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A lo largo de su mandato, el presidente Enrique Peña Nieto ha escuchado cientos de historias de ciudadanos que agradecen los apoyos sociales, las carreteras, las obras de infraestructura, los programas, las acciones de gobierno. La mayoría de esas voces expresan agradecimiento y se incrustan en el protocolo de los eventos que encabeza el mandatario. Sin embargo, hay casos que impactan, confrontan e incluso llaman a la reflexión al propio Jefe del Estado mexicano.
Aquí las historias de un joven que perdió a su padre por el huracán Manuel en la sierra de Guerrero; la de un muchacho que con su suéter saludaba desde lejos a menores reclusos, y la de una pequeña que derrotó a una agresiva mayoría que abusaba de ella.
Una oración por el Presidente
Tito Quiroz Angulo camina a la derecha del Presidente por los pasillos de Palacio Nacional, lo hace varios pasos atrás, en medio de un grupo de jóvenes que asiste a la entrega del Premio Nacional de la Juventud.
Es un chico de la frontera, de 27 años; un día se rapó para hacerse amigo de los internos de una correccional. De niño recogió cebollas durante todo el día por sólo 48 pesos, tenía una clase de violín cada mes y migró a Estados Unidos en busca de dinero para sus estudios.
Ya en el Patio de Honor de Palacio Nacional, este joven aguarda paciente, está sentado a la derecha del Presidente. Ha recibido el Premio Nacional de la Juventud 2015. Se levanta animado, avanza hasta el micrófono y le dan un violín. Sonríe.
Toca La Cucaracha. Sorprende a todos y cuenta su historia: “Cuando me preguntan qué es la música para mí, la respuesta es sencilla: lo es todo. Durante mi infancia fue la manera de vivir y sobrevivir; hoy en día aún lo es”.
Narra que un contexto complejo —con un padre con dificultades económicas y cáncer terminal, y una madre costurera— lo llevó a vivir en un orfanatorio. No podía pensar en Beethoven, Mozart o Tchaikovsky, “lo que sí supe es que la música sería lo que me acompañaría siempre. No hay situación suficientemente hostil para impedirte seguir tu pasión”.
Su sueño de formar una academia de música inició como un simple taller de violín en un garaje, “con el fin de seguir estudiando en la Facultad de Derecho y para comprar las medicinas para el tratamiento de mi papá”.
El joven se quiebra un poco cuando habla del deceso de su padre, que ocurrió antes de su graduación. “A veces la muerte sirve de motor para seguir adelante”, dice.
Su vida profesional, la música y la comunidad se fueron fusionando. “Un día me percaté, cuando estaba en la universidad, que a lo lejos [en un reclusorio], alguien movía una sudadera en una de las ventanas.
“Mi reacción fue agitar la mía también. Tiempo después, los reclusos y estudiantes nos comunicábamos a distancia con nuestros suéteres. Llegó el día en que el diálogo lejano fue insuficiente. Tenía que estar adentro, y mi solución, sin duda, fue la música”.
Así nació Juventud en Ritmo, un proyecto para llevar música a la correccional. Este modelo se replica en Tijuana y Mexicali y ha probado que ayuda a la reducción de la reincidencia.
Hoy, Tito es director de la Academia de Música Benning, asociación civil que agrupa a más de mil personas, entre ellas 42 profesores.
Ahora, en el mismo escenario que han pisado grandes personalidades como Plácido Domingo, dedica su premio a su maestra Nancy Benning y le tiembla la voz.
Habla de los jóvenes y su voluntad para impulsar al país. Pide al Presidente “no soltarlos”, y ora por los gobernantes: “Mi Dios Padre, te pongo a los jóvenes de México en tus manos, Señor, y a nuestros gobernantes, para que sepamos que todo es para la honra y gloria tuya. Hoy nuestros esfuerzos se encuentran en el reconocimiento y respaldo de nuestro país, ya no estamos solos”.
Avanza entonces hacia el presidente Peña, quien lo abraza, se ve conmovido.
La caída del halcón
Mauro Enrique Briseño González muestra orgulloso su placa de policía federal. Va enfundado en su uniforme, como el que portaba —dice— con orgullo su padre, el comisario Enrique Briseño Martínez, muerto hace dos años.
Durante la emergencia de 2013 en Guerrero, provocada por el paso del huracán Manuel, el comisario Briseño y cuatro de sus compañeros realizaban labores de rescate y auxilio en un helicóptero de última generación en la comunidad La Pintada.
La aeronave se desplomó. “Se fueron y nos dejaron sumidos en una gran tristeza”, dice ante el presidente Peña este joven capitán piloto aviador, cuyo padre recibió, post mortem, el Premio Nacional de Protección Civil 2015.
Recuerda que gracias al trabajo en equipo y una coordinación con las autoridades federales, en La Pintada fueron rescatadas 520 personas, pero hubo 68 desaparecidas.
“Mi padre, al igual que la valiente tripulación a su lado, conocían el riesgo que corrían. Sin embargo, emprendieron su misión con el único fin de proteger y servir a la comunidad, que es nuestra máxima”, afirma el joven.
“Hoy recordamos sus dichos, consejos y acciones. No sólo eran hijos y padres ejemplares, eran también grandes amigos, maestros y camaradas. Los integrantes de este equipo de la Policía Federal habían entregado su vida cumpliendo el deber, como fue su anhelo”, dice.
Vencer a los maestros
“Soy Natalia, mido 1.56 y tengo 16 años. Soy orgullosamente mexicana y sonorense de corazón. Curso el tercer semestre de bachillerato en el Cobach de Villa de Seris. Me gustan las enchiladas, el pozole, amo el beisbol, el futbol, disfruto de la lectura, el baile y la música”.
Así se define Natalia Evoé González Robles. Le faltó decir que tiene el cabello negro y una gran sonrisa. “Como verán, soy una joven mexicana que, como todos los jóvenes, disfruta y vive una vida sencilla y normal”.
Rechaza que el dinero sea el éxito y afirma que las personas exitosas son aquellas que a pesar de los obstáculos saben salir adelante. Lleva el cabello suelto y usa un vestido color vino al recibir el Premio Nacional de la Juventud 2013. Narra su historia.
“Cuando entré a la secundaria estaba feliz, ilusionada, esperaba tener muchos amigos, experiencias nuevas y bonitas. Al contrario de eso, me quebraron. No sólo mis compañeros, sino algunos maestros. Me lastimaron, afectaron mi corazón y violentaron mi espíritu”.
Acepta que fue difícil, que sufrió depresión, pero que su fortaleza estuvo en sus padres. Reprocha: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”.
Entonces decidió ayudar, primero a la comunidad de sordos de su escuela, y a partir de ahí a trabajar en favor de los derechos humanos. “Hoy, aquellas palabras, empujones, golpes y burlas de las que fui víctima me han mostrado la gran persona que soy. Me han brindado la oportunidad de valorar y respetar a los demás.
Pide ser escuchada. Al regresar a su asiento, agacha la cabeza por un instante, llora, pero la levanta de inmediato, feliz, venció al bullying. El Presidente la abraza.
Natalia ahora tiene varios proyectos, entre ellos Érase una Vez los Derechos, creado con el fin de promover y difundir los derechos y responsabilidades de los niños y las niñas, y Háblame con las Manos, que tiene el objetivo de sensibilizar a los menores a través del acercamiento al lenguaje de señas.
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