Mazatlán y Antonio López Sáenz

Mónica Lavín

Una nunca sabe dónde va a estar lo mejor de un viaje. Hay asuntos que espero cuando vuelvo a Mazatlán: comer mariscos en La Puntilla con Juan José Rodríguez, que no sólo escribe sino atesora en su pródiga memoria un anecdotario jugoso de quién dijo qué y cuándo, y que incluso recuerda cosas que yo he dicho y con gracia me asombra: como Mónica Lavín dice “los escritores palenqueamos”. Y palenquear tiene su mucha gracia, no sólo porque los libros son nuestra razón de acompañarlos para hacer puentes con los lectores, como sucedió en la reciente Feria del Libro de Mazatlán, espacio cálido y entusiasta, donde el interés de los asistentes nos acompañó esa jornada a Ana Clavel, a David Toscana y a mí, donde días antes abrió el muy querido Élmer Mendoza y Luis Jorge Boone cantó el corrido que le compuso. En La Puntilla se ven los barcos y se prefigura la silueta de la península de Baja California con el ferry que zarpará a La Paz. Los afectos, hablar con Parra, esperar que a lo mejor aparezcan Ana Belem López —con las huellas de Brooke Shields en su semblante y la poesía bajo su sonrisa— y Laura Medina con su entusiasmo librero, contrastan con la promesa de horizonte que siempre ostenta la mudez de los barcos. Sí, uno espera con alegría ese momento, y pasear por el malecón en Olas Altas, o caminar hacia la encantadora Plaza Machado, donde en la noche se puede escuchar jazz y comer muy bien en los restaurantes que la bordean. Y uno espera la presencia de las pulmonías, aunque no las use, y el agua de cebada que no salta a la vista tan frecuente como en otros viajes. Y asomarse al Teatro Ángela Peralta, que permite soñar en los días de ópera cuando la soprano llegó con su compañía a ese puerto rico y uno a uno murieron los miembros de la Compañía atacados por la fiebre amarilla, que también puso fin a su corta vida.

Lo que uno no espera es que un amigo, el editor Mauricio Cruz, después del desayuno en la casa antigua del Lucila, donde se espía el mar y la sinuosa orografía de ese tramo de Olas altas, diga de pronto que si quiero conocer a Antonio López Sáenz. Sus cuadros con frescas tardes, con elegante suavidad de mar y paseantes, donde los vestidos, los sombreros y las corbatas ondean recordando tiempos plácidos, resaltan en las paredes. Claro, mi amigo David Martín del Campo siempre ha hablado de él, y uno de sus cuadros ilustra la portada de alguna novela. Entonces sucede la magia: caminamos por el corazón de Mazatlán, entre calles sombreadas por árboles que protegen casas bajas y tocamos una puerta. Allí, en la misma casa donde nació, nos recibe el maestro López Sáenz con su larga figura, que me recuerda a los personajes de sus propios cuadros, con sus maneras atentas, cordiales, que también evocan las actitudes de los que habitan las tardes azules y ventosas de sus óleos. La casa es muy fresca, con paredes anchas y un corredor de aire que se hace entre la puerta y el patio trasero, la loza fresca, los muebles antiguos, las foto sepia en las paredes, reliquias y pequeños objetos en las vitrinas. Camina con dificultad pero no deja de atenderme y me regala Ismael, con textos de Martín del Campo sobre los hombres de mar ahogados en el huracán de cuya amenaza no tuvieron noticia las embarcaciones de pescadores cercanos a la costa. En tinta negra, los dibujos de los hombres de agua que se deslizan al fondo del mar parecen flotar en las páginas. López Sáenz regresó a su natal Mazatlán después de varios años de estudiar y vivir como un artista reconocido en la Ciudad de México. Volvió a su casa y a su Plaza Machado, donde sale a pasear todos los días, volvió a los rumores del mar entre los muros que le han seguido hablando para plasmarlos en cuadros. Me dice que ahora, con la salud mermada, ya no puede pintar pues sostener los brazos en alto le cuesta trabajo, dibuja en vez sobre una mesa, y pasea, y descansa, y dice que no importa: ha trabajado mucho. Yo me llevo su sonrisa de viento y su dulzura de hombre sabio y sensible. Tengo nuevas razones para volver a Mazatlán.

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