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Cómo me fue en la Feria: la experiencia FIL

Mónica Lavín

Me parece desafortunado que la desafortunada frase de Paco Ignacio Taibo II tiñera el aire de la FIL Guadalajara y que su poder en la memoria, de quienes fuimos, y en el conocimiento, de quien no ha ido a la FIL Guadalajara, prevalezca sobre el magno esfuerzo del equipo que la dirige y la experiencia colectiva e individual de semejante empresa cultural.

Tanta alaraca, tanta transformación, tanta toma de gobierno, tanto puertas de los Pinos abiertas, tanta polarización estaban secuestrando lo que puedo contar de FIL este año. Cada quien habla de cómo le fue en la feria, dice el dicho, y es cierto; sobre lo que este año se pudo ver y oír en la última semana de noviembre en la solariega Guadalajara (que a media semana traicionó la lluvia fría…) baste el programa y las notas de prensa. Lo interesante de FIL Guadalajara, entre otras cosas, es lo que a cada uno ocurre, porque la singularidad de esta reunión de escritores, editores, lectores, promotores es que —como dice mi amigo J.J. Armas Marcelo— la feria sobre todo pasa en los desayunos, en las comidas, entre tragos o cafés, cuando se arman proyectos, se cultivan ideas, se desempolvan escrituras, se contagian descubrimientos, libros que hay que leer, se sellan e inauguran amistades.

En la experiencia FIL de este año me resultó muy grata la idea de incorporar Libros al gusto, donde las charlas, en un auditorio íntimo, giraron en torno a la gastronomía: la cultura del comer que va reconociéndose más allá de los recetarios. Es una revelación entre líneas de los rituales de la convivencia de mesa, que en México nació masiva con el programa de TV de Chepina y su cocina. Ahora hay en FIL un apartado sabroso con la oferta de libros gastronómicos, de todo tipo. Casi un oasis en el trajín, entre el elegante stand de Portugal (un poco de saudade también en el aire) y los corredores bulliciosos por las editoriales de México y el mundo. Allí me tocó hablar de la cocina en tiempos de Sor Juana y toparme con verdaderos eruditos en historia de la cocina. Yo sólo soy una curiosa.

Si aquí toco la memoria reciente, es porque también acompañamos Gonzalo Celorio, Alberto Ruy Sánchez y yo a J.J. Armas Marcelo, escritor canario, promotor de los lazos literarios hispanoamericanos, sabio conversador, autor de novelas premiadas y conductor durante mucho tiempo de entrevistas a escritores, en la presentación del primer tomo de sus memoria: Ni para el amor ni para el olvido, publicadas por la editorial Renacimiento, afincada en Sevilla, y reconocida por su colección alrededor de la guerra civil. La palabra sin duda es lo único que evita la erosión del tiempo, la palabra inventa, pero Juancho (como le decimos) recuerda con precisión esos años del 68 al 79, los años de la libertad secuestrada por el franquismo, los años del boom latinoamericano, la juventud hermanada con los afanes libertarios del mundo. Este primer tomo de sus memorias que empieza con el arresto domiciliario en Gran Canaria por haber publicado a José Valente que escribió un cuento “incómodo” al dictador, y termina con el júbilo por la muerte de Franco, pasando por el I Congreso de Escritores en Lengua Española en Canarias en 1979, al que asistieron Rulfo y Onetti y que puso en evidencia el oficialismo cultural cubano, recorre un trozo de la historia literaria hispanoamericano, la vida de un joven buscando una voz, los tientos y la sabiduría de la escritura, las lecturas, las ciudades como Madrid, los amores y amoríos, los temas que han nutrido sus novelas. Con una voz franca y desparpajada, ilustrado y sincero, el recorrido por su vida nos revela el tema al que le rinde homenaje: la amistad, la lealtad por encima de todo, por eso se lo dedica a su siempre presente librero, editor y escritor José Esteban (quien será tema de otra columna).

A tono con la memoria, Rafael Pérez Gay con su cálido humor y yo compartimos la charla sobre cuento para acompañar nuestras antologías personales: Arde, memoria, la suya, y A qué volver, la mía, publicadas por Tusquets. Entre los retruécanos del tiempo acumulado en nuestros libros (30 años de publicar cuento), le recordé que yo lo conocí con un libro que gocé mucho: Llamadas nocturnas.

La palabra es el único antídoto contra la erosión del tiempo, por eso FIL Guadalajara es un paradero indispensable para recordárnoslo y ensanchar el inacabado horizonte de la libertad de las ideas y la imaginación.

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