Corría el año 2003, los aires de cambio soplaban incluso, foros como el de Davos. La aprehensión generada por el triunfo del recién electo Luiz Inacio Lula Da Silva como presidente de Brasil se mezclaba con la curiosidad por lo que diría el ex sindicalista en el estrado del evento económico más importante del mundo. Su discurso, hay que decirlo pasó a la historia.

Un Lula aún joven, fuerte y con la energía de una campaña que transformaría a su país, se hizo eco de la esperanza del Foro Social Mundial, el foro que confronta a Davos. Pero Lula no confrontó, presentó argumentos a favor de crear una nueva visión, de comprender que sin libertad y seguridad de los ciudadanos, no puede haber libertad de mercado. Un discurso progresista dirían algunos, socialdemócrata dirían otros. Que no peleaba con el mercado sino que lo invitaba a ser parte de la solución del principal problema en los países en desarrollo: la miseria y el hambre.

Dieciséis años después el momento histórico es otro. Brasil es distinto. Con Lula en la cárcel y un populista de derecha en la presidencia del gigante sudamericano, Jair Bolsonaro, la expectativa es bastante menos alentador. Como menos alentador fue su discurso a aquel que cambió la forma en que los países ricos vieron a Brasil durante al menos una década.

Sin fuerza, sin imaginación. Las palabras de Bolsonaro mostraron que no tiene gran cosa que decir en foros como éste, que encajan en las calles y en las plazas en el contexto electoral pero que desentonan con el ambiente formal, frío y contundente de la cumbre de negocios más importante del planeta.

Tal parece que el nuevo presidente de Brasil está fuera del entorno que encuentra cómodo. Ha sido visto comiendo solo siendo en restaurantes cuando todos los asistentes aprovechan siempre esos momentos para realizar reuniones de trabajo con sus homólogos de otros países, con empresarios o inversionistas internacionales. Incluso, alegando primero poco profesionalismo de los periodistas y luego problemas de agenda, ha cancelado la conferencia masiva con medios internacionales que tenía planeada para el miércoles 23 en conjunto con varios de sus Secretarios de Estado.

El tímido discurso de Bolsonaro no corresponde a la fortaleza de la mayor economía Latinoamericana. Responde a la necesidad de cambiar la idea que se tiene de él en el extranjero: de fascista. Y no es para menos, sus declaraciones en contra de los derechos humanos o defendiendo el régimen dictatorial brasileño del que fue parte entre 1964 y 1985, le han ganado múltiples artículos y columnas en medios internacionales.

Su frase más aguda: la izquierda no prevalecerá en América Latina. Afirmación que deja entrever una fanfarronada fuera de lugar en ese entorno financiero y que deja en claro su desconocimiento sobre cómo funciona la pendular política latinoamericana. En el entorno de violencia y levantamiento que hoy vive Venezuela, el papel de Brasil (y el apoyo tácito que ha dado al opositor Juan Guaidó como sucesor de Maduro, esta frase tiene consecuencias que no pueden desdeñarse.

Decepcionante y superficial como lo han calificado distintos medios en el mundo. Incapaz de hablar de lo que supuestamente su gobierno sabe: el libre mercado. Bolsonaro falló en presentar un programa claro sobre qué tipo de política económica llevará a cabo o sus estrategias para hacer frente a la crisis de pensiones que enfrenta el país y que generará un déficit enorme en las finanzas públicas. Una oportunidad perdida para recuperar la credibilidad económica.

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