El hombre del que nos deberíamos ocupar más en México

Carlos Loret de Mola

El hombre más poderoso del mundo fue víctima de su propio éxito en este verano. Para cerrar con la temporada —que tuvo su punto climático en el Mundial de futbol, vitrina de su imperio— Vladimir Putin, presidente de Rusia, arrasó en las elecciones para gobiernos locales en 22 jurisdicciones, incluyendo el triunfo de su candidato a la alcaldía de Moscú. Sucedió a pesar de las protestas que se extendieron por el país, pero que sobre todo tuvieron eco en la capital, Moscú, que no es la favorita del “nuevo zar”: Putin nació en lo que hoy es San Petersburgo y no tiene empacho en exhibir en dónde late su corazón.

El contexto de la contienda política en Moscú fue la decisión de Putin de impulsar la elevación de la edad de jubilación a 65 años para hombres y 63 para mujeres. ¿Por qué? Por un factor envidiable: los rusos están viviendo más años, sobre todo los hombres, que han visto repuntar su expectativa de vida, que en los años noventa llegó a colocarse apenas por encima de los 55 años (fueron los años más amargos del colapso soviético) y ahora ya pueden en promedio celebrar 66 cumpleaños.

Hay una narrativa subyacente: el sector agrícola ha repuntado rápidamente, contribuyendo a suavizar la brecha de bienestar entre el campo y la ciudad. Las últimas décadas de la Unión Soviética el campo fue sacrificado. En contraste con la Rusia zarista que exportaba trigo, remolacha azucarera y muchos otros alimentos, la URSS para 1980 ni siquiera se abastecía. Con una población de 300 millones de habitantes, con todo y las extremadamente fértiles tierras de Ucrania, la URSS pudo producir solamente 81 millones de toneladas de trigo. Estados Unidos y sus aliados Australia y Canadá controlaban la llave de las importaciones soviéticas de alimentos. El de ahora es otro panorama: Rusia no tiene los 300 millones de la URSS, sino 140 millones de habitantes, y carece de acceso a las fértiles tierras ucranianas (que ya es un país independiente), así que menos de 3% de la superficie puede dedicarse a cereales; aún así, este año tienen previsto cosechar la cifra récord de 105 millones de toneladas de grano. Rusia ya exporta cuantiosamente a Egipto y todo el Medio Oriente, y busca incursionar en el mercado mexicano de trigo, donde el principal abasto viene de Estados Unidos (¿cómo se llevará el Osito Bimbo con el oso ruso? Está por verse).

Por el desapego de Putin a Moscú, por la condición cosmopolita de esta urbe, los opositores tuvieron a la capital en la mira. Era el premio mayor que buscaban para minar al presidente. Pero el régimen no bajó la guardia y cuando vio que ahí estaba la amenaza, que ahí brotaban la oposición y sus marchas, comenzó una escalada de cariño a los capitalinos que tuvo su momento climático cuando, nada menos que una semana antes de las elecciones, se inauguraron siete monumentales estaciones de metro en el suroeste de la ciudad. ¿Les funcionó? Usted dirá: nomás religieron al alcalde Serguéi Sobianin, aliado de Putin, con ¡70% de los votos! Su más cercano competidor quedó ¡a 60 puntos porcentuales de distancia! Democracia a la Vladimir.

El partido oficial, Rusia Unida, arrasó desde la primera vuelta electoral. Sólo en tres regiones se necesitará segunda vuelta. La oposición quedó congelada. Literalmente: su bastión está ahora en el corazón de Siberia, en Jakasia, donde el candidato de Putin quedó en segundo lugar por detrás del aspirante del Partido Comunista que ahora es la principal alternativa que tienen los malquerientes del presidente.
 

SACIAMORBOS. Mientras, Trump se ahoga en sus torpezas, está bajo amenaza de juicio político y se alista para perder el Congreso en noviembre.

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