La Fundación Elena Poniatowska

Adriana Malvido

El jueves por la noche, cuando abrió sus puertas la Fundación Elena Poniatowska Amor en la colonia Escandón de la Ciudad de México, la escritora y periodista mexicana, de 86 años, no dejaba de sonreír. Rodeada de amigos, familia, nietas, música de cámara y colegas, veía su sueño convertido en centro cultural: con talleres literarios y conferencias, niños leyendo o escribiendo un cuento, públicos listos para ver buen cine, sin costo alguno, todos los martes y jueves; un domingo para artesanos y el siguiente para el arte contemporáneo y el diseño gráfico; jóvenes inmersos en su biblioteca; investigadores sumergidos en sus archivos, en su correspondencia, en los manuscritos de sus libros y en las libretas donde habita el origen de sus reportajes; estudiantes atentos a sus entrevistas grabadas o a sus fotografías con personajes que van desde Monsi hasta el Rey de España.

El tamaño y el valor del legado que la Fundación alberga, en la hermosa y sobria casa restaurada por el arquitecto Francisco Martín del Campo, se aquilatarán con el tiempo y el impacto en cada persona y colectivo que pase por ahí. Igual que la generosidad de una mujer a quien hace 12 años la Universidad de Princeton y también la de Stanford le ofrecían 280 mil dólares por sus archivos y que decidió dejarlos en México, como le sugirió su hijo Felipe Haro, hoy director de la Fundación, a la que la autora también destinó su Premio Cervantes (125 mil euros). Desde que se constituyó como asociación civil ante notario en 2011, con Marta Lamas, Javier Aranda Luna, Martín del Campo y los tres hijos de Elena: Mane, Paula y Felipe, han caminado cuesta arriba. Con apoyo de gobiernos federales y locales se embarcaron en la búsqueda de una casa hasta que encontraron ésta, casi en ruinas, hace ocho meses. Juan Ramón de la Fuente, el presidente honorario de la Fundación tomó la palabra el jueves para destacar no sólo la admiración que la gente tiene por Elena como autora y como una mujer de enorme congruencia y convicciones, sino como una persona entrañable y querida.

Luego de la inauguración, regresé el lunes a José Martí 105. Ya en el silencio de una tarde lluviosa, Felipe Haro me guía por un recorrido. Veo al equipo de la Fundación y la mayoría son mujeres. Ulises Castellanos es el director académico. Clasifican las 10 mil fotografías que contiene el archivo y que serán digitalizadas (ya llevan 6 mil), también se ocupan de las mil 500 horas de audio y de las 150 que se conservan en video. ¿Cuántas entrevistas ha realizado Poniatowska a lo largo de más de 60 años? Hay dos bibliotecas vivas para préstamo y consulta pública y también me informan que la personal, la que ha nutrido de lecturas a la escritora y que consta de unos 25 mil volúmenes, estará en un futuro disponible en línea, igual que sus propias obras. Me sorprenden sus primeras máquinas de escribir, la maleta de los abuelos, las cartas que recibió de otros escritores…

“Si pierdes un brazo, puedes usar el otro. Si pierdes la memoria, lo pierdes todo”, dice emocionado Felipe. Porque la Fundación tiene esa doble tarea: preservar la memoria de Poniatowska y el mundo que la ha rodeado. Y convertirse en “casa abierta para todos”, que construye un nosotros, que busca una identidad que se ha ido al garete, que quiere dotar al espacio y a la vida de sentido, en un momento en el que dominan la violencia, los muertos, la incertidumbre del TLC, Trump, los niños en la frontera…

La Fundación enfrenta un reto hoy: la subsistencia. De ahí la invitación de Felipe a que “intelectuales, artistas, escritores, ciudadanos… hagan suyo el espacio y se sumen”. De ahí, también, la leyenda impresa que recibimos el jueves: “Se cortan las amarras para que este barco comience a navegar. Se emprende el viaje con un profundo amor por México, con nuevos retos y sueños por cumplir, por un mundo donde quepan todos. Gracias por ser parte”.

 

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