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Una de las designaciones que le corresponde hacer aún a Jaime Rodríguez, el nuevo gobernador de Nuevo León, es la de quién encabezará el Instituto de las Mujeres del estado. El proceso se ha politizado de una forma muy interesante, en parte como reacción a los rumores sobre quién sería la siguiente directora en turno: la ex diputada (ex panista) Carolina Garza, una de las que impulsó la reforma constitucional para proteger a la «vida desde la concepción» en el estado y que se ha manifestado en contra del matrimonio igualitario. Ante la posibilidad de que el Instituto cayera en manos de una persona con un perfil así, Cordelia Rizzo —que se define como «escritora, académica y activista por la paz»— se lanzó como candidata para el Instituto a través de las redes sociales.
Tres cosas no me han dejado de parecer asombrosas. La primera es cómo se lanzó Rizzo: a través de las redes sociales y sin esperar a tener un respaldo partidista evidente (¿será que el espíritu de El Bronco está yendo más allá de lo legislativo?). La segunda es cómo pone en evidencia la necesidad y posibilidad de «ocupar» a las instituciones gubernamentales. De alguien tienen que estar llenas: ¿por qué no de quienes tienen un genuino interés en una agenda? Y, la tercera, es que Rizzo se enuncia como feminista: ¡cómo una feminista que quiere encabezar un Instituto de las Mujeres local! ¡Qué horror que hasta parece revolucionario!
Le pedí a Rizzo una entrevista, misma que me concedió. Aquí va lo que «platicamos»:
EV: Una de las cosas que más me sorprendió de tu postulación es que te enuncias como “feminista”. Y me sorprendió precisamente porque, como tú, creo que debería de ser un prerrequisito para encabezar cualquier órgano de gobierno, particularmente el encargado de promover la igualdad de género. El que todavía se tenga que aclarar que es un prerrequisito me hace reflexionar sobre cómo ha sido entendida la función de los Institutos de las Mujeres a lo largo del país. Sobre cómo han sido encabezados, también, estos institutos: por personas que no necesariamente están comprometidas con una agenda que erradique la discriminación por género, sino, más bien, que simplemente procuran respetar los “derechos de las mujeres”, particularmente los que no desafían el status quo.
Pienso, por ejemplo, en las guarderías solo para madres solteras (pero no para madres o padres casados). Pienso en las cuotas de género justificadas en la premisa de que las mujeres, dado que son distintas, van a contribuir algo “diferente” a la política (su “mirada de mujer”). Pienso en campañas que combaten la violencia de género apelando a cómo las mujeres son la madre o hija o abuela o sobrina de alguien y que, por eso, hay que respetarlas. Pienso en cómo sigue siendo una novedad considerar a la discriminación de personas LGBT como parte de la agenda de la igualdad de género —y, por lo tanto, de un instituto de las mujeres—.
CR: El énfasis sobre el feminismo es completamente intencionado. Se nos olvida que las mujeres que avanzan en sus carreras políticas a través de los Institutos de las Mujeres tratan de guardar su capital político utilizable para brincar a otro puesto. Sería muy interesante seguir las carreras políticas de quienes dirigen los Institutos para entender también por qué no han cumplido con el propósito creador de los organismos ni abierto el tema a una discusión sobre distintas formas de ser mujer. Yo creo que las resistencias son mezclas de esto que te digo, así como la elitización de la lucha feminista y el profundo tabú de la liberación de las mujeres. Yo no veo razones para tener estas pugnas de feminismos trans, lésbicos, radicales, etc., aunque entiendo por qué surgen. Sí creo que es hora de enmendar algunos de los enunciados que justifican la razón de ser los institutos para ir abandonando esta idea limitante de que las mujeres nos merecemos los espacios políticos porque aportamos algo ‘distinto’ que los hombres y del binarismo hombre-mujer.
EV: Según su página, el Instituto de las Mujeres de Nuevo León persigue dos objetivos: el primero es “generar una cultura de igualdad y no discriminación hacia las mujeres” y el segundo es “institucionalizar la perspectiva de género en las administraciones públicas estatal y municipal”. Para ti, ¿cuál es la diferencia entre hablar solamente de los derechos de las mujeres y hablar, además, de la “perspectiva de género”? En otras palabras, ¿qué implica erradicar la discriminación por género para ti?
CR: La discriminación por género incluye expresiones de género que van más allá de aquellas que se identifican con alguna manera de ser mujer u hombre. Hablar de los derechos de las mujeres ya es focalizar la protección de los derechos de personas con ciertas características sexo-genéricas que identificamos como especialmente vulnerables. Mi idea de la perspectiva de género implica incluir esa amplísima gama de expresiones de género dentro del trabajo para las mujeres. Creo que la prioridad en un Instituto de las Mujeres son las mujeres, pero que el trabajo no puede más que hacerse en red, en solidaridad y compañerismo con las organizaciones que trabajan el tema de género.
EV: En tu carta de postulación mencionas en varias ocasiones la importancia de emprender acciones para erradicar la discriminación laboral. Este es un tema que me parece crucial y que, a veces, creo que se pierde entre la atención que recibe la violencia de género o los mismos derechos reproductivos. Y es algo básico: que las mujeres tengan acceso al mundo laboral en igualdad de oportunidades (lo que pasa por reconocer que actualmente no las tienen y que esa “meritocracia” de la que tantas personas hablan todavía no existe). Y que el mismo mundo del trabajo se transforme para posibilitar vidas laborales y familiares distintas (tanto para hombres, como para mujeres).
CR: Vuelvo a insistir, no basta con crear una ley para igualdad, se necesita actuar en pro de un cambio social que sancione los prejuicios y las minucias de la discriminación. Hay leyes ampliamente incumplidas, como las leyes en pro de las personas con discapacidad. Creo que aún no entendemos la discriminación en Nuevo León. Privilegiamos tanto la practicidad, efectividad y navegabilidad de la vida que todo lo que nos raspe o desagrade es traducible en una política pública. En dos de mis empleos me hicieron exámenes de VIH y de embarazo. En uno sin estar enterada y en el otro me enteré cuando me dieron la orden de laboratorio estando ya en la fila. Todo esto mina las vidas de las mujeres y se traduce en malestares emocionales y físicos de diversos tipos que hay que visibilizar y abordar de frente.
EV: ¿Qué tipo de acciones, en concreto, te estás imaginando que pueda emprender el Instituto de las Mujeres? Y, tengo que preguntarlo: ¿crees que el amor que tanto se profesa por el trabajo en el imaginario regio pueda ser utilizado a favor de la agenda de la discriminación en el empleo?
CR: En cuestión de discriminación laboral, por lo pronto hay que hacer un enorme examen de prácticas discriminatorias que se obvian. Hay que conectar discurso con práctica, también. Una denuncia de los micromachismos que se reflejan en el estrés con manifestaciones somáticas. Esta idea de que a las mujeres hay que ‘amarlas pero no comprenderlas’ como supuesto signo de avance en los derechos de las mujeres en el terreno laboral tiene manifestaciones horrendas de acoso laboral de mujeres a mujeres. Si tienes una jefa que ha batallado en la vida, ella de repente se adjudica el derecho de humillarte. Falsas feministas, y jefes que dicen ‘respetar’ pero en la práctica construyen un campo minado, muy polite, para los méritos. Vamos, destacar se ha vuelto todo un peligro laboral. Yo espero que ese amor al trabajo abra los ojos a este tipo de cosas, porque sí he tenido la fortuna de trabajar con mujeres que impulsan a mujeres en Monterrey, como Yliana Iruegas, Martha Maqueo y mi última jefa en el DF también es justa y exigente. Cuando es necesario sacar adelante mucho trabajo y dependes de un equipo, creo que la justicia se da con cierta facilidad. Esas buenas experiencias me hacen pensar que se puede pensar en transformar las prácticas laborales para ser más productivas, felices y sanas.
EV: Como mencionas también en tu carta de postulación, el tema de la violencia de género —particularmente la violencia doméstica y los feminicidios— son un grave problema en Nuevo León (y no solo ahí, por supuesto). Desde tu perspectiva, ¿cuáles son las barreras más importantes en el estado para, por decirlo de alguna manera, “tomarse en serio” este problema? Y, ¿cuáles serían algunas de las acciones básicas que emprenderías desde el Instituto para hacerles frente?
CR: Cuando me preguntan esto yo digo que se necesita un cambio cultural y de conciencia, pero siempre me responden que eso parece ser muy difícil. Y es que sí creo que en Nuevo León se tiene capacidad educativa, pero cuando testereas a las autoridades en el tema están llenos y llenas de tabúes. Yo lo he observado con las organizaciones feministas y me asombra el nivel de absurdo y violencia de algunas respuestas de gobierno. Por otra parte, cuando quieres hablar sobre tu hartazgo de las violencias pequeñas y micromachismos, en la confianza de tu círculo social, en automático eres una loca. Entonces hay que habilitar dos tipos de trabajo, el íntimo y social y el que se siga haciendo con autoridades.
En Nuevo León hace falta una reforma al tipo penal del feminicidio para que sea la norma la de hacer las investigaciones de asesinatos de mujeres con perspectiva de género. Esto es necesario en otras partes del país también, y es resultado de las reticencias a entender la figura del feminicidio como una estrategia para abordar el hecho que vivimos en una cultural que permite y/o tolera agresiones a las mujeres por los motivos más absurdos.
Concretamente hay que asegurarse que todos los MP’s estén capacitados en género y los protocolos de atención a víctimas de violencia doméstica y de investigación de delitos con perspectiva de género. Se hace un plan a seis años y se alista la ayuda de las organizaciones de la sociedad civil y de la Comisión Estatal de Derechos Humanos para ir cubriendo y verificando un cambio en la atención a estos casos. También se debe alistar ayuda del Instituto Nacional de las Mujeres, que ha facilitado excelentes conferencistas en varias ocasiones.
Creo que se debe hacer un trabajo de observatorio de medios para revisar las representaciones de las mujeres en las notas periodísticas y también sus roles dentro de los espacios en medios. Más bien debe socializarse al nivel de lo cotidiano que es. Esta crítica abierta y constante debe poder abrirnos los ojos como sociedad al tiempo que el Instituto como organismo público cumple con su trabajo de promover representaciones dignas de las mujeres. Estoy convencida que las imágenes de las mujeres en los medios son el síntoma de esta enfermedad cultural que aún tolera la violencia de género y que si cuidamos ese aspecto más, habrá consecuencias positivas.
EV: De ser designada, no sería tu primer trabajo gubernamental. Previamente has laborado en la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Nuevo León (2009-2011), en el Instituto Nacional Electoral (2011-2013) y actualmente en la Comisión Nacional de Derechos Humanos (desde el 2013). ¿Por qué apostarle a trabajar desde el Estado? Ahora, aunque tu trabajo sea desde el Estado, sé que has estado involucrada con múltiples ONG’s, particularmente en lo que se refiere al combate a la violencia. ¿Cómo crees debe ser la relación entre el Estado y la sociedad civil? De ser designada para el Instituto de las Mujeres, ¿cómo sería la relación con la sociedad civil?
CR: Esa es la pregunta de los 64,000. Desde sociedad civil hay una libertad creadora y para adquirir compromisos políticos muy abierta. Mi trabajo en sociedad civil ha sido de visibilización y estrategia, pero en los embates que me he aventado me queda una idea muy clara de que ha primado un prejuicio sobre las organizaciones sociales que ofrecen una visión dura de las cosas. Esa es la visión que recogemos y es honesta, y el primer impulso del Estado es mantenerlas en el rabo de la mirada. Nosotros también somos parte del Estado, entendido como esta construcción social e histórica amplia, y por eso en principio no debe ser un cambio entrar a trabajar al aparato gubernamental, pero el modo de lidiar con ONG’s desde gobierno es otro. Yo no tengo una visión simplista de las organizaciones y sé que en Nuevo León, Arthemisas por la Equidad y Alternativas Pacíficas realizan un trabajo invaluable por las mujeres. Tenerlas lejos sería un error táctico, pero también sería negar lo que dio origen a los Institutos de las Mujeres, que ha sido la lucha de estas mujeres.
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