Crisis de los 30
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¿Qué le van a pedir a Santoclós?

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¡Amigues! ¡Llegó la navidad!
15/12/2015
09:39
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¡Amigues! ¡Llegó la navidad! Y con ella, la temporada de quejarnos de los peores regalos que nos trajeron Santoclós y/o los Reyes Magos cuando aún creíamos que era buena idea que unos señores barbones se metieran a nuestras casas en la madrugada.

Nah, la verdad a mí no me fue tan mal. Más bien pobres de nuestras familias, que tenían que ver cómo le hacían para medio cumplir la absurda lista de juguetes que pedíamos cada fin de año, sobre todo si no podían salir con el pretexto de “Uuuuh, pues te portaste muy mal, por eso te trajeron un pedazo de carbón”.

(Yo fui una niña horrible, pero horrible de verdad; no sé por qué no me lo aplicaban todo el tiempo. Es un milagro –DE LA NAVIDAD– que hoy sea una ciudadana medianamente decente.)

Cuando era chiquititititita, era fan de He-Man y soñaba con tener a Orko. Como en México no se conseguía, sólo en la fayuca a precios exorbitantes, mi mamá me inventaba que Santoclós era del Polo Norte y que no podía conseguir productos de Estados Unidos por un pedo de exportación. O algo así que tuviera sentido y a la vez sembrara la semilla del pensamiento chairopolítico en la mente de una niña de cuatro años. Además, siempre fue buenísima atinándole a regalos que me hicieran muy, muy feliz.

En los noventa, en los años TLC, nos invadieron un chingo de juguetes megapendejos y carísimos, con todo y anuncios –importados– donde niños rubios, asiáticos y negros se divertían con voces de doblaje. Pobres Santocloses-Magos-Dios. Tenían que gastar una lanota en objetos absolutamente estúpidos y generalmente desechables, como esta idiotez con la que me encapriché después de ver 36 horas diarias de tele: 

Era el juego más aburrido de la historia. Lo usé dos veces y al clóset, para siempre.

A pesar de estas aberraciones, supongo que fue un alivio para mi mamá no tener que comprarme muchos juguetes “para niña”. Sí, tuve unas poquitas Barbies y hasta unos zapatos de tacón Mi Alegría (¿qué pedo con esooo?), pero nunca quise un Nenuco o algo así. ¿Se acuerdan de esos muñecos? Siempre me dieron entre asco, coraje y miedo:

Ay, qué horror.

Lo que sí tuve fueron casitas de muñecas. En ese rubro los varones se perdieron de mucha más diversión que nosotras (qué hueva jugar con monos de G.I. Joe). O sea: cualquier cosa en miniatura es fascinante, y cuando la construcción tiene hasta cuadros en las paredes, ganchos de ropa, cajoncitos y puertas que se abren, bueeeeeno, te la puedes pasar jugando horas, días, años, décadas y convertirte en arquitecto o diseñador industrial o urbanista o artista del fonca.

Otra cosa de la que los niños-no-niñas ochentinoventeros se perdieron: estampitas y productos de Lisa Frank. Lo siento, chavos.

NO WEY, VAYAN A PENSAR QUE SOY PUTO WEY.

En fin. ¿Creen que en México vaya a pegar lo de dejar de dirigir los juguetes a un género en específico? La última vez que entré a un Juguetrón lo vi peor que nunca, con pasillos completamente rosados y otros retacados de cajas con fotos de minibuguitas genéricos en la portada.

Pensé con tristeza en las niñas con familias conservadoras que no podrán recibir los sets de Lego de Avengers, y se me apachurró el corazón al imaginar a los niños que se tendrán a limitar a soñar en secreto con el castillo de Frozen. Y sólo se me ocurrieron ejemplos con Lego porque todo lo demás está bien gacho.

Pero bueno, nada de esto debería ser tema porque a les niñes de hoy se les da un iPad y ya. Fin.

(Aunque el otro día, en una pozolería, me asomé a la app con la que estaba jugando la niña de la mesa de junto. Era una aberración llena de uñas y mujeres chichonas; una cosa como Las Kardashian de Culiacán hecha videojuego para menores de edad. Todo está perdido.)

***

Hoy empieza el nuevo Reglamento de Tránsito y yo, como chaira y peatona, estoy ingenuamente esperanzada de que al fin vayan a atorar a los cochistas que adoran treparse a la cebra peatonal y meterse al ciclocarril; un amor equiparable con el de los gatitos por las bolsas, pero mil veces más mortífero.

Obviamente no va a pasar nada porque sólo hay 1400 tiras que pueden poner multas (MIL CUATROCIENTOS PARA TODA LA CIUDAD) y los demás nomás están de adorno, y las “nuevas tecnologías” seguro ni van a jalar. Pero bueno, a ver cómo nos va.

Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.

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