiende a las aulas, las familias, el barrio, la nación y la conciencia.

Ellos han zarandeado a su impresentable presidente que ha tenido que reaccionar y ha balbuceado soluciones de su estilo: en lugar de legislar sobre la compra y portación de armas, armar a los maestros (¿y a los bibliotecarios, personal administrativo, de la cafetería, intendencia?). Pareciera querer convertir los centros de educación en campos de batalla, en espacios de fuego cruzado, donde el profesor (o profesora) no sólo tendrá que prepararse como divulgador del conocimiento y cómplice del aprendizaje sino como soldado o superhéroe, donde llegado el momento sabrá dar en el blanco del agresor sin lastimar a ninguno de los jóvenes presentes. La pura propuesta se desbarranca por absurda. Armas para responder a las armas. Pero ya algunas empresas están reaccionando y, o limitan la venda de armas a menores de 21 años (¡que podían comprar armas pero no beber alcohol!), o retiran de sus anaqueles los rifles AR-15 que han sido utilizados en varios de los tiroteos. Sea como sea ya no será tan sencillo pasear por los pasillos de un supermercado y pagar en la caja armas, municiones y 250g de jamón. Pero más allá de esta loable exigencia de los jóvenes de Parkland, Florida, y el cuestionamiento sobre la posesión de armas, de los simulacros que se practican en algunas escuelas, en el aire flota la siniestra inquietud. ¿Por qué alguien cercano o de la misma comunidad escolar mata a inocentes? El terrorismo interno, el enemigo en casa, es más perturbador que el que viene del exterior y tiene un propósito explícito por más irracional que este sea.

Matar por matar, pasar a la fama por semejante vileza, tener el poder en las manos mientras dura el repiqueteo de la metralla es una enfermedad social difícil de entender, prevenir y menos erradicar. Además de legislar sobre armas, habrá que reconocer la enfermedad y tratarla. Hace algunos años cuando Léala, la feria del libro que la Universidad de Guadalajara, se extendió a Los Ángeles, nos llevaban a los autores a platicar con los alumnos en escuelas. Cuando llegamos a la de Santa Mónica, donde habían leído mi libro La más faulera, los alrededores estaban acordonados y era imposible entrar. Más tarde supimos que ante la sospecha de un sujeto extraño entrando en la escuela, todos estaban atrincherados en sus aulas y con el pecho en el suelo. Tuvieron miedo y yo también. Ese miedo corroe y abona para que surjan asesinos que compran armas en el súper y se vuelven “alguien” en la oscuridad de un éxito perverso.

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