Perdido en las vacaciones

Guillermo Sheridan

La niñez del hijito —a quien le encanta sentirse documental de National Geographic— nos obliga a ir de vacaciones a la playa. No las tengo en mucha estima a las vacaciones, y mucho menos a la playa. Son una afrentosa irrupción en la rutina que, si no es necesariamente amada, sí es hospitalaria, segura, obviamente predecible y, lo más importante, está decididamente ayuna de arena, de gentío, de sol y de agua salada tibia.

Las vacaciones son como una terapia de choque contra la inmovilidad, ese paraíso tropical de los neuróticos. “Vacacionar” viene de vacare/vacatio, que por un lado significa “descanso”, pero también significa quedar vacío, vaciarse, ahuecarse de trabajo: el infierno de los obsesionados laborales. ¿Por qué hay que pagar para someterse a esa tortura? (Y luego enterarse de que los empleados reciben 90 pesos por ocho horas de trabajo, y dependen más bien de las propinas: los huéspedes subsidiamos así al dueño explotador.)

Recuerdo que en À rebours —la antes semisecreta novela de Joris-Karl Huysmans que circulaba en español con diversos títulos: Al revés o Contranatura (que llevaba un buen prólogo de Cabrera Infante)—, en fin, digo que recuerdo que en esa novela a la que no he regresado en años (aunque la estudié muy seriamente de muchacho, porque se cruzaba con asuntos del modernismo poético hispanoamericano; porque aparecía en ella una versión de la tortuga cuyo caparazón ha sido enjoyado por el esteta para que sus lentos paseos por la casa generen fulgores inesperados); en fin de nuevo, digo que recuerdo que en esa novela (aunque en realidad es, quizás, la primera “antinovela” francesa de las muchas que, ya en el siglo XX, habrían de momificarnos de tedio); en fin, encore une fois… ¿A dónde iba?

Es imposible concentrarse junto a la alberca bullanguera: un niño espantoso, atareado en una pataleta histérica de alto decibelaje, en el colmo de la crisis existencial, le aventó un vaso lleno de pepinos a su madre —una gorda macabra envuelta en licra— con tan mala puntería que uno de los pepinos aterrizó en mi laptop. En la tumbona vecina, un caballero de vientre abultado se unta profusamente un aceite cuyo perfume me lacera el bulbo raquídeo. Más allá, los encargados de la “animación” han juzgado que el pueblo unido ansía escuchar una “canción” entusiasta de inspiración tropical en la que un vocalista erecto manifiesta su anhelo profundo de penetrar a la señorita equis. (La mezcla de mexicanidad con bocina es la definición sucinta del infierno.) Una dama neumática se menea ostentanto su “tanga”, que es como se llaman los anteojos que se ponen sobre los ojos de las nalgas, bulbos encuerados que miran para todas partes, gelatinosamente buscando aprobación. El sol es inclemente, el ruido es criminal, los perfumes vuelan como navajazos, decenas de niños se mean ya en la alberca, ya en la palmera más cercana a su corazón.

¿A dónde iba? Ah, sí, a la novela de Huysmans. Su personaje, el maniaco-depresivo hiperesteta que se llama Des Esseintes (seguramente escribo mal el nombre), se ha inventado una manera peculiar de salir de vacaciones sin dejar su casa, obviamente retirada del mundo y de los horribles humanos que lo atiborran. En un cuarto determinado ha mandado construir un camarote que llena de mobiliario marítimo adecuado, sextantes y todo; hace instalar una claraboya de latón por la que se asoma para mirar una pintura llena de olas y horizontes (¿o era un acuario?); incluso ha mandado poner por ahí, escondido, un calabrote rescatado de un barco ebrio, para que su reconcentrado olor a corcho y a brea, a percebes y salmuera, lo ayude a viajar imaginariamente a puertos lejanísimos. Y ahí, instalado en su camarote, en su viaje inmóvil, Des Esseintes lee la misteriosa Narración de Arthur Gordon Pym que escribió otro viajero imaginario, Edgar Allan Poe, a quien tanto amaban los franceses finiseculares tan llenos de ennui, inflados de spleen y ahitos de opio.

Y casi me he ido con ellos a la Antártica, navegando entre el sopor de la cerveza y el calor inhumano, en una duermevela hipnotizada, cuando de pronto reparo en que el niño lanzapepinos tiene un parecido inverosímil con Peña Nieto. Y que su madre macabra es como Fidel Velázquez, pero con refajo verde. Y el gordo que se unta aceite perfumado es idéntico a Romero Deschamps. Y la dama con la tanga se parece a Rosario Robles, y...

Ya por favor. Rutina, rutina mía, ¿por qué me has abandonado?

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