Observar desde fuera a Lecumberri da la impresión de castillos medievales, con sus torres. Sin embargo, lo que ocurría dentro desde su construcción eran vejaciones constantes.

“La madre de El Carajo llevaría ahí dentro el paquetito de droga”, relata José Revueltas, uno de los activistas que presenció y padeció el encierro en el llamado Palacio Negro de Lecumberri . En El Apando dejó testimonio de la crueldad del Estado, no sólo con ladronzuelos, sino activistas y opositores al gobierno. Ahí germinó el concepto “apandar”, que era uno de los peores castigos porque implicaba ser encerrado en un pequeño cuarto oscuro, sin baño. Sudaban como condenados por el calor y la humedad.

En 1976 dejó de ser prisión. A principios del siglo XXI fueron enviados miles de cajas con expedientes de cómo el Estado espió y cometió abusos en el siglo anterior. Lo que era leyenda, como las órdenes del Ejército de “aniquilar” a la guerrilla de Lucio Cabañas, están ahí.

El silencio es sepulcral. Las crujías relatadas por Revueltas y decenas de testigos mutaron en remansos donde cualquiera que hunda sus narices en los casos lo puede hacer con una gran tranquilidad. Ahora es fresco.

En las áreas más grandes hoy celebran coloquios en contra de la tortura, los abusos o la cultura y la discusión política.

Nada que ver con lo que relataba Roberto Hernández Tito a EL UNIVERSAL en junio pasado. “Te daban tres manguerazos y tres leñazos. Su objetivo era golpear, dañar, lastimar...”.

Arturo Zama, de la Facultad de Derecho de la UNAM, relata en La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska: “Yo estoy preso desde el 26 de julio de 1968. Me arrestaron después de la manifestación en favor de la Revolución Cubana en el Hemiciclo a Juárez. No nos agarraron ahí mismo, sino en el Café Viena —creo que ya no existe— que quedaba en Insurgentes frente al Cine Las Américas... Nos llevaron a los separos y de los separos a la Crujía ‘N’ en Lecumberri”.

Esta prisión fue inaugurada el 29 de septiembre de 1900 por el general Porfirio Díaz. Es curioso, porque su construcción derivó de una reforma al Código Penal de 1871, que incluía el proyecto de una prisión moderna.

En la década de 1990, en el sexenio del expresidente Carlos Salinas, también surgió una idea de crear una prisión de alta seguridad, moderna. Nació Almoloya, que ante la mala fama creada a los habitantes de esa población, pasó a ser El Altiplano. Años después surgieron las denuncias de los abusos, aunque ahí se ha castigado a narcos, miembros de la guerrilla acusados de ataques terroristas o a dirigentes de movimientos sociales.

Siqueiros padeció en Lecumberri. El cubano Alberto Sicilia Falcón fue otro ilustre reo, un narco que escapó a través de un túnel.

Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky, perfilado en la novela El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, estuvo ahí. Álvaro Mutis declaró alguna vez que conocía a México mejor que muchos mexicanos por sus 15 meses en Lecumberri, mientras se resolvía su extradición a Colombia. Le sirvió hablar con asesinos brutales para escribir varios libros.

A Vicente Capello lo conocí en julio de 2003. 42 años atrás, el ingeniero entró a trabajar en la Dirección Federal de Seguridad y desde entonces, con horario de ocho de la mañana a tres de la tarde, se encargó de archivar su información. En el AGN, como responsable del acervo histórico, me dijo esa mañana de julio: “Yo no soy dueño de estos materiales”.

Hoy ese edificio que atesora tantas historias vale un peso.

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