¡Al diablo con sus utopías!

Guillermo Sheridan

En un editorial en el semanario Proceso del 30 de marzo, el desde 1979 varias veces senador o diputado o asambleísta Pablo Gómez me juzga “reaccionario”. Muchas gracias. La sentencia es honrosa viniendo, como viene, de alguien que está en campaña a favor de Napoleón Gómez Urrutia, de la maestra Elba Esther, de Ricardo Monreal, de Cuauhtémoc Blanco y muchos otros anexos y similares.

Su veredicto obedece a que en estas páginas me he preguntado si la proclama del compañero AMLO, en el sentido de que “ningún joven será rechazado al ingresar a escuelas preparatorias y universidades públicas, es decir, habrá 100% de inscripción” (dice su Proyecto de nación 2018-2024), de hacerse realidad, no incluye intromisión del Ejecutivo en la autonomía de las universidades.

La semana pasada cité a AMLO declarando, en charla con los periodistas de Milenio, que el examen de admisión a la UNAM es una “mentira” y que “no es cierto que no pasen el examen de admisión”. Lo que ocurre es que como no hay presupuesto suficiente, dice AMLO, se inventó lo del examen: es un control de cupo, no de conocimientos. Pero apenas sea Presidente habrá presupuesto, se aumentarán los lugares y entonces “ya no serán necesarios los exámenes de admisión”: todos los que quieran ingresar podrán hacerlo. “Vamos hacia una utopía educativa”, concluyó AMLO.

No soy yo quien trata ese plan de “utopía”, pues, sino AMLO. Pero una “utopía” realizable: basta entregar a las universidades los miles de millones de pesos que hagan falta para que aumenten infraestructura, burocracia administrativa, maestros y trabajadores y ya: los 250 mil estudiantes que anualmente quedan fuera ingresarán a las universidades.

¿Quién podría oponerse a algo tan lindo? Yo no.

Una vez desutopizado el asunto, podría procederse a lo que sigue. Y supongo que lo que sigue sería poner en práctica los objetivos por los que Gómez y otros pedagogos de renombre combaten desde hace mucho. En 1999, por ejemplo, el diputado Gómez presentó una Iniciativa de Ley de la UNAM que disponía la erradicación de su Ley Orgánica y ordenaba substituir a la Junta de Gobierno por “procedimientos democráticos en la toma de las decisiones”.

La Ley Gómez disponía luego —claro, sin averiar desde el Poder Legislativo la autonomía de la UNAM— que la Universidad “deberá organizarse democráticamente como lo estime conveniente” (siempre y cuando estimara conveniente ser “democrática”, si no, no).

Esa Ley para la UNAM acataba a fondo la Declaración de Principios, Programa de Acción y Estatutos del Partido Comunista Mexicano (PCM) de 1979 —en cuya redacción colaboró Gómez— que pregonaba conseguir “la democratización de la dirección de los centros de estudios superiores y del contenido de la enseñanza que en ellos se imparte”. Esta decisión del PCM (que tampoco averiaba la autonomía universitaria), ¿tenía como objeto mejorar la enseñanza y aumentar la matrícula?

Si contestó usted que SÍ, me temo que falló su examen de admisión.

No, el objeto era que gracias “a la radicalización” de estudiantes, maestros y empleados, “la Universidad representa el eslabón más débil de la escuela burguesa” y que, por tanto, “se convierten en centros de acción política contra los métodos opresivos del Estado a través de la lucha de los universitarios contra las formas autoritarias de gobierno vigentes, y por esos medios pasan a ocupar un importante lugar en el movimiento político de masas”.

Los estudiantes fueron proclamados así “un nuevo contingente de la lucha revolucionaria”, el idóneo para oponerse a la idea “burguesa” de la educación y a la “tendencia deshumanizante del capitalismo que trata de convertir a los jóvenes técnicos y profesionales en sus auxiliares serviles”, lo que propicia sus “tendencias hacia el socialismo”, que serán muy útiles cuando se conviertan en parte de la “gran alianza del proletariado y los campesinos”. Etcétera.

Los afanes por convertir ese Programa en hechos le dieron a la UNAM, y a otras universidades, huelgas y líos encantadores. No sirvieron de nada, pero fortalecieron la utopía.

Lo bueno es que, por fin, con AMLO como presidente y Gómez de nuevo como diputado o senador, habrá dejado de ser utopía. ¿Por qué?, pues porque con ellos en el poder ya no habrá “métodos opresivos del Estado” ni “formas autoritarias de gobierno vigente”.

Ni mucho menos —espero— “tendencias deshumanizantes del capitalismo”...

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