22 | MAR | 2019
Visitantes arriban al estacionamiento del Walmart de Laredo, Texas, para dejar flores a los migrantes fallecidos. A su lado caminan compradores

“Respirábamos por un hoyo; gracias a Dios estamos bien”

25/07/2017
02:06
San Antonio.
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Víctimas pagarían alrededor de 100 mil pesos una vez que llegaran a su destino

Adán Lara Vega, de 27 años de edad, recuerda que la noche del sábado, cuando subió al trailer en Laredo, Texas, el vehículo ya estaba lleno de gente y el ambiente estaba muy caliente.

Se dirigían a San Antonio, a dos horas de camino que fueron una tortura para todos lo que viajaban dentro del remolque, sin alimentos, sin agua y sin aire.

No pasó mucho tiempo antes de que los pasajeros, quienes sudaban copiosamente, comenzaran a llorar y rogar por agua. Los niños gimoteaban. La gente tomaba turnos para respirar a través de un hoyo en la pared del remolque. Golpearon la estructura y gritaron para llamar la atención del conductor. Luego comenzaron a desmayarse.

“Después de una hora escuchaba que lloraban, pedían agua. Y yo también sudaba. Toda la gente se desesperaba. Y después perdimos la conciencia”, relató Lara Vega, jornalero originario de Aguascalientes, a la AP, desde la cama del hospital en la que se recupera.

Contó que él iba acompañado de seis amigos y cada uno pagó 12 mil 500 pesos a miembros de Los Zetas para que los ayudaran a cruzar el Río Bravo y les dieran protección.

Ya del lado estadounidense, una camioneta los llevó a una casa de seguridad en Laredo, en la que esperaron a que llegara el trailer para que los llevara a San Antonio.

“El hombre con el que estábamos en la casa nos dijo que nos iban a meter una hielera [un contenedor en el cual se transporta carne], que era una hielera con aire. Pero nunca lo hicieron”, dijo.

Agregó que el acuerdo era que debían pagar 5 mil 500 dólares (alrededor de 100 mil pesos), una vez que llegaran a su destino.

Otro pasajero declaró a las autoridades que era parte de un grupo de 24 personas que estuvieron en un “depósito” en Laredo durante 11 días, antes de ser llevados al camión.

Cuando Lara Vega y sus amigos subieron al camion eran más de las 10 de la noche. Relató que el lugar estaba lleno de gente, pero estaba tan oscuro que no pudieron ver cuántos eran. Nunca les ofrecieron agua y tampoco vio al chofer porque cuando les “advierten que no deben ver los rostros de los encargados, lo mejor es obedecer”.

Otros migrantes relataron a las auroridades que al llegar a San Antonio, varias camionetas negras estaban esperando para recoger a los migrantes, pero se llenaron rápido y se fueron. El resto se quedó a esperar.

Lara Vega despertó en un hospital, del que intentó salir, pero no pudo, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Acostado y con monitores de frecuencia cardiaca pegados a su pecho, dice que aún necesita mucha agua. Sobre sus amigos, cree que también sobrevivieron y algunos habían sido hospitalizados.

Reconoció que hace tres años fue deportado de Estados Unidos, pero decidió regresar por la crisis económica que vivió con su esposa y sus dos hijos, de cuatro y tres años. “Uno toma decisiones sin pensar en las consecuencias, pero gracias a Dios, estamos bien”, dijo.

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