De nuevo el Estado mexicano trata de justificar lo injustificable: “abatir no es matar” nos dice Roberto Campa, subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación. A Campa le incómoda la indefendible posición de debatir sobre la semántica de qué significa la orden de abatir y porqué las ejecuciones extrajudiciales no son un delito de lesa humanidad.

A cortes militares y magistrados les toca pronunciar la sentencia definitiva que dará luz y (esperemos) justicia a los deudos de las víctimas, sean estos quienes sean. Tlatlaya pone en evidencia algo que muchos sospechábamos, el Estado ejerce la fuerza fuera de los protocolos de uso racional; los militares no están preparados para fungir como policías y debemos observar con mucho cuidado el desempeño de todas las autoridades de seguridad y justicia del país.

Muchas son las características positivas y loables de nuestro Ejército Mexicano, una institución que tiene una misión y características operativas diferentes a las de la prevención y reacción en materia de seguridad ciudadana, lo que ha sido varias veces puesto en evidencia en estos últimos nueve años en los que nuestros militares han salido a las calles a subsanar la ausencia de compromiso en el combate al delito de las autoridades locales.

Interesante el debate público que ha surgido tras este evento: ¿los criminales, que no respetan ninguna regla, que dañan a la sociedad, tienen derechos humanos pese a que no muestren humanidad alguna con las víctimas que agreden?

Las posiciones van desde quién ve en el garantismo jurídico una forma de favorecer a los delincuentes y considera que necesitamos castigos draconianos y menores controles sobre las autoridades de seguridad para que éstas combatan en igualdad de posiciones con los delincuentes, hasta quienes pensamos que sólo en el respecto irrestricto a los derechos humanos podemos hacer frente a la crisis de debilidad institucional, justicia a modo, inseguridad e injusticia social.

Personalmente sé el reto emocional que significa tratar con dignidad a quien no mostró ningún tipo de respeto o piedad por las víctimas, entiendo la humana voluntad de venganza contra quien tanto daño le hace a la sociedad, comparto la sensación de desamparo toda vez que un delincuente queda impune tras haber cometido un delito y conozco la dificultad que tienen nuestras autoridades en combatir bajo reglas y protocolos a quien no muestra el menor respeto por algo.

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Sin embargo, también sé que la función del Estado es precisamente prevenir que la naturaleza humana prevalezca sobre el Estado de derecho y que sólo éste garantiza el respeto de los derechos individuales y sociales.

El problema no es el garantismo jurídico o la dificultad de combate entre jugadores que tienen reglas diferentes, el problema es un Estado que, a través de sus representantes, hace latente que sólo algunas personas tienen derechos humanos; el problema es que aun tenemos autoridades con un desempeño alejado de los protocolos de actuación y terminan poniendo en riesgo los resultados de investigaciones y detenciones; el problema es la corrupción del Poder Judicial que emite sentencias inexplicables o fabrica violaciones al debido proceso.

Tlatlaya es sólo uno de tantos ejemplos de los retos que como sociedad enfrentamos; Tlatlaya es una de las consecuencias de una débil cultura de la legalidad, de una sociedad de desigualdad de oportunidades, de corrupción institucionalizada.

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Precisamente para prevenir eventos similares, en el futuro debemos fomentar y hacer efectivo el respeto a los derechos humanos, promover el acceso a una educación de calidad, que permita la adquisición de competencias pertinentes a los retos actuales, establecer sistemas de créditos para poblaciones en condiciones de riesgo con el fin de formalizar a los informales y mostrar los beneficios prácticos del respeto de la ley, sobre todo debemos combatir impunidad y corrupción.

Sin estos elementos habrán otros Tlatlaya, lo sepamos o no, y que no se nos olvide, en un débil Estado de derecho, no tenemos garantía alguna que nuestros derechos sean respetados. Abatir sí significa matar y un Estado que mata es un Estado tirano, un Estado opresor que debe ser refundado desde sus cimientos sin duda alguna.

Director general del Observatorio Nacional Ciudadano.

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@ObsNalCiudadano

@frarivasCoL

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