Videgaray cabildea acuerdo final en TLCAN

Mario Maldonado

Tras ocho meses, nueve rondas técnicas y varias amenazas del presidente Donald Trump de pararse de la mesa, la renegociación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) está en su fase final, que es más bien política. México, Estados Unidos y Canadá están cerca de dirimir sus diferencias en los temas espinosos, como la regla de origen en el sector automotriz, la cláusula sunset, los paneles de solución de controversias y la temporalidad de productos agropecuarios, pero hay un gran problema: los tres gobiernos quieren colgarse la medalla; quieren convertirlo en un triunfo político.

El caso de Estados Unidos y México es el más interesante, pues ambos países tienen elecciones este año. El acuerdo político lo está negociando el canciller Luis Videgaray con Jared Kushner, su eslabón con los principales funcionarios de la Casa Blanca y con el propio Donald Trump. En el otro frente, el técnico, se mantiene el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, quien no está contento con el poder que ha tomado el secretario de Relaciones Exteriores en las negociaciones, pues lo ha puesto entre la espada y la pared: por una lado, tiene la presión de los empresarios y los representes de las industrias más vulnerables; y por el otro, la urgencia de llegar a un “buen acuerdo” antes de las elecciones de julio, uno que pueda considerarse un triunfo político del presidente Enrique Peña Nieto.

Fiel a su estilo, Donald Trump ha llevado al límite las negociaciones en esta última fase. Quiere ganar por partida doble. Está presionando a México para que flexibilice aún más su postura en las reglas de origen para el sector automotriz y la revisión de las cláusulas del acuerdo cada cinco años, argumentando que, de otra forma, el Senado de su país no aprobará la modernización del tratado comercial. Si lo logra, evitará hacer uso de una de las estrategias más peligrosas: abandonar el TLCAN y obligar a que el Congreso apruebe el nuevo acuerdo o de plano se queden sin tratado. Es una versión del “tómalo o déjalo”, como calificaron los medios estadounidenses; una “bola rápida” que podría dar al traste con los ocho meses de negociaciones. Por esta razón, ni México ni Canadá la ven bien.

México, sin embargo, no tiene tiempo ni muchos argumentos para negociar. El proceso electoral ha complicado las negociaciones políticas, por lo que el cabildeo de Videgaray se ha centrado en dos puntos: el primero, en hacerle ver al gobierno de Trump que si no se firma un acuerdo inicial antes del 1 de julio, pueden ir echando a la basura todos los capítulos hasta ahora acordados, pues el presidente electo —que muy probablemente no será el candidato del partido en el gobierno— buscará incidir en las modificaciones; y segundo, que no firmarlo pronto aumenta las posibilidades de que Andrés Manuel López Obrador gane la elección, lo cual pondría en riesgo la relación bilateral.

El cálculo del gobierno mexicano es que la firma de un acuerdo inicial con Estados Unidos y Canadá podría ser vendido como un gran triunfo político que impulsaría a su candidato, José Antonio Meade, de cara a la elección del 1 de julio. Los tiempos, empero, son ya muy acotados y parte de la narrativa que se busca construir es que pase lo que pase (refiriéndose al muy probable triunfo de AMLO el 1 de julio) el país está blindado comercialmente y estructuralmente, pues aunado al acuerdo del TLCAN se acaba de firmar la modernización del tratado comercial con la Unión Europa y la integración de México al TTP-11.

Las recientes declaraciones del presidente Peña en su gira por Europa refuerzan dicha estrategia que, más que otra cosa, busca prevenir el desplome de los mercados tras la elección del 1 de julio. “El equilibrio de poderes que hoy tenemos permitirá que más allá de quién resulte y los postulados que cada quien tenga, nos mantengamos en una ruta de crecimiento y desarrollo, a partir del nuevo marco legal y constitucional y a partir de las reformas estructurales”, expuso el mandatario en Holanda.

El tiempo también juega en contra de Estados Unidos. La primera fecha fatal es el 1 de mayo, cuando vence el plazo de gracia que dio el presidente Trump a países como México y Canadá para eximirlos de los aranceles de 25% al acero y 10% al aluminio. La próxima semana el representante comercial de EU, Robert Lighthizer, viajará a China para intentar conciliar posturas y evitar que se desate una guerra comercial.

Clock is ticking.

Meade, ¿solo hasta el final? El miércoles comieron en el Suntory algunos de los estrategas del PRI. Fueron convocados por Rubén Moreira, quien, a nivel base, tiene ya el control de partido. Enrique Ochoa, como se ha visto, está más bien enfocado en tratar de impulsar —con poco éxito— a José Antonio Meade en los debates que organizan los medios de comunicación.

A Moreira lo acompañaron Heriberto Galindo, consejero político de Meade, y Alejandro Quintero, el estratega de imagen y mensaje del presidente Enrique Peña Nieto.

Entre muchos temas de los que hablaron, uno llamó la atención. Moreira jura y perjura que en ninguno de los escenarios del PRI está aliarse con el Frente por México y mucho menos declinar por Ricardo Anaya. No hay forma, dice, que le pidan a las bases del PRI que apoyen al llamado joven maravilla. En todo caso, ven menos peor que gane AMLO.

Así las cosas.

 

Twitter: @MarioMal
Correo: [email protected]

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios