Mujeres, de Nélida Piñon y Oprah Winfrey

Adriana Malvido

Con el poder de la palabra, mujeres como Piñon en las letras, o Winfrey en el micrófono, le devuelven a la memoria femenina su justo lugar en la historia

¿Por qué provocó tanta emoción Oprah Winfrey durante su discurso en la entrega de los Globos de Oro? Entre otros factores como el emotivo, y la fuerza y contundencia de su mensaje, fue su dominio de la palabra lo que iluminó la noche. En unos minutos, la mujer hizo enmudecer a su audiencia, conmovió a quienes la escuchaban, creó una atmósfera donde lo que prevalecía era la verdad. En sus palabras había conocimiento, historia de vida, perspectiva racial y de género. Y luego, inteligencia y sensibilidad para marcar un hasta aquí a la discriminación y el abuso, con un tono que lejos de victimizar a las mujeres las anima a mirar un horizonte donde nunca más tengan que decir: Me too.

Terminé de escucharla y reabrí La seducción de la memoria, de Nélida Piñon (FCE, ITESM, 2006), cuyo dominio del lenguaje abraza al lector sin soltarlo. La escritora brasileña, autora de novelas y cuentos, tiene, como dice Adolfo Castañón, algo de Scherezada. En este ensayo habla de un mundo que históricamente ha discriminado la presencia femenina en el campo de la creación. Aunque ahora sea “un ser creciente en la cultura canónica”.

En la historia, dice Piñon, la mujer es la criatura distinta, el género invisible, “una memoria narrativa que incluya a la mujer como protagonista, como narradora, y que la incluya en el arte como heroína, no ha llegado de verdad. No hay una memoria que pueda legitimar social e intelectualmente a esa mujer”.

En las páginas de la Biblia, la mujer queda excluida, desde el origen, como interlocutora de Dios. No es Sara sino Abraham con quien Dios dialoga. Tampoco hay mujeres profetas. Sin embargo, la mujer ha estado cerca de las instancias radicales de la existencia y la memoria femenina palpita en la tradición oral, en las historias de insubordinación, en las confidencias —“tesoro para conocer las verdades humanas”—; está presente con los dioses como vecina de los oráculos donde lo escuchó todo; está presente en Troya, donde Casandra fue desoída, y está en Artemisa, quien recibía en su templo a las jóvenes de Atenas para brindarles educación; ésta consistía en domesticarlas, es decir, las destinaba a la vida en casa, ya que lo salvaje, asociado a la libertad, la aventura y la experimentación, era para los hombres. En ese ámbito, dice Nélida, la memoria femenina conoció todas las geografías, los mares, los rituales, la vida nómada… escuchando, y terminó dominando la geografía de la casa donde estableció el ámbito del afecto, el espacio sexual, el del amor, el de la procreación, que le profería un poder. En ese exilio social y cultural, la mujer ejerció la invención, que es hermana íntima de la memoria, y se convirtió “en una notable matriz capaz de reproducir, de engendrar todos los productos narrativos, aunque no escribiera”.

Se pregunta: “¿Ustedes creen que hubiera sido posible que los escritores, a lo largo de la historia, crearan obras maestras sin una mujer a su lado, contándoles cómo es la vida, las peculiaridades de los sentimientos, el milagro de pelar una papa o el momento del amor? (…) Podemos imaginar que William Shakespeare habrá preguntado a una mujer cómo es ese dolor de haber perdido un hijo”. Así, grandes narradores como Homero, Dante, Cervantes o Machado de Assis “se apropiaron de todos estos tesoros que estuvieron guardados en la memoria femenina”.

Con el poder de la palabra, mujeres como Piñon en las letras, o Winfrey en el micrófono, le devuelven a la memoria femenina su justo lugar en la historia. Y le ofrecen un horizonte más libre en el futuro.

 

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