El eclipse como control social

Guillermo Sheridan

Abundan las novelas y relatos y películas en las que, ante una situación extrema (por ejemplo: que van a ser sacrificados con tecnología de punta), los protagonistas milagrosamente recuerdan haber leído en un almanaque que justo a la hora en que van a despacharlos va a haber un eclipse y entonces proclaman que van a ordenarle al Sol o a la Luna que se apague, que la noche desplace al día, que haya gran crujir de dientes y que se mueran todos y a la chingada.

Los “salvajes”, o ignorantes, o ingenuos (o alguna combinación de entre esas tres virtudes) solían atermorizarse un poco, crédulos y supersticiosos, hasta que miraban a su líder imponerse con una risita irónica que inmediatamente les reforzaba la seguridad en sí mismos. Entonces, el “civilizado”, deseando no haberse equivocado de día, levantaba los brazos dramáticamente a la hora adecuada y con voz tonante y mirada feroz, daba al Sol o a la Luna la orden de apagarse y listo: lo hacían dios, o líder o jefe de partido político.

El inventor del imperialismo por eclipse lo inventó Cristóbal Colón en 1504 en Jamaica, cuando tuvo la buena fortuna de poder amenazar a los naturales con un eclipse de luna (que anticipaba el oportuno almanaque que traía a la mano) si no le seguían trayendo comida gratis. Los jamaiquinos dijeron “éjele” pero cuando vino el eclipse, como escribió el junior Ferdinandito Colón, “con grandes alaridos y lamentaciones trajeron entonces muchas viandas suplicando al Almirante que le pidiera a Dios que se dejase de jodederas” (traducción libre de Wikipedia).

No sé si el genial Rider Haggard —cuya gran novela mexicana, La hija de Moctezuma se lee tan poco— haya sido el primero, en Las minas del rey Salomón (1885), en usar narrativamente al eclipse como método de control social. Pero quien mejor lo hizo, me parece, fue Mark Twain, quien, en su muy divertida novela Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889) imaginó a Hank Morgan, un gringo que amanece en Camelot cuando el rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda y eso.

La idea de saber más que todos y conocer de ciencias le extrae al yanqui lo peor de su instintivo imperialismo: como tecnología es poder, la usará para convertir a la Edad Media en una edad “civilizada”. Pero claro, no tarda en aparecer su antagonista, el sabio Merlín que, viendo amenazado su monopolio sobre los poderes secretos, organiza velozmente que el yanqui sea declarado persona non grata y se le condene a la pública hoguera.

Y claro, el día de la ejecución coincide con el día del eclipse cuya fecha y hora, felizmente, Morgan recordaba a la perfección. Atado a la estaca y con el fuego en los aparejos, el yanqui cumple con la rutinaria amenaza de apagar al Sol. Hay risitas nerviosas que se desvanecen con la creciente oscuridad y cuando todo mundo está bien espantado el yanqui grita que “¡Si alguien se mueve lo destruiré con un relámpago!”

Arturo en la penumbra, aterrado, le ofrece al yanqui lo que quiera, aun la mitad de su reino, si manda arreglar la luz. El yanqui grita entonces que depende de que Arturo lo nombre ministro a perpetuidad y le pague una cierta cantidad de efectivo. Y claro, el rey acepta y el pueblo comienza a llamarlo “El Patrón” (cualquier semejanza con Trump es mera etcétera).

Famosamente, el Augusto Monterroso parodió la estratagema en su relato “El eclipse”. En la selva guatemalteca, el fraile Bartolomé Arrazola, capturado por los naturales, se resigna a ser sacrificado en un altar maya. Y entonces se acuerda de que ese día hay eclipse y les advierte a los indígenas: “Si me matáis, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura”. Los indígenas se le quedan mirando con cierta incredulidad y…

“Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado)”. Y mientras tanto, claro, un indígena recita de memoria las fechas de los futuros eclipses que “los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices”.

Y el primero de julio de 2018… ¿habrá eclipse?

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