El contraste absoluto entre el actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el que será su sucesor a partir de enero, Donald Trump, quedó patente en la forma en la que cada uno de ellos expresó su sentir por la muerte del líder cubano Fidel Castro.

El magnate republicano hizo gala de su discurso más duro al calificar a Castro de “brutal dictador que oprimió a su propio pueblo durante casi seis décadas”, atizando el legado del cubano lleno de “pelotones de fusilamiento, robos, sufrimiento inimaginable, pobreza y la negación de derechos humanos fundamentales”. La administración que él encabezará a partir de enero, prometió, hará lo posible por hacer que la isla caribeña recupere su “prosperidad y libertad”.

“Cuba sigue siendo una isla totalitaria y es mi deseo que este día marque un alejamiento de los horrores que han durado demasiado y un avance hacia un futuro en el que el maravilloso pueblo cubano finalmente viva en la libertad que merece”, manifestó Trump en un comunicado emitido por su equipo de transición presidencial.

El que será su vicepresidente, Mike Pence, calificó a Fidel, vía Twitter, de “tirano” y prometió que la futura administración estadounidense “estará con el oprimido pueblo cubano para una Cuba libre y democrática”. El vicepresidente electo terminó con: “¡Viva Cuba Libre!” en español.

En el polo opuesto del tono y la retórica se situó Obama, quien en un comunicado emitido por la Casa Blanca a primera hora de la mañana, dijo que será “la historia la que recordará y juzgará el enorme impacto de esta singular figura” que fue Fidel Castro.

“Este momento llena a los cubanos —en Cuba y en Estados Unidos— de emociones potentes, rememorando las innumerables formas en las que Fidel Castro alteró el curso de vidas individuales, familias y la nación cubana”, dijo Obama, quien destacó el trabajo realizado en los últimos años para el restablecimiento de relaciones entre ambos países.

Un trabajo “duro para dejar el pasado atrás” y que debe llevar a una normalización de la situación entre dos naciones que, hasta hace poco, parecían enemigos irreconciliables.

En Miami, el exilio cubano se volcó a las calles de la Pequeña Habana para celebrar la muerte de Fidel, externando sus esperanzas de cambio para su patria de origen. La fiesta se encendió en el barrio cubano de la ciudad al son de cacerolazos, fuegos artificiales y banderas que conmemoraban la muerte del que muchos consideran un dictador, aunque entre la multitud había gente demasiado joven para recordar los días de gloria de Castro en las décadas de 1960 y 1970.

“Es el día más feliz de mi vida, los cubanos al fin son libres”, dijo Orlidia Montells, de 84 años, y quien dijo haber esperado la muerte de Castro por más de 50 . Pero el senador cubano-estadounidense Marco Rubio advertía: “Aunque ha muerto un dictador, la dictadura no ha muerto”. Con información de agencias

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