Entre escombros. Las candidaturas independientes

Carlos Matute

Muchos comentócratas apuestan a la devastación de los partidos políticos. Imaginan, pronostican, que en breve sólo serán ruinas del siglo pasado y entre sus escombros se alzará el ciudadano puro, que, desde la trinchera de la sociedad civil, conquistará el espacio público desplazando al político profesional. En esta lógica se inscribe la insistencia de la eliminación del financiamiento público de los partidos, la permanente difusión de un hartazgo social -real o ficticio- respecto a la partidocracia y las candidaturas independientes.

Ricardo Rocha considera que los prospectos a una candidatura independiente a la Presidencia pueden convertir a una institución útil para el fortalecimiento de la democracia, en un motivo de chunga. Raúl Rodríguez reduce ese listado a tres “auténticos ciudadanos”, el resto son tránsfugas de los partidos, como Zavala, Ríos Piter y el Bronco. (El Universal, 11-10-17)

Carlos Elizondo, con Pepe Cárdenas en Radio Fórmula, emulando a los defensores de la pureza racial, tacha al gobernador neoleonés de no ser un “ciudadano puro”, cito: “el Bronco puede no tener credencial de ningún partido, tuvo la del PRI muchos años, pero hoy es sujeto a las leyes de responsabilidades de los funcionarios públicos (sic), no es un ciudadano puro, es un gobernante”. ¿Cómo se logra dicho estado de beatitud cívica-secular? ¿Sólo lo alcanza una persona que nunca ha sido servidor público, ni militado en un partido político? ¿La pureza no se pierde si el servicio público se ha ejercido en un órgano autónomo constitucional o si cobra por asesorar al gobierno? Así, simplemente la carencia de la calidad de “pureza ciudadana” se utiliza exclusivamente para descalificar. ¿Cuánto tiempo debe transcurrir para purificarse, desintoxicarse por ser gobernante, militante o servidor público, un día o diez años?

¿Quién de los 37 independientes -conteo el miércoles 11 por la tarde- realmente carece de nexos con los grupos políticos, de interés o presión? ¿De dónde obtendrán el financiamiento? ¿Cómo recabarán 866 mil 593 firmas en 17 entidades federativas de posibles electores?

Hoy no se sabe si se pulverizará el electorado, cuáles son las verdaderas intenciones de los prospectos a candidato (el lucimiento personal, la fama efímera, el testimonio de vida, la realización de sueños infantiles, los enojos con sus excompañeros de partido, la culminación de una vida de servicio, la reafirmación de la pertenencia a un grupo social, entre otras), qué alianzas han hecho, ni el número de personas que logrará reunir los requisitos. Lo único que se puede afirmar sin temor a equivocarse es que habrá 37 equipos de activistas -mercenarios o voluntarios- dedicados a la caza de firmas de electores con un mismo argumento: la obsolescencia del sistema de partidos.

Durante 120 días se hará campaña para derrumbar la institucionalidad distintiva del siglo XX: la integración del poder social a través de los partidos políticos. Si logran destruirla con esta proliferación de aspirantes, entonces, entre los escombros, se erigirá un gobierno débil con poca legitimidad democrática, ya que tendrá menos de un tercio de apoyo del electorado efectivo (que se traduce en menos de un quinto de la lista nominal). En este punto, surge la pregunta: ¿quién gana? Atrás de esta estrategia pueden ocultarse quienes añoran el autoritarismo o el regreso de la mano dura en el gobierno.

El conflicto Anaya-Zavala muestra la paradoja que se vive. Por un lado, el control de las burocracias partidistas da ventajas en la determinación de los candidatos a los cargos de elección popular y es el elemento aglutinante en torno a unas siglas o una dirigencia. Por el otro, la penetración de la imagen de una persona en el electorado -medida por encuestas- es el factor disruptivo de la disciplina y la justificación de la candidatura independiente. Sin embargo, la fórmula con mayor probabilidad de triunfar en una elección competida es la combinación de ambos.

En este contexto, las candidaturas independientes proliferan y se constituyen en un ariete contra los partidos, con el agravante que las motivaciones y las alianzas de los individuos que emprenden esta vía para obtener un cargo público son efímeras y, por tanto, poco sólidas para fundar una nueva institucionalidad.

La “pureza ciudadana” no es suficiente para garantizar la honestidad, la competencia para el cargo y el compromiso social. La falta de vínculos conocidos, no excluye a los ocultos. El riesgo es que la pretensión de convertir en escombros a los partidos políticos pueda abrir el paso a los grupos radicales bien organizados o a los caudillos que esencialmente son autoritarios. Los comentócratas deben pensar mejor por lo que apuestan, porque tal vez la democracia no sea la ganadora de la ruina de los partidos.
 

Profesor de Posgrado de la Universidad Anáhuac del Norte

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