Cómo se pierde una ciudad

Héctor De Mauleón

El día que llegaron los sobres amarillos, los comerciantes se organizaron y lanzaron una alerta para que la SSP y la procuraduría reforzaran la vigilancia, pero todo se mantiene igual

 

La colonia El Retoño, en la delegación Iztapalapa, al oriente de la Ciudad de México, se extiende entre la avenida Río Churubusco y el Eje 6 Sur. Si uno camina por su calle principal, que corre a lo largo de al menos diez cuadras, puede encontrar una larga sucesión de comercios fijos y puestos ambulantes.

Hay tiendas de abarrotes, tlapalerías, tortillerías, farmacias, panaderías, plomerías y recauderías. Hay también un negocio de “renta de sillas, mesas y brincolín” y otro de “uñas de acrílico”, así como una paletería, una pozolería, un café internet, un consultorio médico, un consultorio dental...

De un lado y otro de la calle, anárquicamente, al lado de los comercios establecidos, desfilan puestos ambulantes en los que se venden tacos, alitas, barbacoa y pollos.

Hace unas semanas, los comerciantes de El Retoño encontraron debajo de sus puertas un sobre amarillo en el que constaba:

“Por medio de este comunicado se les informa a todos los comerciantes de la Colonia El Retoño que a partir del día indicado tendrán que dar una cooperación y renta mensual.

“Incluidos locales, puestos y tienditas. Los tenemos checaditos. Cooperen y su tranquilidad será la misma”.

La colonia se formó hace más de medio siglo sobre un conjunto de terrenos irregulares. La formaba un conjunto de casuchas de madera con techos de lámina. “Era casi una ciudad perdida”, relata una vecina.

Un “licenciado” ayudó a que los vecinos regularizaran los terrenos, y los “acomodó”. La colonia se fue formando por medio de la autoconstrucción. A la fecha conserva casas en obra negra, sobre todo en las numerosas cerradas que desembocan en la calle principal.

En los años que siguieron llegaron a vivir también familias de clase media.

Nunca fue una colonia fácil. Sin embargo, los vecinos dicen que de seis años a esta parte el deterioro de las condiciones de seguridad se aceleró. Llegaron las “tienditas” de venta de droga a la vista de todos, y sin que la autoridad hiciera absolutamente nada.

Alrededor de una “tiendita” todo se descompone. Aumentan los asaltos, el robo a transeúntes, el robo de autopartes. Aumenta la violencia.

Hace cosa de año y medio, la Policía Federal realizó un operativo y se llevó al principal surtidor de drogas de El Retoño. No había pasado un año cuando aquel sujeto regresó a la calle. Se rodeó de una docena de adictos violentos, retomó sus viejos contactos (dicen los vecinos que con la gente de Tepito) y, al calor de una impunidad total, puso a su gente a vender droga en plena vía pública.

Los vecinos narran que de jueves a domingo un grupo de jóvenes saca una bocina a la banqueta y pone música a todo volumen. Los jóvenes ingieren alcohol mientras esperan la llegada de sus clientes. La venta de droga se hace a la vista de todos. La bocina suena desde la tarde hasta las horas de la madrugada.

Una camioneta Lobo blanca, tripulada por gente mayor, se estaciona a un lado y vigila que todo vaya en orden.

Vecinos y comerciantes establecidos denunciaron varias veces lo que ocurre en El Retoño. Lo hicieron incluso de manera anónima, a través del 089. No tuvieron, no han tenido respuesta de las autoridades.

La calle, al mismo tiempo, se comenzó a atestar de comercios ambulantes, cuyos propietarios, muchas veces, tienen vínculos familiares y sociales con los personajes que venden la droga.

El día que llegaron los sobres amarillos, los comerciantes se organizaron y lanzaron una alerta para que la Secretaría de Seguridad Pública y la procuraduría capitalina reforzaran la vigilancia. Colocaron mantas en la calle advirtiendo a la delincuencia que la están vigilando.

Pero todo se mantiene igual. Como en muchas otras zonas.

El Retoño es un ejemplo de cómo se va perdiendo una ciudad.
 

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