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Historias

En la recta final suele aflorar esa necesidad de hacer un recuento de lo que uno fue
10/06/2018
00:13
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Tengo la fortuna de trabajar con personas que me cuentan sus historias para que las escriba y las convierta en su propio libro, en un testimonio de su paso por este mundo. Hay quienes me cuentan sus propias vivencias, o los que me piden escribir sobre sus padres, que ya se fueron, para que, de alguna manera, sus nietos los conozcan.

Algunos de los personajes para los que he puesto en palabras sus memorias son ya mayores, 70, 80 y hasta 90 años. Y no es extraño, en la recta final suele aflorar esa necesidad de hacer un recuento de lo que uno fue, de lo que ha hecho y de los pendientes. Lo que viene a cuento es que entre estos personajes de bagaje amplio y experiencias fantásticas, están los que han hecho ejercicio desde jóvenes y los permanentemente sedentarios, y la vitalidad de unos y otros es diferente en extremo.

El deporte es fundamental para los seres humanos. Y no sólo me lo han platicado, me consta, yo he visto lo mismo gente esplendorosa que deteriorada a la misma edad. La diferencia la hace el ejercicio. Habrá sus excepciones, así como casos incomprensibles de deportistas que intempestivamente caen enfermos o hasta fulminados, pero no son demasiados. Hay quienes se ejercitan desde antaño y pueden correr maratones a los 80 años; los que no, a veces no pueden ni salir a la calle para vitorearlos.  

Es muy revelador reflejarme en las personas a las que entrevisto, honro la historia de cada uno, pues, como decía mi amigo Lalo López (precisamente uno de los que inexplicablemente se nos adelantó): a todos nos toca luchar por algo. Hace unos días fue conmovedor cuando a un hombre también grande se le escurrieron los ojos al recordar la indiferencia y la severidad con que lo trató su padre de niño. Salí de la sesión convencido de no arruinarle la vida a mis hijos por tonterías, por romper un vidrio con la pelota o por ensuciar el sillón. 

Pero, eso sí, después de hablar con otro cliente y amigo, para quien escribo un libro de sus primeros 361 maratones a sus 64 años, decidí que todos los fines de semana los despertaría temprano para que nos acompañaran a su madre y a mí a correr dos vueltas a los Viveros. Ya se quejarán después con su terapeuta o con un contador de historias, pero, mientras, es importante acostumbrarlos.