Fugarse de Santa Martha Acatitla a través del teatro

Mochilazo en el tiempo

En Iztapalapa se encuentra la cárcel más antigua de la Ciudad de México: la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla. A seis décadas de existencia, exconvictos e internos nos platican sobre cómo logran fugarse de la reclusión y los recuerdos a través de la actuación.

Texto: Anahí Gómez Zúñiga

Fotografía actual: Berenice Fregoso y Agustín Salinas

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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“El que sufre reconociendo su error,
recibe un castigo que se suma al del penal.”
-F. Dostoyevski
 

La Penitenciaría de Santa Martha o “La peni”, como le llaman muchos, es el presidio más antiguo de la Ciudad de México; el pasado 14 de octubre cumplió 60 años de historias y complicidades que se guardan entre barrotes.

A diferencia de los reclusorios preventivos, los habitantes de la penitenciaría son delincuentes que no están sujetos a un proceso penal, por el contrario cargan con una sentencia firme con la cual se les priva de la libertad, muchas veces por el resto de sus días. Dicen que la “huesuda” los alcanza en prisión, que de “Santa Tacha” sólo se sale con las patas por delante o en una bolsa de plástico negra.

La cárcel de Santa Martha Acatitla se ubica en la zona oriente de la ciudad, en un espacio  que en otros tiempos formó parte del lago de Texcoco, hoy avenida Ermita Iztapalapa. Sus paredes se construyeron por órdenes del expresidente Adolfo Ruiz Cortines. La idea principal era crear un inmueble que sustituyera a Lecumberri, el temido Palacio Negro; el encargado de diseñar al nuevo hogar del encierro fue el arquitecto español Ramón Marcos, que tenía la intención de recordar a la Ciudad Universitaria de sus colegas Mario Pani y Enrique del Moral.

El 14 de octubre de 1957 fue un momento de fiesta y vítores para Ruiz Cortines, pues ese  mismo día inauguró también los mercados de Tepito, la Lagunilla, Martínez de la Torre y Xochimilco, así como los edificios de la jefatura de policía, la estación central de bomberos, el servicio de transporte eléctrico, 23 planteles escolares y el penal.
 

 

El 15 de octubre de 1957, EL UNIVERSAL publicó una nota en la que se leía: “Espacios libres, amplios e iluminados: albergues cómodos y oficinas bien equipadas caracterizan al edificio de la nueva Penitenciaria del Distrito Federal, que se encuentra en Ixtapalapa. (…) Los reos tendrán allí una vida nueva y distinta”.  

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La inauguración de la penitenciaría fue noticia en 1957. En la plana de EL UNIVERSAL se observan fotos antiguas de las entonces nuevas instalaciones de la cárcel.

Se irguió entonces un centro que en el dicho apostaba por el trato humano de quienes eran llamados criminales; se edificó la que fue reconocida como una novedad en beneficio del pueblo. De esta suerte, la abogada Sonia López Villana expone que “la palabra penitenciaría proviene de la voz latina poenitentia que implica arrepentimiento y corrección”.

“Santa Tacha” es un hoyo oscuro, repleto de súplicas que morirán sepultadas en el secreto y la memoria de los cautivos. Canta el aforismo popular: “Si los reclusorios son la escuela del crimen, Santa Martha es la Universidad”. La psicóloga Nancy Martínez, quien trabajó de cerca con los internos, explica que los dormitorios se clasifican en cuanto a edad, preferencia sexual, delito y condena, “pero imagínate si yo vengo por robo y me ubican en un dormitorio con gente que se dedica a extorsionar… Como ellos mismos lo dicen, pues se aprende del oficio”.

Coloquialmente a la cárcel se le llama botellón, tambo, bote o jaula; quienes han experimentado las horas en prisión, también la reconocen como una tumba.  El año pasado la Oficina de Transparencia de la Subsecretaría del Sistema Penitenciario, dio a conocer  que en Santa Martha existe una capacidad de mil 851 internos, aunque esta cifra es rebasada por una población total de dos mil 910 reos: la cárcel se abarrota, los prisioneros sufren por falta de espacios y muchas más carencias.

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Celdas de 1983 adornadas con fotografías y recortes de revista. Los reos tratan de hacer familiar el lugar en el que la vida se les va.

Además de cruel, Santa Martha es considerada como una de las cárceles más seguras: cuenta con puertas diseñadas a prueba de fugas, torres de vigilancia en las cuales hay armas y municiones, está circundada por una muralla de 10 metros de alto y los guardias se mantienen vigilando los movimientos de los presos. A pesar de lo anterior, en 1971 el estadounidense David Kaplan violó todos los códigos de seguridad y escapó a bordo de un helicóptero; convirtiéndose en una de las fugas más impresionantes y escandalosas en la historia de Santa Martha.

El dolor de la soledad
 

Cuando la soledad es total se presenta arrolladora; la suma de soledades aplasta. En el encierro estos sentimientos despuntan, se vuelven insufribles y los reos no tienen a nadie a quien acudir. Israel fue sentenciado 25 años por homicidio y 15 por posesión de marihuana, entró al presidio cuando apenas tenía diecisiete años; con el tiempo su sentencia sería reducida a 20 años.

Los lamentos y la angustia los lleva consigo; durante su estadía en prisión, la soledad fue su única amiga, sólo en ella podía confiar: “la soledad es parte de la vida”, dice.

Cuando obtuvo su libertad se deshizo de una armadura de “egocentrismo, valemadrismo, maldad y de alguien que no quería ser”. Al estar en la cárcel debía fingir y ponerse una máscara de valentía:

-¿Cómo estás?

-Pues… bien

-No te vinieron a ver

-Pues no hay pedo, eso qué.

Lo cierto es que Israel llegaba a sentir un profundo vacío: “está cabrón estar solo. Uno disfraza el miedo con la violencia. Al final te haces amigo de la soledad, es con la que caminas y prefieres estar solo que con la gente de adentro”.

Héctor Maldonado Rojas o “El chaparro”, como suelen llamarle, estuvo en la cárcel 20 años, ocho de ellos en Santa Martha. Al preguntarle por el crimen que cometió, responde: “lo dejo a la imaginación”. Su mirada es intensa, difícil de contener; sus palabras son cautelosas, con la medida exacta y el volumen bajo. Dentro de la “Peni” su único deseo era encontrar un sitio para reflexionar, estar a solas y esperar su libertad.

Amor, nuestra prisión, cortometraje dirigido por la realizadora mexicana Carolina Corral Paredes, hace un recuento de cómo en las cárceles de la CDMX las relaciones sexuales son empleadas “para hacerle un paro a la soledad”. Javier Cruz compraba y revendía carros robados, estuvo diez años en reclusión y asegura que en la conyugal los presidiarios golpean a sus esposas, aunque no es una situación generalizada, “muchos han asesinado a su visita, lo hacen dentro del penal, pero se atienen a que ya no van a salir nunca”.

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Foto tomada en 1995 de la penitenciaría de Santa Martha Acatitla, uno de los presidios más relevantes y míticos para los capitalinos.

Inclusive las compañeras de los reos han sido violentadas frente a los demás, “nomás le gritas ´ya déjala´, tampoco te quieres meter en problemas. Igual y la defiendes, el cuate se pone loco y lo matas… Te va peor a ti. Es cosa de que alguien vaya a decirle a algún poli que fulano le está pegando a su mujer; se lo llevan al castigo y le ponen una madriza, pero a la siguiente visita la señora se vuelve a formar y exige que le dejen ver a su pareja”.

Nancy Martínez vio cómo muchos reos perdían todas sus redes de apoyo y quedaban sin nadie que los fuese a visitar. La conclusión era irremediable, la tristeza terminaba por sofocarlos.

A pesar de la desesperanza los propios penados le piden a sus familiares que no vayan a verlos, eligen el abandono para protegerse. Los internos espían a sus compañeros, cuando alguien tiene visita los demás se apresuran a quitarle el dinero o los regalos que le son entregados.

Israel también tuvo que rechazar la compañía de su familia y escuchó pacientemente las quejas de su madre, sobre todo cuando esta le contaba que los custodios le pedían dinero o le metían los dedos a la comida que llevaba. “Cuesta mucho decirles que no vengan, pero las paredes oyen y te están vigilando. En ese tiempo yo sentí que cuando me iban a visitar ellos también eran parte de la misma cárcel”, lamenta Israel.

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Javier vive con las pérdidas y mira su pasado sin comprender: “si me preguntas en dónde me perdí no te sé decir. Quisiera regresar el tiempo para ver en dónde, para no llegar a este punto, pero es algo que no se puede”.

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Modulo de vigilancia de la “Peni”. Los custodios vigilan todos los movimientos de los internos para evitar alguna posible fuga.

La mayoría de los casos delictivos son consecuencia de una infancia problemática, repleta de descuidos y abusos. Nancy aclara que otro factor que los incita al crimen es “el ser narcisistas: yo puedo, yo quiero, es para mí. Una vez que cometen un delito ya es muy difícil que tengan conciencia de sus actos y sólo ven por sus necesidades”. Javier acepta que tuvo todas las oportunidades para dedicarse a estudiar, no tenía razones para delinquir pero fue el camino que eligió porque parecía más sencillo, aunque la factura salió más cara.

Dentro del “botellón” la vida es la del hotel más caro del mundo, pero sin lujos para la gran mayoría. Algunos internos tienen celulares o internet porque les pasan una “mordida” a los custodios. Israel fue testigo de que estos beneficios son fugaces, con un chasquido se esfuman, “a veces te venden una celda, pon tú que en 20 mil pesos, pero a los tres meses ya quitaron a los que te cuidaban, llegan otros nuevos y te sacan de la celda. Todos los lujos son momentáneos”.  Quienes tienen dinero para pagar estos favores, suelen extorsionar desde la cárcel o se enredan en negocios turbios.

La penitenciaría se distingue porque a diferencia de los demás centros de reclusión cuenta con la infraestructura necesaria y especialistas para atender a los reos con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Quienes están infectados residen en el pabellón D-10, también conocido como “el pabellón de la muerte”. La atención especializada se brinda desde el 2009 por personal de la Clínica Condesa, institución capitalina encargada de atender a quienes han sido infectados de VIH.

Teatro y libertad
 

Santa Martha es azul, el color de la melancolía que se mezcla con pintura blanca. En la entrada hay una placa negra en la que se lee “Penitenciaria del D.F”, las rejas rodean el lugar y la vibra se siente eléctrica, fulminante.

Para entrar, un par de manos buscan droga u  armas escondidas en la comida o entre las ropas de los visitantes. Las custodias rodean los senos de las mujeres, el vientre y las piernas; los guardias hacen lo mismo con los hombres.

Dentro el ambiente es húmedo, los reos se amontonan y observan a los forasteros. Sus rostros se ven llagados, sus ojos alertas y el silencio... Alrededor hay talleres recreativos y puestos donde venden cosas de todo tipo: rompecabezas, santos, dulces, verdura, etcétera.

Un reo se para junto al alambrado y dice:

-Buenos días damitas, con todo respeto.

A su lado hay más hombres que se apresuran a saludar. El camino sigue hasta el sitio destinado a las presentaciones de teatro. En la entrada esperan visitantes externos y reclusos que llevan a sus familias a ver la obra de ese día: Esperando a Godot, interpretada por la compañía de Teatro Penitenciario interna, en donde los actores son todavía reclusos. También hay una compañía externa, conformada por expresidiarios.

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Elenco de Esperando a Godot. De izquierda a derecha: José Luis Padilla, Juan Luis Hernández, Fidel Gómez Pérez, José Francisco García y Juan Antonio Santillán (vestimenta totalmente blanca).

El público es variado: gente de edad avanzada, mujeres, hombres y niños que van a visitar a sus papás. La idea de realizar estas presentaciones corrió a cargo de Itari Martha, actriz y  directora del Foro Shakespeare y del Teatro Penitenciario, proyecto con impacto social que busca la remuneración y profesionalización de los presos.

Que los reos pudieran compartir un mismo espacio con público exterior representó una lucha, pero los del Foro lograron el triunfo con el claro alegato de “¡el arte es para todos!”. Gracias a esto Israel Rodríguez, Javier Cruz y Héctor Maldonado ahora que ya son libres se dedican a la actuación.  

En la penitenciaría los convictos pueden ir a la escuela, asistir a talleres sobre el manejo de la violencia, asertividad, autoestima, farmacodependencia, terapias y sesiones artísticas. Héctor sabe que cada cual decide cómo llevar su encarcelamiento, “el presidio ejerce una ola de violencia emocional, cada quien vive su vida; algunos buscamos un futuro mejor, otros algo que no saben hacia qué rumbo llevar”.

El Teatro Penitenciario inició en 2009: un día Itari dio un recorrido por la penitenciaría, los cautivos tenían un pequeño grupo que ensayaba para un concurso nacional de pastorelas; la actriz los iba a calificar y en ese momento le pidieron que les ofreciera un taller por cuatro sesiones. Ella aceptó y confirmó: “vengo los miércoles a las dos”.

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Desde 1994 los presos se dedicaban a realizar deportes y actividades recreativas, para que el tiempo no los abatiera por completo.

“Al principio, enfrente de ella, estábamos con el churro, la piedra… Nos valía madres. Pero ella iba a cada sesión sin falta, se aferró y la aprendimos a respetar; nos regalaba de su tiempo para hacernos un bien”, recuerda Javier. Al fin habían encontrado una persona que veía más allá de un grupo de criminales, tenían frente a ellos la oportunidad de ser mejores.

El proceso fue pesado, los internos creían que el teatro era una “mariconada” o “para viejas”. Su primera puesta en escena fue Cabaret Pánico, adaptación de Opera Pánica de Jodorowsky; al inicio los fueron a ver dos personas, la segunda vez ya eran doce y en el estreno el auditorio se llenó.

José Luis Padilla cumple una sentencia por secuestro agravado, forma parte de la compañía interna y confiesa haberse acercado por morboso, no porque el arte le gustara. Él tenía novias que lo invitaban al teatro, pero no le llamaba la atención, en ese entonces su ocupación era la ya mencionada.

José no se creía capaz de hacer teatro, ahora sabe que puede, que la violencia no es la única manera de proyectar lo que siente, “ya controlo mis emociones, aunque es muy difícil, cuando sabes controlarlas te haces dueño de tu propia vida”.

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José Luis padilla se dedicó a secuestrar en sus años de libertad, ahora le queda por delante una sentencia de 53 años. Entre sus muchos tatuajes, porta uno de la virgen de Guadalupe.

Se trata de un panorama distinto, una herramienta para desfogar lo enquistado. “El chaparro” insiste: “al arte lo he llevado siempre conmigo, pero nunca lo puse en acción. Delinquí muchas veces, cuando yo era joven se dieron estos casos, era algo que me atraía, que me gustaba. Ya no me llama delinquir, hoy lo que me gusta es el teatro.”

El arte se mueve como una energía que succiona, estremece y trasmuta. Nancy aclara: “en cuanto a psicología se le llama sublimación;  las actividades artísticas son muy funcionales porque los hacen salir de su realidad y entrar a otro mundo donde sacan lo mejor de sí. A los que participan en el teatro penitenciario se les ve ensayar en los patios y pasillos para que sus obras les salgan lo mejor posible”.

Israel estuvo en una celda de castigo soldada, fue entonces cuando se interesó por la lectura y participó en un concurso de calaveritas literarias. Él no confiaba en lo que podía expresar, pero concursó y ganó. Decidió luchar contra su cárcel mental y consiguió ganar otro concurso, esta vez de piñatas. Hoy sabe que hay más cosas lejos de la delincuencia.

Aunque su compañero Javier cree que el teatro es una forma de delinquir en el escenario; lleva la misma planeación que un robo, pero con el arte se hace algo para mostrar que hay otras formas de vivir, “levantarte cuesta, pero solo se logra trabajando, no hay de otra”

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Durante su interpretación en Esperando a Godot, los internos José Luis Padilla y Juan Antonio Santillán se abrazan.

El arte se convierte en la fuerza centrífuga para liberar lo que antes se dejaba salir con golpes. La vida les ofrece algo distinto: “Queremos demostrar que hay otra forma de vivir. Hay que hacerlo todo por la derecha, después de unos años en la cárcel te das cuenta de que la delincuencia no es buena opción, sí te deja, pero pierdes más”, se arrepiente Javier.

Actualmente dentro de la penitenciaría trabajan en la ya mencionada Esperando a Godot, obra crítica, directa a la profundidad que trata de hacer reflexionar a quien la mira. La segunda propuesta es La Espera, de la compañía externa, que dialoga con las vidas de cuatro hombres que estuvieron encarcelados; puesta en escena cruda e introspectiva, presentada en el Foro Shakespeare.

En el mismo sendero, el área de Impacto Social del Foro Shakespeare en conjunto con la compañía de teatro penitenciario externa, dirigen el 77 Centro Cultural Autogestivo: un espacio comunitario ubicado en la colonia Juárez, donde realizan talleres culturales y artísticos con la búsqueda de generar “iniciativas que posicionen la cultura como una herramienta de cohesión y transformación social”.

En la penitenciaría hasta el aliento se atropella, el sueño se va y queda el insomnio; algunos alcanzan una segunda oportunidad, otros perecen entre rejas, a los restantes se los traga la corrupción del presidio. Escribió el poeta Miguel Hernández: “Un pueblo ha gritado, ¡libertad!, vuela el cielo. Y las cárceles vuelan”.

Fotografías antiguas: Archivo fotográfico de EL UNIVERSAL y Archivo Carlos Villasana.

Fuentes: Entrevistas con los exreclusos Israel Rodríguez, Javier Cruz y Héctor Maldonado Rojas. Entrevista con Patricia Castillo Gutiérrez. Entrevista con la psicóloga Nancy Martínez. Libro Cárceles de Julio Scherer. Libro Lugares de Gozo y Retozo de Armando Jiménez. Rapacidad, tortura y muerte en la penitenciaría de Santa Martha Acatitla, artículo de Carlos Marín. Documental Doble Condena de Flavio Florentino en representación de VICE. Reinauguran el mural “todos somos culpables”, de Arnold Belkin, en la penitenciaría de Santa Martha, nota informativa de Roberto Ponce. Penitenciaría del Distrito Federal, por Gobierno de la Ciudad de México. Tesis de licenciatura en derecho: Necesidad de regular el trabajo de los internos que cumplen condenas en la penitenciaría de Santa Martha Acatitla, por López Villana Sonia. Poema Las cárceles, de Miguel Hernández. Cárcel de Santa Martha cumple 50 años, nota informativa de EL UNIVERSAL. Archivo hemerográfico de EL UNIVERSAL.

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