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"Mi UNAM me entregó el escudo de la probidad"

Por: Irma Cué Sarquís

Nací en Tierra Blanca, Veracruz, cuando su población era menor a 2 mil habitantes, según lo afirma la autoridad censal de la época. Ahí estudié la primaria, y en Orizaba, la secundaria. Mi padre, médico práctico y farmacéutico practicó con títulos expedidos por la Universidad Veracruzana, fiel creyente de la educación, mudó a su familia a la Ciudad de México, donde los mayores pudiéramos estudiar la preparatoria (entonces de dos años).

A los 16 años y medio ingresé a la Universidad Nacional Autónoma de México. No había entonces examen de admisión. Hicimos cola los amigos de mi hermano mayor (un año), él y yo desde las 5 am (la ventanilla se abría a las 9 am). Ellos se inscribieron en Ingeniería y yo en Derecho.

Conocía Ciudad Universitaria porque en 1954 fue sede de los Juegos Panamericanos y del Caribe y su majestuosidad me impresionó y supe, desde ese momento, que ahí quería estudiar.

Mi Facultad fue lo que yo esperaba. Tuvimos maestros de lujo. Exposiciones inteligentes, detalladas, sólidas, consistentes. Maestros talentosos, originarios del país y del extranjero que la migración española nos aportó, como don Manuel Pedroso, quien abría su casa en las tardes para un café con sus alumnos. Maestros alegres en su trato, como don Alfonso Noriega, a quien le hacíamos fila para preguntar sobre dudas en todas las materias en curso y él amablemente nos orientaba, así como muchos otros maestros que el espacio otorgado me obliga a omitir sus nombres que guardo con respeto y afecto.

Maestros que no sólo nos aportaban su sapiencia, nos transmitían la satisfacción de servir, nos señalaban los caminos de la academia, de la judicatura, ventajas y desventajas de ser postulantes y altas y bajas (más bajas que altas) de prestar servicios al mundo de la administración y de la política.

No sé cómo serían otras Facultades, pero la mía me educó guerrera. Me enseñó a investigar, argumentar, disentir, aportar en equipo, disfrutar triunfos y aceptar derrotas, que de todo hay en cinco años de estudios.

Mis compañeros fueron atentos y respetuosos; bulliciosos los más, serios los menos. Entre estos últimos encontré a Francisco Duarte Amaya (QEPD), quien me dio su nombre y dos hijos. Mi generación se engalanó con secretarios de Estado: Miguel González Avelar y Eduardo Pesqueira Olea (QEPD ambos) y, vigentes, como Sergio García Ramírez, brillante en grado sumo en la procuración de justicia, en la judicatura internacional, en la administración pública y en la academia; magistrados y jueces del fuero federal y local, políticos, notarios públicos en todo el país y postulantes de éxito rotundo.

Mi UNAM me entregó el escudo de la probidad y la lanza del trabajo. Ambos me han acompañado siempre en mi desempeño profesional. Gracias a mi Universidad pude emprender el camino para laborar, seguir estudiando, viajar, educar a mis hijos y cooperar en la educación de mis nietos.

Si yo no hubiera ido a mi Universidad Nacional Autónoma de México no hubiera sido abogada, jefe de servicios federales, jefe de departamento, directora de jurídico, subdirectora general y directora general jurídica en la administración pública federal, ni protestado como Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (así dice el documento presidencial que me acredita como tal).

Todos fuimos egresados de la UNAM. Es nuestra Alma Mater. Nos educamos por 200 pesos al año como pago de colegiatura, con libros que podíamos obtener de segunda mano. De modo que tocó a nuestros maestros toda la responsabilidad de nuestra educación.

Honramos a nuestros padres obteniendo el título que ellos y nosotros nos empeñamos en poseer.

Honramos a nuestra Facultad de Derecho con nuestra labor proba y cotidiana en cada una de las responsabilidades laborales en que nos desempeñamos.

Es llegado el tiempo de honrar a la Universidad Nacional Autónoma de México, nuestra Alma Mater, para que futuras generaciones de jóvenes ansiosos de saber (como nosotros fuimos) puedan seguirse educando con la máxima calidad de enseñanza (como nosotros tuvimos).

La Fundación UNAM fue creada para apoyar. Y es llegado el momento de cooperar, aguerridamente, como pumas que somos, en su acción comprometida de participar en alguna medida para sostener económicamente las actividades docentes, investigadoras y de divulgación de nuestra máxima Casa de Estudios de la que somos orgullosamente egresados. Entonces, a cooperar en la Fundación UNAM, que el deber nos obliga y el hacer nos honra. Ahí, nuevamente, coincidiremos.

 

Ex ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

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