Bogotá.— Obsesionado con el reto de acabar con un conflicto armado de más de cinco décadas, el presidente colombiano Juan Manuel Santos Calderón arriesgó todo su capital político para concretar un acuerdo de paz con las FARC. Incluso, a costa de su amistad con quien fue su mentor político, Álvaro Uribe.

Pragmático y estratégico, Santos, de 65 años, ha hecho honor a su fama de excelente jugador de póquer, en la arena política. El Nobel que ayer le fue concedido impulsa una negociación que muchos dieron por perdida cuando, el domingo 2 de octubre, los colombianos dijeron “no” a los acuerdos de paz con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Pero Santos es un político paciente. Y su deseo de concretar ese crucial pacto data de mucho tiempo atrás.

“La paz, en Colombia, está de un cacho”, dijo en 1997, cuando era el más desconocido de los precandidatos del Partido Liberal a la presidencia del país. Ese mismo año se reunió con alias Raúl Reyes, de las FARC; Carlos Castaño, de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), y con representantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y del Ejército Popular de Liberación (EPL), según cuenta una crónica de ese entonces de la revista Semana.

La vena política le ganó a la vena empresarial de Santos, quien llegó a desempeñarse como subdirector del diario El Tiempo.

Y fue de la mano de Uribe que se volvió reconocido, como un ministro de Defensa de mano dura, el encargado de acentuar la ofensiva en contra de las FARC. Durante ese periodo (2006-2009) cayó una de las cabezas de la guerrilla, alias Raúl Reyes, durante una incursión de las fuerzas de seguridad colombianas. La guerrilla se debilitó aún más con el deceso, por enfermedad, de su entonces máximo líder, alias Tirofijo.

En ese entonces, Santos era visto como un político de derecha radical, a quien Uribe impulsó para sucederlo pensando que continuaría sus políticas de aplastar a la guerrilla.

Pero una vez que llegó a la presidencia (2010), Santos viró de halcón a paloma, se reunió para limar asperezas con el entonces mandatario venezolano Hugo Chávez, enemigo de Uribe, y le dijo: “He pensado en ver si puedo hacer las paces con las FARC”.

Esa reunión fue definitiva para granjearse la confianza de las FARC, que recibieron otro duro golpe con la muerte, en septiembre de 2010, de Mono Jojoy en otro operativo de las fuerzas colombianas. Se inició luego un diálogo con las FARC, secreto en un principio, abierto a partir de 2012, en aras de lograr la paz.

El uribismo, representado por el partido Centro Democrático, tachó a Santos de “traidor”, “castro-chavista” y “comunista”. Tras el plebiscito, Santos volvió a jugársela y se reunió con Uribe. Los viejos amigos, hoy rivales, volvieron a darse la mano.

La suerte estaba con Santos, quien ya puede sentarse en la mesa de negociaciones con el espaldarazo que le da el ser un Nobel de la Paz.

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