Tal vez alguien como la presentadora televisiva Laura Bozzo, lo hubiera solucionado antes. La presidenta, Cristina Kirchner, se enfrascó en su última “guerra” antes de abandonar el poder, al negarse a entregarle los atributos del poder, a su sucesor, Mauricio Macri, en la Casa de Gobierno, lo que desató un verdadero escándalo por el que aún se desconoce dónde tendrá lugar la ceremonia de traspaso de poder, el próximo jueves.

Todo comenzó el pasado 27 de noviembre, cuando Macri, recién electo, visitó a la viuda de Kirchner en la Residencia Oficial de Olivos, para combinar los pormenores de la transición. “No valió la pena”, fue la respuesta de Macri cuando los periodistas le preguntaron cómo había sido la reunión.

En los días venideros, cuando las autoridades de ceremonial y protocolo del gobierno y de la administración que asumirá el próximo jueves comenzaron a trabajar en las invitaciones, arrancó “la guerra”. Kirchner y sus ministros aseguraron que entregarán los atributos del mando al nuevo mandatario en el Congreso Nacional, ante la Asamblea Legislativa, como lo había hecho ella, en 2011 (cuando su hija le colocó los atributos) y en 2007, cuando su esposo, como antecesor se encargó del trámite.

Pero a lo largo de la historia, el presidente saliente le colocó siempre la banda presidencial y el bastón de mando, a su sucesor en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, donde el macrismo pidió que sea la ceremonia. El escándalo llegó a tales proporciones, que el orfebre Juan Carlos Pallarols, quien desde 1983 confecciona el bastón, denunció amenazas de parte del personal de Ceremonial de Presidencia, que luego debió disculparse con él.

“Unos me piden que entregue el bastón en Casa de Gobierno y otros que lo lleve al Congreso. Hasta ahora no hay acuerdo. Si todo sigue así se lo deposito a la Virgen de Luján [patrona de los argentinos]”.

Para la aún jefa de Estado, la Constitución marca que la ceremonia debe ser en el Congreso. Para el macrismo y los historiadores la ceremonia se hace dónde lo pide el presidente que asume. Lo cierto es que Kirchner publicó en Twiter y en la cuenta de la presidencia en Facebook una extensa carta donde denunció que Macri “me exigió a los gritos” que la ceremonia debía ser en la Casa Rosada. Públicamente, el presidente electo aclaró que si su antecesora se niega a participar será el presidente de la Corte Suprema el encargado de entregarle los atributos de mando.

“Debo confesar que me sorprendió la exaltada —eufemismo de gritos— verborragia del presidente electo. Cuando logré que me dejara hablar —debe parecerles raro— pero quien hablaba del otro lado del teléfono parecía otra persona totalmente distinta a la que aparece en los medios e inclusive con la que he tenido algunas charlas. A tal punto que en un momento tuve que recordarle que más allá de nuestras investiduras, él era un hombre y yo una mujer y que no corresponde que me tratara de esa forma”, fue la denuncia pública de la presidenta.

La encargada en desmentirla fue la vicepresidenta, Gabriela Michetti, quien aclaró que “me da pena tener que contestarle a la presidenta” y aseguró que “a Mauricio nunca lo he podido sacar de sus casillas en muchas discusiones que hemos tenido”.

Hasta el momento el culebrón no tiene definición. Para los analistas, como el caso de Carlos Pagni, la actitud de la presidenta “incurrió en un comportamiento típico de sus grandes desasosiegos”, en un acto más de “caudillismo”. Para otros, como el símil argentino de Laura Bozzo, Jorge Rial, prometió ayer “invitarlos a mi programa ante este bochorno”, que tiene en vilo y como víctimas a todos los argentinos.

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