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El reclamode la imaginación

16/02/2019
01:51
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Me ha tocado estar en escuelas frente a chicos de secundaria que han leído alguno de mis libros (lo cual es una experiencia refrescante) y muchas de las preguntas giran alrededor de ¿A usted le pasó esto?, ¿fulanito existió?, ¿esto es real? Escribo realismo en su mayor parte, uno que otro cuento se ha colado reclamando su posibilidad de existir en un mundo con otras reglas (que se me antoja visitar más en tiempos de abrumadora carga de información…), pero no pretendo documentar la realidad. Me cuesta trabajo contestarles con precisión, que si algunas cosas están basadas en experiencias personales, asuntos que me han motivado a hacer las preguntas que me contesto con la escritura; les cuento que en La más faulera (que para mi sorpresa siguen leyendo las generaciones post millenial) pretendía responderme qué hubiera pasado si entro al baño del gimnasio donde estaban esperando para golpearme después de que le tiré un diente (sin querer, aunque no me crean) a la contrincante, saltando en un dos en la cancha de básquet. Sí, yo era la más faulera, les tengo que contestar pero después la cosa se complica, que si existió Manuel el bato, pues había varios norteños que jugaban, pero yo no soy Andrea ni su familia es la mía ni lo que allí cuento me ocurrió en la secundaria, fue en la universidad, en la UAM, oigan, se trata de imaginar. Pero no los dejo satisfechos, me quieren rastrear a mí, quizás entender el proceso que hace de la vida privada, de la experiencia personal, un libro que navega solo. De la mujer de carne y hueso a la mujer de palabras. Entonces defiendo el papel de la imaginación, ese artilugio que de niños tenemos a flor de piel, que esgrimimos para relacionarnos con el mundo jugando, dibujando, con lecturas, en canciones, aserrín aserrán (…) se le atoró un hueso en el pescuezo, y los niños pequeños se ríen. (Que mi pobre conocimiento didáctico no me haga una abuela responsable de la crianza de mi nieto, porque mi hija trabaja —y yo también—… Otra vez la realidad que es preciso tener a raya, que no le gane terreno a los libros por leer, que no sólo son de historia para estar enterados, leer para imaginar, para que reconozcamos nuestra capacidad de ver y oír, palpar, probar, sentir, pensar cuando desciframos el código que las palabras engarzadas proponen). Entonces les cuento que los libros son para ser y vivir más de lo que podemos y somos, que nos multiplican, nos dan más vidas que un gato y todo porque nos provocan la imaginación. Y vuelvo a mi Robinson Crusoe, esa novela que me tomó para sí en mi cama de nueve años y me mostró, en aquellos meses de hepatitis, que yo era un náufrago y tenía sed, hambre, deseo de ser salvada y tener amigos. Imaginarme el naufragio era posible gracias a que un escritor había usado las palabras para persuadirme de una realidad que, aunque no era la mía, se volvía mía. ¿Qué tan real era? ¿Le había pasado eso a Daniel Defoe? Entonces ni siquiera me preguntaba de dónde salían las historias. He leído que tal vez el náufrago o alguien le contó su historia en alguno de sus encarcelamientos como periodista. Es cierto, de algún lado sale aquello que nos inquieta y que queremos vivir en palabras, indagar, explorar y darle una altura estética. Seguramente si Defoe viviera, yo querría saber si él había sido el náufrago, y seguramente él diría (aunque los escritores somos mentirosos) que estaba basada en lo que le ocurrió al marinero Alexander Selkirk, que pasó cuatro años en una isla del archipiélago Juan Fernández en Chile, pero que el hambre, la sed, el miedo, el paisaje, el ansia de supervivencia, la felicidad de la amistad, todo ello, era imaginado. Porque la imaginación es poderosa y es real; es ese abrevadero inacabable que nos permite leer y escribir y hacer la vida más llevadera.

En tiempos de hiper documentación de la realidad, donde inclusive la llamada autoficción, en que el autor está presente en su texto y hace alarde de la realidad “real” y la difusa línea entre la experiencia de vida y el artificio llamado novela, la imaginación está reclamando su papel en la cancha. No hay que dejarla fuera.

Mónica Lavín (DF, 1955) es autora de novelas, cuentos y crónicas. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, Narrativa de Colima por Café cortado y Premio Iberoamericano de Novela Elena...

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