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Escenarios para los adversarios

09/07/2019
02:44
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La palabra “adversario” (que el diccionario define como “persona contraria o enemiga”) es muy cercana al Presidente o, por lo menos, a su boca. La emplea cada vez más en los abundantes rituales que oficia cotidianamente ante su grey.

Googlear su apellido junto a la frase “mis adversarios” arroja unos 40 mil resultados. Más que usar la palabra, la esgrime, a veces entre una espesa ristra de insultos. (Ya Gabriel Zaid inventarió sus “adjetivos, apodos y latigazos de lexicógrafo” en “AMLO, poeta del insulto”.)

La obsesión con el “adversario” es, obviamente, una estrategia política redituable: mientras más cerca del autoritarismo está un mandamás, más son los “adversarios” sus catalizadores funcionales, pues sirven para extremar una identidad grupal que, como todas, propende a la beligerancia adversativa (y más cuando hay “apoyos” de por medio).

Más allá del uso político obvio, es interesante en el caso de este hombre íntimamente movido por la idea de la redención —como buen cristiano evangélico— que mira, en quienes osan discrepar de él, obstáculos no sólo contra la suya, sino contra la de la patria pecadora que el redentor ha decidido encarnar.

El asunto no es menos intrigante en el registro secular. El concepto ejecutivo “adversario” agravia el carácter individual del ciudadano que osa criticar a la autoridad. Cuando un crítico es catalogado como “adversario” se pone en duda su lealtad a la patria y hasta su ciudadanía. Se entiende, claro, que un candidato se refiera a sus contrincantes como “adversarios” —es el principio de la “democracia adversativa”— pero ya triunfal e investido de autoridad no puede seguir tratándolos así sin averiar moralmente la causa colectiva (no se diga la suya personal). Y que el Presidente aclare “son adversarios, no enemigos” es ya tan irrelevante como la frase “con todo respeto”, que ha convertido en sinónimo de ironía.

En teoría, supongo, un presidente no puede tener adversarios internos a menos que se declaren en rebeldía contra el Estado. Fuera de eso, los adversarios sólo pueden ser foráneos. Si declara adversarios a los críticos inhibe la crítica y se empobrecen él y el Estado, que necesitan la crítica. Una mente simple termina por mirar a sus críticos como adversarios, y a éstos como la representación del mal que necesita su pasión personal; un político complejo busca complacer a la mayor cantidad de votantes, pero a la vez disminuir la cantidad de adversarios. Y me parece que cuando la mente simple descarta la segunda opción y prefiere exacerbarla, se aparta del interés político y se acerca al autoritarismo...

Un ciudadano no puede ser tratado de “adversario” por aquel a quien le entrega sus impuestos. Puede ser adverso su pensamiento, pero no adversaria su persona. Si todos estamos bajo su protección, asumirnos como sus adversarios sería ir contra nosotros mismos. Convertir la pasión privada de un presidente en el ejercicio público de su iracundia no sólo es tonto, sino injusto, pues la multiplica en sus incondicionales y pone en riesgo a quien ose criticarlo. Enfatizar que son “adversarios” es una laboriosa manera de declarar que lo mueven no ideas republicanas, sino una pasión personal; no un interés del Estado sino una pasión egoísta. Una pasión que, además, arrasa con el principio de igualdad ante la ley, pues degrada a sus críticos al rango de los enemigos (de él y, ergo, de la patria).

No es cualquier cosa verse aludido en una mañanera (pues a veces aporta datos para personalizar al “adversario”). El intimidatorio poderoso fija la mirada en la pantalla y suelta la letanía de insultos. Alguien ubica al culpable (últimamente es su nomenklatura “cultural” la que asume este encarguito), da la orden y viene el linchamiento en las redes, pero… ¿y cuando un amoroso decida ir más allá?

La injusticia de ese juicio no es cualquier cosa. Tanto así que existen laudos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que disponen que entre mayor sea la relevancia pública de un personaje —lo que les otorga “un tipo diferente de protección de su reputación o de su honra”— correlativamente “deben tener un umbral mayor de tolerancia ante la crítica”. (Este laudo lo popularizaron mucho los abogados de Carmen Aristegui.)

Es intrigante que una persona tan cristiana y tan proclive a regirse por las “Santas Escrituras”, en las que ubica las normas morales y políticas que rigen su pensamiento y su actuar, desdeñe tan espectacularmente la orden que le dio Jesucristo de amar a sus enemigos y bendecir a quienes lo maltraten (Lucas 6:27, 28).

Pero bueno, no es lo mismo ser “cristiano” que cristiano…

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en especial sobre su poesía. Su trabajo como periodista ha...