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La entrevista y la Historia

Ángel Gilberto Adame

La entrevista, como práctica periodística, se consolidó a comienzos del siglo XIX. En sus orígenes fue considerada un género menor, pues su aliento conversacional contradecía la adusta prosa que arraigaba en los diarios. Acaso lo más llamativo de su aparición fue el desenfado con que humanizó a los personajes que fueron, a decir de su época, de los más llamativos.

La vocación exegética de la entrevista ganó popularidad luego de la publicación del Manifiesto Comunista (1848) y su reivindicación de la cultura de masas, aunque siguieron existiendo reticencias en su contra por su inminente parcialidad. Ya siendo un pensador afamado, Marx sostuvo una charla con el periodista R. Landor que se dio a conocer en el diario neoyorquino The World. El documento fue recibido en la redacción del periódico el 3 de julio de 1871, con un escrito adjunto en el que el entrevistador advertía que su objetivo era obtener información sobre la Primera Internacional de Trabajadores, de la que Marx era uno de los miembros más destacados.

Landor explicó en su prefacio que, aunque no se hallaba en presencia de un trabajador sino de un teórico perteneciente a otra clase social, cuando estuvo cara a cara con él, supo que Marx reunía en sí “la más formidable conjunción de fuerzas: un soñador que piensa, un pensador que sueña”. El tema central de su conversación fue el repudio generalizado de la burguesía europea hacia la Internacional. Con un tono jocoso, Marx alegó que todos los documentos de la asociación eran públicos y estaban al alcance de cualquiera, al igual que los manifiestos, cuyo compendio apenas costaba “un chelín”, también desmintió que entre los integrantes hubiera conspiradores que quisieran beneficiarse de las colectividades obreras. Por último, el autor de El Capital aclaró que la sede de la Internacional se había establecido en Inglaterra por motivos pragmáticos, pues era el país que ofrecía un entorno jurídico propicio, aunque objetó: “La clase media inglesa siempre se ha mostrado dispuesta aceptar el veredicto de la mayoría en la medida en que ha ostentado el monopolio del derecho al sufragio. Pero recuerde lo que le digo, en cuanto pierda una votación referente a algo que considere vital seremos testigos de una nueva guerra de esclavistas”.

En los umbrales del siglo XX, las entrevistas más llamativas tuvieron como protagonistas principalmente a políticos e intelectuales; algunas de ellas fueron las concedidas por Robert L. Stevenson, Mark Twain, Otto von Bismarck, Oscar Wilde, Rudyard Kipling, Émile Zola y Henrik Ibsen. En el ámbito científico destacó la de R.H. Sherard a Thomas Alva Edison, hombre resuelto e infatigable cuya determinación le ganó la gracia de su entrevistador: “Al pasar por delante de la torre (Eiffel), vi a sus pies al hombre (…). Observé el monumento y después al hombre. El monumento parecía, por contraste, infinitesimalmente pequeño”.

Entre las más recordadas que se llevaron a cabo en nuestro país destaca la que Porfirio Díaz concedió a James Creelman en el Castillo de Chapultepec en 1908. Uno de los tópicos que se abordaron con mayor insistencia fue el de la reelección presidencial; Díaz afirmó que no tenía inconveniente en entregar el poder, pues se consideraba un demócrata, aunque advirtió que si había permanecido en el cargo durante tres décadas se debía principalmente a su intención de salvar a México de los peligros de la ignorancia y la manipulación, pues la población pobre era vulnerable a los efectos de la demagogia. Según sus palabras, “la democracia trae consigo los verdaderos y únicos principios de un buen gobierno, aunque en realidad sólo sean practicables en los pueblos que han llegado a su pleno desarrollo”, y auguraba que 1910 sería el año indicado para delegar la silla.

Ya sea apegándose a un estilo pregunta-respuesta o permitiéndose licencias narrativas, la entrevista tiene como propósito la indagación, y el resultado de sus pesquisas, desconcertante o esclarecedor, nos permite vencer una distancia que parece insondable y nos iguala con aquellos que repudiamos o admiramos.

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